Por Mariana B. Pelayo

Desde que nacemos, comenzamos una relación íntima con el plástico. Es uno de los primeros materiales con los que conectamos: nuestra primera mamila o chupón y, por supuesto, los juguetes… Casi todos de plástico. Podríamos decir que comemos, bebemos y respiramos plástico. Los plásticos surgidos en el siglo pasado son protagonistas de nuestra era consumista debido a su bajo costo de producción, durabilidad y maleabilidad, lo que les confiere características únicas para una infinidad de beneficios. Desde las nefastas bolsas del súper hasta los indispensables guantes quirúrgicos, necesitamos del plástico. Sin embargo, su uso se ha convertido en un problema vinculado a la cultura versátil y flexible del “usar y tirar”.

El plástico revolucionó nuestra forma y estilo de vida en términos de producción y consumo. Nos hemos adaptado a él de tal forma que si observamos a nuestro alrededor prácticamente todo tiene al menos un componente plástico. El problema es evidente: nuestro abuso en su consumo, un problema que empeora (y mucho) cuando hablamos de plásticos de un solo uso.

Esa bolsita transparente en la que transportaste durante algunos minutos unas ricas y saludables mandarinas hace uno o dos años, sigue aquí en el planeta y no tiene ninguna otra función que contaminar o matar a una tortuga que se la coma confundiéndola con una medusa u otro tipo de alimento. Nuestra basura plástica, la tuya, la mía y la de nuestros hijos, formará parte de la gran masa contaminante de la humanidad durante los próximos 100 años y, muy probablemente, durante los próximos 1000 años (Ecología verde, 2020).

En 2019, la producción global de plásticos alcanzó las 368 millones de toneladas. A nivel mundial, Asia lidera la producción con un 51% de las cuales el 31% pertenecen al gigante regional, China (Plastic Europe, 2020). De este gran volumen, solo se recicla el 9% y se incinera el 12% (ONU, 2018), lo que significa que lejos de desaparecer, el plástico se convierte en contaminación atmosférica.

Cabe mencionar un dato importante en cuanto a los datos compostables o biodegradables, cada vez más en boga, pero que solo funcionan cuando se colocan en sistemas controlados. Es decir, el plástico compostable debe colocarse en una composta doméstica o comercial, dependiendo de su diseño. En tanto que el biodegradable se descompone en ambientes con ciertos niveles de oxígeno, exposición a rayos UV y cierta temperatura, por lo que simplemente arrojarlo a un tiradero no garantiza su descomposición (WWF, 2022).

Todos sabemos que durante la pandemia por la dispersión del virus SARS COV-2 los plásticos jugaron un papel crucial como aislantes y todo tipo de dispositivos para las pruebas y la atención a los pacientes, lo lamentable es que, al final, toda esa producción se terminó por convertir en otro tipo de pandemia. Según un conteo realizado en 193 países hasta agosto de 2021, durante la emergencia sanitaria se generaron 8.4 millones de toneladas de plásticos desde residuos médicos, hospitalarios, material de embalaje, kits de pruebas de virus, compras en línea y equipos de protección personal. De esta escalofriante cifra, al menos 25,900 toneladas terminaron en los oceános (Rodríguez, 2021).

Unas líneas arriba invité a los lectores a mirar a su alrededor para detectar el plástico que nos acompaña. Ahora les hablaré de aquél que está con nosotros y que ni siquiera nos percatamos de su presencia, pues lo tenemos dentro.

Este material puede degradarse y volverse tan diminuto que ingresa en las cadenas alimenticias de la naturaleza y, por lo tanto, en la nuestras y es capaz de incrustarse en nuestra sangre y tejidos a partir del consumo de alimentos, el contacto con la piel y hasta mediante la respiración. Son los llamados microplásticos, pequeñas partículas que surgen de la fragmentación del macroplástico o que se fabrican exclusivamente para productos de higiene como detergentes, dentífricos o exfoliantes (Ecología verde, 2020).

Por si la lista de infortunios que el abuso de este material nos ha traído es corta, la elaboración del plástico requiere enormes cantidades de agua. Se necesitan 166 litros del vital líquido para producir apenas un kilo del material que nos ocupa (Circuito verde, 2020), sin mencionar el uso de recursos fósiles y el gasto de energía. Y deshacernos de él también implica otra historia: montañas de desperdicio, islas de basura, muerte de especies marinas y de enfermedades asociadas con su ingesta.

¿Qué hacer?

Como ya vimos el reciclaje no es la panacea. Es por ello que deberíamos emprender una ruta distinta en nuestro consumo. Esto es, adoptar enfoques circulares que ayuden a reducir su uso y desincentivar colectivamente el uso de los plásticos de un solo uso y prolongar su tiempo de vida útil antes de que vaya al cesto de los desperdicios reusándolo, evitando consumirlo y aprovechando otros materiales ya existentes como el vidrio o la fibra vegetal a partir de ya.

Investigadora de la Universidad de Nayarit y Panelista del programa 1.5 grados para salvar al planeta.

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