No siempre se quiere pedir perdón

Edgar Elías Azar

El gran pecado del filósofo Spinoza fue plantear que la religión y la política debían ser separadas, que la racionalidad y no la fe era el medio para entender la naturaleza

La historia ha orillado a muchas personas a tener que elegir entre sus convicciones personales y su instinto de supervivencia. Así, por ejemplo, desde hombres como Habermas que ha confesado en algún momento tuvo que servir a las filas del nazismo (situación que lo ha avergonzado toda su vida) como Norberto Bobbio, quien, en su autobiografía, confiesa haber tenido que escribir al Duce, para solicitar perdón y amnistía.

Juzgar a estos hombres por lo que tuvieron que hacer en las circunstancias históricas que les tocó vivir, es tan injusto como castigar la defensa propia.

Una de las historias más conmovedoras es la de Baruch Spinoza. Un judío sefaradí inmigrante, más bien exiliado, en la Holanda del siglo XVII. Después de que su familia tuvo que abandonar la península ibérica por ser judíos, ya refugiados en el país —por antonomasia— de la tolerancia, tuvo que seguir huyendo, pero ahora, de la misma comunidad que lo acusaba de herejía.

De joven decidió separarse de esta comunidad que lo acusaba por razones filosóficas; al grado de que una noche, a la salida de un teatro, un fanático atentó contra su vida. Saúl Morteira, el Gran Rabino, más tarde lo expulsaría de la comunidad y lo condenaría al ostracismo. Así comienza de nuevo, otra persecución. Primero, se refugia en Rynsburg, una aldea cerca de Leiden, más tarde, en Voorburg, cerca de La Haya, donde vivió sin preocupaciones gracias a la protección de Jan de Witt y, más tarde, en Utrecht, cuando su protector fue asesinado.

Por esas fechas, ya su obra comenzaba a difundirse por toda Europa, y comienza a convertirse en le fameux juif, quien era visitado tanto por príncipes, condes como por grandes filósofos (Leibnitz por ejemplo).

Es decir, ahí radicaba la contradicción de su vida: gozaba de fama pero a la vez de rechazo. El eterno incómodo. Aquel que valía para ser visitado, pero no reconocido. Valía para ser consultado pero no aceptado. Sufrió el título de la otredad desde el día de su nacimiento. Condición que lo convirtió en una especie de filósofo ermitaño, pulidor de cristales y creador de obras magníficas en la soledad de su estudio.

La narrativa del judaísmo quedaría incompleta sin incluir la palabra de Spinoza en ella, aún así, en algunas comunidades (como la holandesa misma) sigue siendo considerado un personaje expulsado de la comunidad. Muchos han intentado su aceptación y reconocimiento. Intentos que no han venido de cualquiera. Incluso el mismo Ben Gurion solicitó y ofreció reconocimiento para el filósofo del exilio. Con gran admiración hacia él, el primer presidente del Israel independiente, fue sensible ante la injusticia. Sin embargo, aún no en todos lados del mundo se le concede el perdón al gran pensador.

¿Cuál fue su gran pecado? Ser el primer filósofo en plantear que la religión y la política debían ser separadas, que la racionalidad y no la fe era el medio necesario para entender la naturaleza y la realidad que nos rodea y uno de los primeros propulsores de la democracia.

Si uno no puede juzgar a las personas a distancia, ya sea porque su historia, su cultura y sus circunstancias no eran como exactamente las entendemos ahora, menos aún, se puede juzgar a alguien, que bajo esa realidad incomprensible para nosotros, justificó la realidad que ahora veneramos. Es, en sí, una gran contradicción verlo de otra manera.

Sin embargo, cabe pensar ¿Spinoza, ahora, querría ser perdonado?

 

Magistrado del PJCDMX.
Exembajador de México en Países Bajos

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