Ley seca: “A ver, oblígame, prro”

César Güemes

Que no, que no va a servir de nada. La ya muy cantada y cercana “ley seca” —maldito el término y quien lo inventó— no tiene ni tendrá fines útiles en contra del virus que circula por los pulmones del mundo.

Lo único que, según vemos, ha funcionado para atenuar el golpe de la pandemia es resguardarse voluntariamente —o por decreto— en casa y seguir sencillas medidas de higiene personal y sanitización de superficies y objetos con los que tenemos contacto frecuente.

Todo lo demás —la ridiculez de traer médicos cubanos, entre otras medidas que tienen mucho de fantasía y de provocación— carece de utilidad. Tal como lo ha dicho, con sustrato científico, el doctor Alejandro Macías, prácticamente todos nos vamos a contagiar: habrá muchos que cursen el padecimiento de forma asintomática; otros, también muchos, cuyos síntomas sean tan leves que se controlen tan sólo moderando la temperatura corporal con una pastillita; otros, una décima parte, precisará de atención hospitalaria y ahí todo va a depender de la cantidad de camas, ventiladores y de la condición previa del paciente para que logre superar el trance o no.

Y veamos un ejemplo claro: en este fin de semana fue incontrolable la afluencia de personas al mercado de La Nueva Viga. Al inicio fueron multitudes sin respetar ni la sana distancia ni a la más vieja de su casa, y posteriormente es verdad que hubo un “operativo” para desalentar la oferta y la demanda de los productos de mar que ahí se ofrecen, pero la medida no alcanzó porque, pese a los avisos en todos los medios, a una enorme parte de la población no le importa contagiarse o ser contagiado.

Si ve usted los múltiples registros en video del sitio se dará cuenta que las personas que acudieron a comprar pescados y mariscos estaban sobrias. Vamos, que no fueron ya con media estocada a rematar a la Viga nomás porque el cerebro alcoholizado los llevó casi maniatados.

Desde luego que no. Fueron, estuvieron con sus familias enteras —uta, eso nos va a salir carísimo como país— en absoluta sobriedad y expuestos a un enemigo que desdichadamente no se percibe a simple vista. El coronavirus es un ejército invisible, elusivo y quizá letal que disparó sus balas de cámara lenta ante un oponente, la ciudadanía enfebrecida por unas tristes empanadas de camarón, que se puso de a pechito. Ahí están los videos.

Y ahora se maneja el lamentable camino de la ley seca que no va a llevarnos a nada bueno. Más allá de causar una alegría en cierto sentido ficticia —el que la ha vivido sabe que aquello es real y que al otro día la resaca se lo recuerda sin falla—, la realidad del alcohol es que es un depresor. Esto es —todos lo sabemos pero permita el querido lector un parrafito al respecto—: el trago no “da para arriba”, sino que “da para abajo”. Ofrézcale usted a un sujeto con sed la cantidad suficiente de cerveza, vino o algún destilado, y verá que hay tres etapas muy delimitadas: la buena disposición anímica, luego la exaltación y por fuerza el abandono ante la crudeza de la existencia que se manifiesta con una narrativa de las pequeñas o grandes miserias personales, con franco llanto o con que al bebedor se le cansa el caballo y de plano se queda dormido hasta que muchas horas después la sed “de la buena” o sea de agua vil —guácatelas de pollo— lo despierte y se acabó el cuento.

Lo importante en un encierro prolongado como lo será la verdadera cuarentena que se anuncie en días próximos es que el ciudadano encuentre en las cuatro paredes de su hogar dulce hogar la conciencia de que es el sitio más seguro y, si así lo decide, si quiere llorar, que llore; si va a dormir, que duerma, pero antes, mucho antes, esos elíxires que tiene derecho a beber lo pueden salvar de la desesperación, un estado de ánimo altamente peligroso.

La ley seca que empezó a operar en cierta forma en el Estado de México —para no llegar al extremo de Nuevo León sin cerveza— no se pensó para que todos anduvieran en una boba sobriedad sino para que no se reunieran multitudes, como lo han hecho siempre en bares, cantinas, chelerías, antros y otros sitios de mala muerte. La medida fue para evitar el contagio por cercanía y contacto, no para generar una población de abstemios.

Si se establece la ley seca, de inmediato empezará la venta por debajo de la mesa primero de las bebidas de marca que todos conocemos.

Enseguida, si se detiene la producción industrial, vendrán los alcoholes fabricados sin control alguno y que equivalen a veneno líquido. Y, por último, una guerra a trancazo limpio por ver quién controla ese mercado negro creado a tontas y a locas, como si no tuviéramos suficiente con el de las sustancias hoy prohibidas.

Sólo hay una inevitable cadena de realidades que ni todo el Valle de Guadalupe con sus maravillosos productos podría evitar: las parejas en el encierro se preguntarán: ¿y cómo he vivido con este sujeto o sujeta que la verdad es insufrible?; los que son padres: ¿cuántos años faltan para que los hijos se vayan para siempre de esta casa?; y los hijos: ¿y esos señores son mis padres, neta?

Le ley seca no cura ni ayuda ni funciona. Digamos salud, lector amigo, antes de que nos toque bailar con la señito Berta.

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