En su intervención matutina del 18 de agosto, López Obrador dijo: “…está cundido el país, o sea, de este pensamiento conservador, neoliberal… tenían predominio de todo: en Hacienda, en Agricultura, en Economía ya, en Relaciones Exteriores… Porque no sólo -con todo respeto- era el ITAM y el Tecnológico de Monterrey, era, ¿cómo se llama este organismo público?” “El CIDE”, respondió alguien del público. “El CIDE, que era lo mismo”, continuó el presidente. Entiendo que exista una escuela “impulsada por el sector privado para formar sus cuadros. Pero que el Estado también esté financiando una institución con esos mismos propósitos, como es el CIDE, o que el Conacyt esté al servicio de las empresas, que su presupuesto se destine a financiar investigación de las empresas, y no a hacer investigaciones en beneficio de la gente….”.

El CIDE es una institución plural y diversa, a pesar de sus dimensiones. Hay personas con diferentes visiones, unos más conservadores, otros más liberales. Algunos no cuadran bien en el espectro que sólo considera dos polos. Unos somos mexicanos, otros extranjeros. Los temas que estudiamos –y los enfoques usados para ello- son heterogéneos. Nuestros alumnos además tienen una diversidad ideológica y sociodemográfica notable para tan pequeña institución (gracias en parte a las becas que se pagaban con el hoy desaparecido fideicomiso).

Nuestras investigaciones no pueden tildarse de partidistas o neoliberal. Por ejemplo, en el Programa de Política de Drogas se estudia la producción, consumo y venta de sustancias lícitas e ilícitas; las respuestas de las autoridades a estas conductas; las desigualdades de género en la implementación de la política de drogas; las violencias y sus causas; la migración y los costos de la prohibición. Desde el CIDE hemos estudiado el uso —y abuso— de la fuerza letal por parte de las instituciones de seguridad. Lo hicimos desde el sexenio de Calderón y no hemos dejado de hacerlo con los gobiernos subsecuentes. Con datos, alertamos desde 2012 sobre la probable existencia de ejecuciones extrajudiciales por parte de las FFAA. Documentamos, además, los peligros que tiene para la población el uso del Ejército en tareas de seguridad pública y su ineficacia como estrategia de reducción de la violencia. Desde el CIDE se han abierto los espacios muy importantes para la agenda de izquierda en la academia, en materia de género, federalismo, gobiernos locales o alternancia política. Decir que nada de eso es de interés o utilidad social es, en el mejor de los casos, injusto; en el peor, una mentira.

Celebro la diversidad de enfoques y opiniones en las instituciones académicas. La divergencia nos obliga a revisar nuestras preguntas, presupuestos y metodologías. El disenso, y no la endogamia, es lo que posibilita una academia dinámica y útil. Las investigaciones que hacemos en el CIDE frecuentemente incomodan a los gobiernos en turno, pero permiten replantear políticas públicas mejores. Una academia que simplemente aplauda al gobierno —y gobernantes— no tiene provecho social. Pero eso parece querer el presidente: un gobierno sin contrapesos y centros públicos que endosen sus políticas, por más nocivas que sean. López Obrador se define por oposición a “los conservadores”. Para él, sólo hay dos bandos: él o el abismo conservador. Pero el CIDE, como la sociedad mexicana, es bastante más plural.

Profesora-investigadora del CIDE.
@cataperezcorrea

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