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Lo que viene en enero

Alejandro Hope

Se acabó una era relativamente sencilla en la relación con Estados Unidos. Lo que viene es más complicado para el gobierno, pero más positivo para el país

El inusual asunto del general Cienfuegos tiene aún muchos cabos sueltos, pero un hecho parece incontrovertible: el gobierno del presidente López Obrador tiene palancas con la administración Trump. Ha ganado acceso y acumulado favores con el actual equipo gobernante en Washington. Y se cobró uno la semana pasada.

Sin embargo, esto va a cambiar en menos de dos meses. Guste o no en Palacio Nacional, Joe Biden va a ser el nuevo presidente de Estados Unidos. Y eso, hasta cierto punto, va a significar baraja nueva en la relación bilateral.

¿Qué puede cambiar a partir de enero? No lo sabemos del todo, pero van algunos apuntes:

1. En sus interacciones con México, Trump ha sido casi monotemático: todo era el muro y los migrantes. El comercio tuvo algo de juego en la campaña y al inicio de su administración, pero el asunto desapareció de la agenda una vez que se firmó el T-MEC. Por lo demás, el objetivo casi único de Trump fue lograr que las autoridades mexicanas contuvieran de nuestro lado de la frontera (y a costa del erario nacional) los flujos migratorios hacia Estados Unidos. Eso simplificó enormemente la relación bilateral para López Obrador: solo había que ceder en ese tema y Trump se desentendería de México. Pero ese foco temático y esa sencillez difícilmente van a perdurar en una administración Biden.

2. Como ya lo han apuntado varios colegas, Biden significa un regreso a la complejidad. La agenda con México va a ser mucho más plural y diversa. Tendrá, por supuesto, un componente migratorio, pero eso ya no será el alfa y el omega de la relación bilateral. Es posible que los temas ambientales y laborales ganen relevancia. Lo mismo vale para temas relacionados con los derechos humanos y el respeto a las normas democráticas (sobre todo, después del patético espectáculo protagonizado por Trump desde la elección). Con más asuntos en cartera, es posible que se regrese a la vieja y sana política de compartimentación temática. Pero es igualmente posible que se multipliquen los puntos de fricción.

3. El equipo de seguridad nacional e inteligencia de Biden está poblado con veteranos de la administración Obama. Para ese grupo, la Iniciativa Mérida es el marco conceptual de la relación en materia de seguridad con México. Es posible que busquen revivirla, tal vez bajo algún otro nombre, tal vez con algo más de componente social. Pero eso significa un intento de regresar a una colaboración más estrecha entre las agencias de seguridad e inteligencia de ambos países (y no solo en temas de narcotráfico) ¿Va a estar el gobierno de México dispuesto a caminar en esa dirección? Habrá que esperar, pero esa pudiera ser una primera fuente de fricción entre ambos gobiernos.

4. Por último, es de esperarse que el asunto Cienfuegos deje secuelas. En primer lugar, las autoridades estadounidenses probablemente esperarán que no haya carpetazo en México. En segundo lugar, aunque no haya habido un quid pro quo explícito, es posible que las agencias de inteligencia de Estados Unidos intenten cobrarse lo que ellos perciben como un favor. En tercer lugar, es necesario recordar que la DEA es una institución con memoria larga (Rafael Caro Quintero es para ellos el principal fugitivo del mundo). Probablemente intenten cobrarse lo que perciben como un agravio en algún momento dado. Y aún si no hacen nada en el corto plazo, el caso Cienfuegos va a colorear su percepción del actual gobierno de México.

En resumen, se acabó una era relativamente sencilla en la relación con Estados Unidos, en la que bastaba con ceder en las obsesiones de Trump para llevar la fiesta en paz. Lo que viene es más complicado para el gobierno, pero más positivo para el país.

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