Hace unos días Santiago Creel, el autonombrado Hombre Constitución, se bajó de la contienda interna del FAM con el fin de impulsar la candidatura de oposición unida para pelear por la presidencia de la república. Este hecho ha sido tomado de muy diversas formas, desde un gesto que denota el degaste final de su carrera política hasta el gesto de un verdadero demócrata que ha puesto el interés de la nación y la alianza política en la que milita que el propio.

Sin embargo, el gesto de Creel también puede ser tomado desde otro ángulo completamente diferente: uno de los más recientes capítulos de la descarnada lucha por el poder que se presenta al interior de los dos principales grupos políticos, evidenciando que lo que más importa es el triunfo personal o, cuando menos, del grupo político al que se pertenece.

Dicho de otra forma. No recuerdo un período de mi vida en el que hayan existido en México la confrontación de dos coaliciones o alianzas que, de forma evidente y obvia, constituyan las fuerzas políticas más importantes del país, creando un nivel de incertidumbre en la siguiente elección tan notable, no solo por la duda que existe sobre el resultado final de la carrera presidencial sino por el actuar de cada actor y el respeto, o falta de, ante la ley y los acuerdos, así como de los resultados internos de sus campañas.

Es fascinante la especie de efecto de espejo que se ha generado entre Morena y aliados con respecto al FAM y el proceso de erosión y decadencia que las mismas limitantes de la clase política de siempre (cualquiera que diga que en Morena no están los de siempre no sabe nada o es un propagandista) está produciendo al interior de ambos grupos.

En muchos sentidos, el FAM imitó a la guinda al iniciar un proceso “inédito” de selección de candidatos que violentan la normativa electoral vigente, haciendo uso de una jerga llena de subterfugios para hacer creer que sus campañas no son campañas y tratando de contener, tal y como hacía el viejo régimen de partido hegemónico, los apetitos voraces de políticos acostumbrados a perseguir sus intereses, más que en generar condiciones para la mejora del país y la sociedad.

Pero ya no estamos en los años 70 del siglo XX. Este proceso de selección con el que han optado ambos bandos genera altísimos costos internos de cara al ideal de la unidad que dicen enarbolar, al tiempo que desatan pugnas y posibles rompimientos por la falta de voluntad real de los actores para acatar las reglas que evidencian apetitos incontrolables en casi todas y todos los participantes ante los votantes. Los antiguos controles han desaparecido, aún con el intento de caudillismo de Obrador y los nuevos simplemente volaron por el aire, dinamitados de diferentes formas.

Ya sean las acusaciones de que “cambiaron las reglas de selección”, señalamientos de que “no hay piso parejo y hay apoyo desde la secretaría del Bienestar”, declaraciones que ignoran la historia como “la izquierda nunca ha perdido ante la derecha y ponemos en pausa nuestra alianza”, acciones como el dedazo presidencial o el uso de estructuras partidistas para juntar firmas a como dé lugar el tema es que, siendo honestos, los procesos de selección de la persona encargadadeladefensa/encargadadelaconstrucción dela4T/delFAM han mostrado los intereses reales de la mayoría de los aspirantes: ellos mismos y su proyecto de ser la siguiente persona en vivir en Palacio Nacional.

Ya no digamos que se deba esperar que tengan un proyecto propio y auténtico para sacar al país de la profunda crisis en que se encuentra, eso es secundario, las máscaras han saltado y la unidad ha desparecido por la lucha de facciones.

El caso de las corcholatas es aún más espectacular, ya que ha llevado a una inminente ruptura de una unidad forzada desde Palacio Nacional pero que no corresponde a la realidad.

Las intervenciones del Presidente y las denuncias ante la autoridad por desvío de recursos son dos síntomas de la descomposición interna que el proceso de dedazo, es decir de selección, que Morena ha mostrado.

La imagen de un movimiento nacional e histórico se ha probado más un mito que una realidad, la generación de “tribus” que argumentan que son los verdaderos obradoristas se antoja un poco como mezcla de descomposición perredista y retórica de los diferentes peronismos.

En resumen, ninguna de las dos opciones competitivas para la elección presidencial de 2024 es en realidad una verdadera y nueva forma de representación de la sociedad, una apertura inédita de la clase política que se encuentra en el poder, o aspira a ocuparlo.

La falta de mecanismos realmente eficaces para que los ciudadanos puedan participar en las contiendas electorales, algo que la partidocracia ha construido por décadas, da campo para que ocurran estas cosas.

En México se ha olvidado que democracia no es nada más emitir nuestro voto en cada elección por los candidatos presentados por un puñado de partidos políticos que sirven de filtro a la sociedad real.

La erosión que la vida política sufre en México es justamente un resultado de esto, la lucha de personajes por el poder, la contienda de partidos por lograr un pedazo más grande del pastel del poder mientras acota las posibilidades de acción de las personas a solo tachar una papeleta.

No importa si Creel se baja de la contienda, o si Marcelo rompe con su partido, en realidad solo son cuestiones anecdóticas mientras no se construyan mecanismos de participación independiente que no sean simulaciones para que un caudillo presidencial o los dirigentes de los partidos decidan por uno o una más de los de siempre.

Mientras la lenta degradación de un sistema político erosionado nos aleja, más y más del cumplimiento de las normas, la Constitución y de la democracia.

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