Viéndolo bien, a lo largo de su historia, México se ha jodido muchas veces. Nos ha jodido la apatía, el dejar que otros —los de arriba— decidan por nosotros. Y podríamos intentar explicar es a dejadez que afecta a anchas franjas ciudadanas, recordando aquella frase del virrey Carlos Francisco de Croix, que en 1767 advirtió a los vasallos del gran monarca español “que nacieron para callar y obedecer y no para discurrir ni opinar en los asuntos del gobierno”.

Nos jodimos al hacer de la corrupción una manera de ser. Pero, cabe aclararlo, la corrupción, los abusos desde el poder, la resignación y el valemadrismo no se originaron con el PRI; la República priista solo los perfeccionó, si puede decirse tal cosa.

Nos jodimos en el momento en que élites y pueblo, gobernantes y gobernados, decidimos celebrar las contrahechuras de la democracia simulada: la impunidad judicial, la corrupción sistémica, el machismo y el racismo como parte de “la mexicana alegría”.

A finales de la década de los sesenta, México parecía prefigurar una potencia intermedia: de 1960 a 1970, la tasa de crecimiento del PIB fue de 7.1% con una inflación de poco menos de 2.5%, en promedio durante esa década, y en 1970 nuestra deuda externa pública bruta era de apenas 4 mil 262 millones de dólares. Nuestra política exterior nos prestigiaba y la educación pública constituía el soporte de una movilidad social ascendente. Pero el país se jodió cuando Gustavo Díaz Ordaz escogió para sucederlo a Luis Echeverría: al final de su sexenio, la deuda externa creció casi cinco veces (19 mil 600 millones de dólares) y de 4.69 en 1970, la inflación pasó a 27.2 en 19 76. Después, Echeverría seleccionó para sucederlo a su amigo de la infancia, José López Portillo. La docena trágica marcó el fin del “milagro mexicano”:

México se jodió hace más de medio siglo, cuando el gobierno y la sociedad cerraron los ojos frente a lo que ocurría en materia de siembra y trasiego de drogas. Se decía: “no es nuestro problema”, pero al final el tumor desarrolló metástasis.

El país se jodió cuando décadas de estancamiento fueron dejando millones de jóvenes que crecieron sin alternativas; unos emigraron a Estados Unidos, otros incursionaron en el comercio informal y otros se integraron a pandillas que les dieron identidad y un sentido de pertenencia.

Pero hay otros momentos de quiebre. En el periodo 2000-2006, El Bato con botas, Vicente Fox, dilapidó el enorme capital político que le había reportado el bono democrático; dejó escapar el momentum del cambio que se vivía en el país.

Nos jodimos cuando los padres nos desentendimos de la formación de nuestros hijos y le trasladamos a la escuela —o a la televisión— la responsabilidad de inculcarles valores.

El país se jodió cuando, en vez de aplicar leyes y reglamentos para impedir que las personas y las fábricas arrojaran sus desperdicios a la atmósfera, a los ríos, a las lagunas y a los mares, las autoridades decidieron solapar esas prácticas y encubrir el desastre ambiental.

Pero hay más...

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