Monumento a Colón: 150 años de gritos

Héctor De Mauleón

A la gente, la idea le chocó: esa obra hecha por un extranjero ¿se colocaría, para mayor humillación, en un paseo que celebraba una de las más grandes gestas de la Patria?

Abran, por ejemplo, un ejemplar del legendario periódico “El Monitor Republicano” del 25 de agosto de 1877.

Estaba próxima la solemne inauguración en la que el presidente Porfirio Díaz y su secretario de Fomento, el general Vicente Riva Palacio, entregarían a la ciudad el monumento a Colón. El almirante genovés ya señalaba al cielo; a sus pies se hallaba ya la célebre inscripción que reza:

“A Cristóbal Colón. Mayo de 1877”.

Y ya había comenzado la gritería. “El Monitor Republicano” hacía eco aquel día, nada menos que en su primera plana, de las quejas del arquitecto Ramón Rodríguez Arangoiti —quien había publicado “un estudio concienzudo” en el que hacía pedazos el conjunto escultórico que recién había llegado a la capital.

Cuando el próspero empresario Antonio Escandón, a cambio de una concesión de ferrocarril, se comprometió a “donar” a la ciudad un monumento dedicado a Colón —idea que había acariciado largamente Maximiliano de Habsburgo—, el proyecto inicial recayó en el prolífico Rodríguez Arangoiti.

Rodríguez Arangoiti se hallaba entonces de moda. Había dejado en la ciudad de México incontables muestras de su trabajo: el Hotel Gillow de la calle Cinco de Mayo, la fastuosa residencia de la familia Escandón en la calle de San Francisco; el trazo del Panteón Francés de La Piedad…

En un viaje a París, y próximo a morir, el empresario Escandón cambió repentinamente de idea y contrató al exitoso escultor francés Charles Cordier, a quien entregó como base el proyecto diseñado por Rodríguez Arangoiti.

Cuando el conjunto escultórico llegó a la ciudad, a Rodríguez le pareció que el trabajo final “había perdido la propiedad histórica (…) que hubiera sido de desear (…) en una obra de esta clase” y denunció que en la obra de Cordier había desaparecido “mucho de la esbeltez que tenía el pensamiento primitivo, haciendo el conjunto pesado…”.

Los redactores de “El Monitor…” confirmaron que la censura del arquitecto mexicano estaba justificada y pusieron el primero de los muchos gritos en el cielo que iban a acompañar y siguen acompañando el monumento dedicado a Colón.

El diario señaló que a Escandón “habría debido exigírsele que la obra se ejecutase en México”, y denunció que “nuestros artistas, por más talento que tengan, están condenados a vivir en la oscuridad por falta de trabajo y estímulo”.

Para el periódico dirigido por el combativo Vicente García Torres, obras como la de Colón “no se pueden hacer frecuentemente, y es triste que el autor del proyecto haya tenido el disgusto de ver desvirtuada su idea al ser ejecutada por otro”.

Tronó “El Monitor”:

“Cuando el gobierno estipuló con el Sr. Escandón la creación de un monumento, pudo muy bien haber convenido en que se hiciese aquí, para poner en acción el talento artístico de los nacionales, proporcionando trabajo a muchas personas... Pero lejos de eso, estamos condenados a ver menospreciado el trabajo de nuestros artistas (…) Con pena vemos que se hizo traer del extranjero el kiosco que cubre la caja acústica del Zócalo. ¿Qué, nos preguntamos, no hay en México quién ejecute esos trabajos?”.

El lugar elegido por Escandón para que el conjunto escultórico fuera exhibido fue la Plazuela de Buenavista, ubicada a las puertas de la estación del ferrocarril, inaugurada apenas unos años antes, en tiempos del presidente Lerdo.

El ministro Riva Palacio cambió de idea y decidió colocarlo en la primera glorieta del Paseo de la Reforma.

A la gente, la idea le chocó: esa obra costosísima (más de 60 mil pesos), poco equilibrada (como decía Francisco Sosa) y hecha por manos extranjeras, ¿quedaría colocada, para mayor humillación nacional, no solo en un paseo que Rodríguez Arangoiti había ayudado a terminar, sino precisamente en ese que celebraba una de las más grandes gestas de la Patria?

El ruido alrededor del monumento no cesó. Resurgió en 1892, con motivo de los 400 años del primer viaje de Colón, y arreció a principios del siglo XX, cuando en Venezuela desplazaron una estatua suya para colocar la de Guaicaipuro –un cacique cuya existencia ha sido debatida por siglos.

Gritería en 1877, cuando todo comenzó (“Hemos visto que el monumento de Colón carece del mérito principal que debe buscarse en esas memorables construcciones: el de la nacionalidad”), y gritería casi 150 años después, por las razones consabidas.

En medio, un “lugar de la memoria”: un referente en una ciudad que los gobiernos tienen la manía de creer que es suya.

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