En días recientes se me ha zarandeado en las redes con una nueva denuncia que se suma a las habituales: que he dirigido pocas tesis. Es cierto. Cuatro o cinco, cuando mucho, si bien dos de ellas le abrieron a sus autores carreras académicas productivas pues ganaron concursos y ahora son mis colegas.

Creo que se debió a errores míos, ya irremediables. Una vez tuve la osadía de reprobar a un pasante en su examen profesional porque su tesis era un caos y su defensa un cataclismo. A la hora de “deliberar”, los otros sinodales (incluyendo al director de tesis) me dijeron que “nadie reprueba el examen profesional”, punto. ¿Y entonces por qué se llama examen?, pregunté y, como no hubo respuesta, escribí “reprobado” en el acta, pero pasó por mayoría de votos.

El que también pasó fui yo, pero a la mala fama de ser exigente y olfativo de plagios, pues había denunciado formalmente a un pasante que me llevó una tesis tan cínica que hasta mis libros había plagiado, pues quien se la vendió no le dijo que no me pusiera de sinodal. No prosperó mi denuncia y el señor aquel se recibió eventualmente de doctor con sinodales más amigables. Yo sólo me recibí de severo y creció mi mala fama. Veía colegas que dirigían 10 tesis al año mientras que yo fui degradado de nivel en el sistema de estímulos. Por fin alguien había reprobado: yo.

Escribí alguna vez sobre esto, y si lo repito ahora es porque, como está de moda hacer propuestas para graduarse a la rectoría de la UNAM, quizás algún aspirante quiera enterarse, aunque lo dudo. La cosa es que parecería que la UNAM le otorga al tutor el poder para ordenarle a un pasante que lo escoja de sinodal o de director de tesis y no es así. Ese director, en teoría, deberá ser avalado por un “comité tutor” que revisa su mérito y evalúa si le conviene al pasante, así como, también en teoría, designar a un jurado exigente y capaz de examinarlo. El reglamento era enorme, pero en los hechos lo habitual era (o es) que el pasante eligiese a quien va a evaluarlo.

El examen y la tesis se convirtieron así en un formalismo, pues no sólo nadie reprueba, sino que un muy alto porcentaje de tesistas recibe mención honorífica; los que no, sirven para que la mención honorífica no sea automática, pero también para institucionalizar que, en los hechos, lo común sea casi lo mismo que lo extraordinario...

En la facultad me enteraba de que se presentaban tesis que yo podría haber dirigido, pues hasta había publicado libros sobre sus temas. Pero los pasantes eligieron a otros y no fungí ni siquiera de sinodal, y la autoridad así lo aceptó. ¿Qué podía yo hacer? Nada. La universidad me degradaba a mí por no acatar órdenes que nunca me dio, pero no a la autoridad por no darlas. Que las tesis y los jurados no eran lo que debían ser ameritó que, con el tiempo, la facultad recomendara crear listas de tutores de alumnos, asesores de materias y jurados de tesis y que pasantes y autoridades se subordinasen a ellas, y creo que así llegó a quedar en los reglamentos.

También se me degradó por “falta de participación institucional”, es decir, por no estar en comités ni tener un cargo académico administrativo. El reglamento decía que sólo se podían pedir cuentas sobre eso a los académicos cuando se les hubiese requerido hacerlo, pues sólo las autoridades podían pedirle a un académico que ingresase a un comité o que tuviese un cargo institucional. Y si ellas no se lo ordenaban, el responsable era el académico. Es decir, que uno es el único responsable de lo que no es su responsabilidad.

Y así me quedé, degradado para siempre...

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