La pandemia une a los trabajadores del mundo

Alejandro Espinosa Yáñez

Dos hechos significativos atraviesan el mundo: la pandemia, con efectos distintos, pero en todos lados los barbijos, el confinamiento y la muerte (inclúyase el aumento del suicidio) forman parte del nuevo orden global social. Al mismo tiempo, con ritmos también vertiginosos, crece la desocupación, y con ella la angustia de qué hacer, cómo encarar lo ordinario. Porque es cierto, como reza un refrán recompuesto, “no sólo de pan vive el hombre, pero sin pan no vive”.

En estas dos historias que se encuentran, como operación bisagra, en la balanza de daños destacan los trabajadores unidos por la afectación sanitario-económica. Pongamos el planisferio sobre la mesa. En México, en información del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), con corte al mes de abril, se tenía registrada la afectación de 12 millones de personas. Más de dos millones sin trabajo ni intención de seguir buscando; se duplicó la porción de trabajadores que están ocupados, viviendo la experiencia de incrementar el número de horas para vivir en la condición en que estaban en el pasado inmediato. Se engrosaron las filas de la Población No Económicamente Activa (PNEA). Disminuyeron los ingresos laborales, a la par de que la informalidad disminuyó también. Se realizaron 14 mil llamadas a viviendas. Son datos oficiales, producto de la primera Encuesta Telefónica de Ocupación y Empleo (ETOE-Inegi). Estas metodologías han sido cuestionadas por los sesgos que presentan, pero más allá de eso deja ver un universo de trabajadores sin certezas, sin vínculos.

No es nota extraordinaria en México, pues lo mismo está presente en otras latitudes, la afectación del gremio de los músicos (en general, de música popular o de la culta, ambulantes o los que desarrollan sus actividades en espacios cerrados). Eso de que “los mariachis callaron”, en Garibaldi, Tlaquepaque o en el Jardín de Zaragoza, en Aguascalientes, es una realidad silenciosa.

Situándonos nuevamente en el planisferio, en La Voz de Galicia (España, 15/06/2020), se alude al despido del personal médico y de enfermería en Estados Unidos, por el “desplome” en los ingresos hospitalarios y de cirugías no esenciales –capital nuestro que estás en la Tierra, no nos dejes perder nuestra renta-. En Europa, la “Confederación Europea de Gremios lanzó un dato explosivo: al menos “un millón de personas”perdieron sus empleos en dos semanas, lo que no se aleja para nada de lo publicado en Clarín –07/04/2020, Argentina-, de que en Estados Unidos (EUA) en apenas 14 días “se destruyó todo el empleo que se había generado en los últimos cinco años”. Por su parte, Infobae (27/04/2020) destacaba el mayor incremento del desempleo desde 1996, en corte al mes de marzo, a lo que hay que sumar entonces lo acumulado posteriormente.

En El Espectador (Colombia, 19/06/2020) se hace referencia a los despidos en los mass media. Citando a The New York Times, refiere el despido de más de 36 mil trabajadores de medios en EUA, fenómeno presente en el mundo, en el que se privilegia la reducción de costes por sobre la mantención del empleo. Traje a la medida del argumento de que antes el desempleo era un problema, ahora es una solución.

Los daños a los trabajadores son de alta intensidad. Habría que retomar a F. Engels y sus comentarios sobre Zimmermann, como historiador de las guerras campesinas en Alemania, de la importancia de ver en los hechos sociales “un reflejo de la lucha de clases del momento”, de que no es una lucha entre “opresores y oprimidos, malos y buenos, con el triunfo final de los malos” (a vuelo de pájaro, las grandes corporaciones de las comunicaciones, sobre todo). Y aquí, tomando distancia del mecanicismo, retomamos al historiador inglés Thompson: "La clase aparece cuando algunos hombres, como resultado de sus experiencias comunes (...) sienten y articulan la identidad de sus intereses”. Y en esto se incluye lo que resaltaba recientemente L. Meyer en estas páginas (EL UNIVERSAL, 21/06/2020), repensando a Burke y el pensamiento conservador, de que el peligro reside para éstos en “la pretensión de trastocar la obligación de la deferencia que las capas populares deben a sus superiores”. Desafiar los poderes establecidos, las jerarquías, los argumentos logocéntricos, es parte de lo que está sobre la escena, directamente como conflicto capital-trabajo, o imbricado en las luchas contra el racismo.

Frente a los desafíos se ensayan respuestas, con sustento en determinadas condiciones sociales. En la crisis de 1929 fue crucial el papel del Estado, como lo exige el actual contexto sanitario. Para arribar al siglo XXI, en el Cono Sur, fueron cruciales los esfuerzos colectivos, vía asambleas populares, piquetes y el proceso de lucha en pos de recuperar el empleo, que se tradujo en fábricas recuperadas (FR). Esto alude a la confrontación derecho a la propiedad privada versus derecho al trabajo. Las FR son producto del conflicto, tuvieran una organización muy consistente –experiencias sindicales previas, p.ej.- o no. Los trabajadores organizados lograron mantener la fuente de trabajo, aprender tareas de gestión que jamás habían realizado, además de impulsar “un conjunto de valores y principios que se traducen en sus prácticas cotidianas como la solidaridad, igualdad, equidad, integración con la comunidad”, plantea Bauni http://ojs.econ.uba.ar/index.php/CESOT/article/view/1711

Reconociendo como señala M. Vieta, profesor de la Universidad de Toronto, que por la precariedad de las cooperativas están presentes los fenómenos de “subproducción crónica”, no obstante hay un esfuerzo para no replicar las jerarquías gerenciales y las prácticas explotadoras de la vieja empresa capitalista, con estructuras organizacionales horizontales, incluyendo esquemas de remuneración equitativos, lo que no es otra cosa sino dar un mentís a lo planteado por Montgomery, de que “El cerebro del patrón se encuentra bajo la gorra del obrero”. ¡No, en las experiencias de las FR el cerebro del obrero se encuentra bajo la gorra del obrero! Este trastocar la obligación de la deferencia es lo que les da una carga simbólica significativa: defienden y generan fuentes de trabajo, pero también a la par de la autogestión son un valladar frente a las prácticas anulatorias de la personalidad. Estos atributos, como señala Vieta, son “una experiencia única en la historia de las cooperativas de trabajo y las luchas obreras”. En una posición más crítica, Rebón y Kasparian señalan que “las empresas recuperadas representan en la perspectiva de los trabajadores una alternativa al desempleo más que al capital, y que son rentables “en tanto se preserven las condiciones de trabajo de los asociados”. En cualquiera de las lecturas, se trata de un desafío al orden “normalizado”.

El ensayo colectivo de las FR a principios del siglo XXI hizo camino al andar, estableciendo “una fisura y un halo de desmitificación en la concepción acerca de la 'ignorancia de los obreros' en materia de gestión y toma de decisiones, cuando los procesos productivos comienzan a organizarse y funcionar sin la presencia de estamentos jerárquicos”, argumentaba Bialakowsky.
En este contexto de lucha de clases, que en ocasiones eufemísticamente se subsume en argumentos sobre desigualdad social, hay urgencias que los trabajadores están planteando con su praxis: las cooperativas son una opción para el problema colectivo del desempleo y un llamado de atención de que los trabajadores están en condiciones de asumir las tareas que les demanda el porvenir. Muy lejos de la deferencia convencional que se debe guardar frente a los superiores.

UAM-Xochimilco

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