Un presidente temerario, irresponsable y torpe

Amador Narcia

No es menor que el presidente del país más poderoso del mundo enferme de Covid-19, más si no fue una cuestión fortuita sino producto de su arrogancia

¡Serénense! No me refiero a ya saben quién, sino a Donald Trump, por la manera en que maneja su contagio de Covid-19. 

Hace diez días tuiteó que él y su esposa Melania se habían hecho una prueba para detectar si estaban contagiados, porque Hope Hicks, una guapa exmodelo, de 31 años, que trabajó primero como su directora de comunicaciones y hoy es su asesora senior, había dado positivo al virus. Horas después lo confirmó. Dijo que iniciarían cuarentena y su recuperación. Al día siguiente anunció que ingresarían al Centro Médico Walter Reed para asegurarse de que todo saliera bien. Al dirigirse a su helicóptero le tomaron fotos que sugerían que traía un aditamento para recibir Oxígeno y que disimulaba su mascarilla. El sábado 3, publicó un video en el que agradeció la ayuda de sus médicos y los buenos deseos de los líderes de otros países. Admitió que no podía quedarse encerrado en su cuarto. Circuló la versión de que se le aplicaban medicamentos y tratamientos para enfermos graves. 

(Según la revista Science, Donald Trump recibió un “coctel de anticuerpos”, que actúan directamente contra la proteína del virus que causa el Covid-19/SARS-CoV-2. Uno de estos anticuerpos es producido por personas contagiadas que se recuperaron. El otro anticuerpo es de un ratón al que se manipuló genéticamente).

El domingo 4 de octubre siguió tuiteando y salió a dar una vuelta en camioneta para saludar a sus simpatizantes. De no hacerlo, dijo el lunes, los medios habrían dicho que era grosero y mal agradecido.
 
Pero también acalló rumores sobre su condición y continuó su campaña de reelección. Sorpresivamente salió del hospital y de regreso en la Casa Blanca se quitó el cubrebocas en el balcón desde donde apareció ante la prensa

Parecía evitar toser y tener dificultades para respirar. Luego, transmitió un mensaje donde reveló que había sido tratado con “Regeneron”, un fármaco en pruebas que bajaría sus síntomas de 13 a 7 días y reduce la carga viral. Lo consideró “una bendición de Dios y no un tratamiento sino una cura. 

Prometió que una vez aprobado se aplicaría gratuitamente a quien lo solicitara, lo que sería extraordinario pues trascendió que su paso por el hospital habría costado cien mil dólares. 

Poco le importó el mensaje de despreocupación y descuido que enviaba. 

No es menor que el presidente del país más poderoso del mundo enferme de Covid-19, más aún cuando no parece que haya sido una cuestión fortuita sino producto de su arrogancia frente a la enfermedad. Su país es el que tiene más muertos y contagios.

En México, no cantamos mal las rancheras. El presidente López Obrador no ha contraído el virus pero se han contagiado cinco secretarios de Estado, tres subsecretarios, el director del IMSS, la titular del SAT y otros funcionarios.

Ha quedado más que claro que no importa cuan rica o poderosa sea una persona está igualmente expuesta a contraer la enfermedad. Y en el caso de los gobernantes, ¿cómo esperan que sus pueblos atiendan los cuidados mínimos de sanidad si ellos no predican con el ejemplo? Que bueno que nuestro presidente no se ha contagiado del coronavirus pero no es buena idea que tiente al destino. Está en juego mucho más que su propia integridad. 

Monitor republicano

Ante la falta de una oposición fuerte, sin México Libre y Felipe Calderón, al presidente López Obrador no le queda más remedio que enfrentarse a la prensa, al pasado, a FRENAAA y al naciente Sí, por México. 

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