Sor Juana y la valla

Guillermo Sheridan

El poder la aborreció, claro. La arrinconó por atreverse a hablar de temas prohibidos desde su femineidad. Los obispos y los hombres la pusieron ante dos opciones: el juicio de la Inquisición o el silencio

Evoco en esta semana crucial un diálogo entre Octavio Paz y la gran sorjuanista cubana Georgina Sabat de Rivers que propició Héctor Tajonar en 1984 en sus programas de televisión.

Sabat propuso que sor Juana puede caber en “las definiciones del feminismo, desde las más exageradas o de las más radicales hasta las más conservadoras”. Fue el suyo “el feminismo de una mujer que está consciente de su sexo, que se alínea con su sexo y que defiende a su sexo de la condición de inferioridad que ha sufrido frente al otro, y por eso creo que sor Juana es feminista”.

Paz responde que tiene razón, que si bien no pudo ser feminista en tanto que ese concepto nació a finales del XIX, sor Juana es “uno de los orígenes del feminismo moderno”. Es feminista “en el sentido profundo de la palabra”, dice, porque tenía “una profunda conciencia de su femineidad”, la que defendió cuando escribió su “Respuesta a sor Filotea” que, a su parecer, es “el gran manifiesto femenino de América”: reivindicó el derecho de las mujeres al saber, defendió como mujer su voluntad de entregarse a sus intereses amorosos e intelectuales en contra de la tiranía masculina, que acabó castigándola. Su manera de enfrentar a la Inquisición, piensa Paz, fue acometiendo “una defensa muy hábil de su idea de la cultura”, una idea “muy moderna” porque “dice que la cultura es una totalidad, no un saber especializado, algo que me emociona mucho porque es aún vigente”. Sor Juana, en suma, le parece, sí, “una intelectual y una feminista”.

Sabat menciona que hay feminismo cuando el obispo Fernández de Santa Cruz (“sor Filotea”) la acusa de soberbia, “un pecado —dice el obispo— al que el vano sexo femenino es particularmente susceptible, el pecado que conduce a la rebeldía”, a lo que sor Juana responde que lo es más de los hombres, que “son ellos los que siempre se quieren distinguir, los que quieren ser diferentes a los demás”.

Les interesa a ambos la importancia que le da sor Juana a María, que haya escrito que “María no es Dios, pero es quien más a Dios se parece”, y que “la inmensidad de Dios se redujo al vientre de María”; que sor Juana la represente como ejemplo “de docta, de catedrática celestial y caballera andante”. Paz agrega que sí, porque sor Juana “hubiera podido ser gnóstica” y aceptado la idea de que “la divinidad es dual, bisexual”, formada por el Padre, el Hijo y la Sofía, la sabiduría. Porque tiene reverencia a “la gran modelo, la madre de la sabiduría, Isis”, a la hermética Ennoia y, en especial, a Hipatia, sabia neoplatónica también victimada por los cristianos. Esto fue muy valiente, dice, y más en una monja, porque “Hipatia es una víctima no sólo de la intolerancia contra las mujeres, sino de la envidia a las mujeres que sentimos los hombres”. Y concluye: “Sor Juana no solamente es una precursora del feminismo, sino también de la libertad, de la libertad del intelectual”.

El poder la aborreció, claro. La arrinconó por atreverse a hablar de temas prohibidos desde su femineidad. Los obispos y los hombres la pusieron ante dos opciones: el juicio de la Inquisición o el silencio. Y al aceptar ser condenada al silencio, a un estruendoso silencio proporcional a su deseo de saber y entender, agrega Paz, fue ella quien condenó a su época.

Trescientos años más tarde el silencio de sor Juana sigue hablando; el silencio del obispo en turno, en cambio, es más cacofónico que antes. Por lealtad a Juana Ramírez, ni hoy 8 de marzo, ni nunca, guardemos silencio.

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