Hay pocas cosas más inquietantes que una ciudad vacía. En lo alto del Segundo Piso los espectaculares anuncian cosas que ya nadie ve (que casi nadie ve). Películas, relojes, ropas, autos, motos, marcas de agua, de joyas, de café: los ofrecimientos y las tentaciones de una ciudad que ya no está.

Quise dejar un breve registro de la ciudad que entra en la Fase 3: la fase en que la pandemia de coronavirus se volverá explosiva, multiplicando contagios y poniendo a dura prueba los servicios de salud.

Manejé a una hora en que la Ciudad de México suele ser un manicomio. Ahora la ciudad estaba desierta y lo primero que ocurrió fue que los espectaculares se habían vuelto como pinturas rupestres: imágenes de las cosas que deseó la gente de otros días.

En la prehistoria querían un mamut. Acá una chica, un whisky y un Rolex.

Pero eso fue antes de la pandemia. Ahora solo poquísimos autos habían usado el tag.

Desde la Fuente de Petróleos bajaban caminando, con mochilas en la espalda, hombres y mujeres que venían de trabajar del área de Las Lomas, de mansiones blancas y de restaurantes con servicio solo para llevar. En el segundo día de la Fase 3, solo unos cuantos llevaban cubrebocas.

Más tarde, al atravesar Reforma y recorrer el Circuito Interior hasta Avenida Revolución, pude constatar la alucinante ausencia de tapabocas entre usuarios del servicio público. A bordo de camiones y micros, algunos pasajeros llevaban caretas de plástico y guantes quirúrgicos. Muchos otros no llevaban nada, y tampoco parecía importarles. Me impresionó la imagen de un hombre que dormitaba con la cabeza pegada al cristal, mientras el micro cruzaba una ciudad invadida por el enemigo invisible.

El 8 de noviembre de 1918, mientras la influenza española asesinaba a unos 300 mil mexicanos, la nota principal de El Nacional fue que por fin, en este país, alguien había comenzado a usar mascarillas.

“Esta mañana fuimos gratamente sorprendidos al encontrar también aquí en México a dos personas que haciendo a un lado absurdas preocupaciones, se han decidido a usar las mascarillas preventivas a fin de evitar el contagio.

“No es difícil que pronto se propague esta costumbre, y que al igual que se está usando en Nueva Orleans y otros puntos de Estados Unidos, todo el mundo ande en las calles con sus mascarillas para prevenirse del contagio”.

Las “absurdas preocupaciones” estaban relacionadas, tal vez, con la vergüenza y el-qué-dirán. Un siglo más tarde hay en cambio absurdas despreocupaciones: frente a una refaccionaria de la calle Laguna de Pátzcuaro, en Santa Julia, encontré más tarde a cinco o seis hombres sentados en sillas que habían sacado a la banqueta. Todos traían cubrebocas, pero se lo habían bajado hasta el cuello para ingerir cómodamente unos sixs de Negra Modelo.

Como diría Manuel Gutiérrez Nájera, yo les doy a ustedes mi palabra de que desde 1927 el Parque México no había lucido más solitario y vacío. Algunos deportistas y paseadores de perros andaban bajo las jacarandas. La mayor parte de las calles de la colonia Condesa lucían, sin embargo, desconsoladoramente desiertas. Bellas, inquietantes y vacías.

La colonia Roma era recorrida por repartidores de comida a bordo de sus motonetas. Había un puesto de flores que no había vendido una sola flor. Los limpiaparabrisas de Monterrey y Avenida Chapultepec no llevaban tampoco tapabocas y estaban molestos porque los automovilistas que se detenían frente al semáforo se negaban a bajar la ventanilla por miedo al coronavirus. “Vale madre”, murmuró uno de ellos.

En la Ribera de San Cosme una tienda de abarrotes anunciaba “bacalao noruego legítimo y canastas navideñas”. Tampoco los “payasitos” del semáforo de Insurgentes estaban recibiendo mucho de parte de los automovilistas.

En la zona del Museo de San Carlos las prostitutas se acercaban a los conductores que inquirían por sus servicios. Una de ellas traía minifalda, ¡y tapabocas! Noté que los hoteles de Ignacio Mariscal y Jesús Terán estaban cerrados.

En Avenida Juárez, la Alameda estaba cercada y unos cuantos policías la custodiaban de trecho en trecho. También el reloj de la Latino daba la hora para nadie.

Doblé en 5 de Mayo. Poca gente, cortinas cerradas. Solo la taquería Tlaquepaque y el popular Café El Popular se hallaban abiertos. El Callejón de la Condesa había sido sellado con cintas amarillas. Rodaban por la calle —y por casi toda la ciudad— varios taxis vacíos.

Atravesé el Zócalo cercado. Tomé 5 de Febrero. A un lado del viejo convento de Monserrat, gente en situación de calle se congregaba alrededor de una fogata.

Junto a un local que alguna vez ofreció “tacos de masiza” (sic), hallé un cartel que anunciaba para el 10 de noviembre de 2019 un “Tributo a la Beatlemanía” en el Teatro Metropolitan.

También ese cartel era parte de aquella otra ciudad, de aquel mundo tan bruscamente, tan súbitamente lejano.

@hdemauleon
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