La pluma y el laurel

Ángel Gilberto Adame

La exitosa presencia de Jorge Luis Borges en la Universidad de Oklahoma en 1969 dio inicio a una serie de homenajes para escritores latinoamericanos y fortaleció el Premio Neustadt, considerado el equivalente al Nobel de los Estados Unidos. El reconocimiento está auspiciado por la propia universidad, la revista World Literature Today y la familia Neustdat; en 1982, su monto equivalía a 25 mil dólares —hoy se ha duplicado—, más una escultura consistente en una pluma de plata de águila que simboli

La exitosa presencia de Jorge Luis Borges en la Universidad de Oklahoma en 1969 dio inicio a una serie de homenajes para escritores latinoamericanos y fortaleció el Premio Neustadt, considerado el equivalente al Nobel de los Estados Unidos. El reconocimiento está auspiciado por la propia universidad, la revista World Literature Today y la familia Neustdat; en 1982, su monto equivalía a 25 mil dólares —hoy se ha duplicado—, más una escultura consistente en una pluma de plata de águila que simboliza a las tribus originarias de dicho estado.

La elección es bienal. Cualquier autor vivo, sin importar su género literario y su idioma, puede ser candidato, siempre que una parte importante de su obra esté disponible en inglés o francés. El primer ganador fue Giuseppe Ungaretti, en 1970.

Para 1972, el editor Ivar Ivask y el poeta Fernand Verhesen promovieron la candidatura de Octavio Paz; ambos destacaron “la extrema originalidad de su trabajo y la profundidad ferviente y lúcida con la que intenta reconciliar al hombre con el mundo exterior y consigo mismo”. Sin embargo, el resto del jurado optó por otro latinoamericano, el colombiano Gabriel García Márquez.

La relación entre Ivask y Paz era cercana, por lo que el estonio se disculpó con el poeta al sentir que le había fallado: “¿Qué he hecho para merecer este silencio masivo de tu parte? Espero que no estés enojado conmigo por la manera en que votaron los jueces”. Paz le contestó: “¿Cómo se te ocurre pensar que yo puedo estar enojado contigo? Ay, soy vanidoso como (casi) todos los que escriben, pero mi vanidad no está en los premios”.

Los años siguientes lo ganarían Francis Ponge, Elizabeth Bishop, Czesław Miłosz y Josef Škvorecký. Paz no volvería a ser considerado sino una década después. Nuevamente Ivask estaría a su favor, junto con Jaime García Terrés y Manuel Durán.

Ese año, la disputa se perfiló entre Ted Hughes y Paz. Sin embargo, la tenacidad de quienes lo nominaron se impuso y el mexicano fue declarado ganador. A Durán le “enorgullecía señalar que defendió la causa durante las deliberaciones y fue capaz de convencer a los otros miembros, aunque debo agregar que sus logros hicieron que mi tarea fuera muy fácil”, y se expresó en estos términos del triunfador: “Al abordar el lenguaje a través de la poesía y la pasión, trata con un hecho universal: no hay cultura sin lenguaje, y el lenguaje nos pertenece a todos, a través de los sentimientos (sensualidad, pasión sexual) que también son nuestra herencia común”.

La ceremonia formal fue el 9 de junio de 1982 y acudieron cerca de 300 invitados. Paz ofreció un discurso en su lengua materna: “En todos los idiomas hay palabras límpidas que son como el aire y el agua del espíritu. Expresar tales palabras es siempre maravilloso y tan necesario, como respirar. Una de esas palabras es gracias. Hoy la pronuncio con alegría. También con la conciencia de ser objeto de una feliz confusión. La verdad es que no estoy muy seguro del valor de mis escritos. Por otro lado, estoy seguro de mi pasión literaria: nació conmigo y morirá sólo cuando yo muera. Esta creencia me consuela”. Luego de hacer una defensa de la pluralidad concluyó: “Diré aún más: reconocer la variedad de visiones y sensibilidades es preservar la riqueza de la vida y así asegurar su continuidad. De ahí que el Premio Neustadt, al estimular la universalidad y la diversidad de la literatura, defienda la vida.”

Ivask cuenta una anécdota que ocurrió esa noche: “Nos detuvimos en el jardín después de la cena y, de repente, el poeta sacó del bolsillo de su traje un presente para mí. Era un pedazo de una ramita de laurel de la Villa Médici que siempre llevaba consigo, como un amuleto. ¡Me compartió esas hojas de laurel!”. Así Paz le regresaba el laurel que el estonio le había ayudado a obtener.

Al día siguiente, Paz declaró: “Nunca he escrito para obtener premios, sino por una necesidad íntima, y luego por otras razones: autodescubrimiento y la búsqueda de un lector. Ya sea si sólo es uno, dos o un millón de buenos lectores, ese es el verdadero premio y el único monumento al que aspira un escritor. (…) Los premios pertenecen a otra esfera (…), son una gran simulación. Siempre ha habido premios y, desde el punto de vista social y cultural, preservan la continuidad de la literatura”.

Ningún otro mexicano ha vuelto a ganar el Premio Neustadt.

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