Tupamaros: violencia en nombre del pueblo

Alejandro Alemán

En su más reciente documental, el periodista Andrés Markovitz hace un retrato de la crisis venezolana, en el cual se detectan no pocas coincidencias con el presente político nacional.

Un país con el mayor número de reservas petroleras en su historia pero que a causa del precio mundial del petróleo, se fue a la quiebra; un país con la delincuencia desatada, donde el número de muertos convertía a su capital en una de las más peligrosas del planeta; instituciones ineficientes (y en muchos casos inexistentes) donde la intervención del estado terminó por destruirlas, y un estado de derecho virtualmente inexistente.

Ése era el escenario de Venezuela (claro, ¿o de qué país pensaban que estaba hablando?), justo en el cambio de poderes cuando el hoy finado Hugo Chávez le dejó la presidencia (vía una democratísima elección de estado) a su sucesor, Nicolás Maduro, a quien le explotó una crisis económica sin precedente. El ahora presidente llegó al poder, entre otras cosas, gracias a los buenos oficios de los “Tupamaros”, fuerza que algunos calificarían como “terrorista” pero que ellos prefieren autodenominarse como “combatientes revolucionarios”.

En su documental Tupamaro: Guerrillas Urbanas -de estreno en la plataforma de Amazon Prime Video- el periodista Martín Andrés Markovits, con amplia experiencia en la situación política de Venezuela, explica el origen y gradual incremento de poder por parte de los llamados “Tupamaros”, un movimiento que inició como grupo vigilante, civil y armado, en respuesta a la creciente delincuencia en los barrios bajos y a la presencia de grupos narcotraficantes en las calles.

El documental es una larga conversación con uno de los líderes más conocidos del movimiento, Alberto “Chino” Carias, un hombre que surge de los barrios bajos, que sabe lo que implica sobrevivir en pobreza y que justo por ello se une a los muchos movimientos armados de la zona. A cuadro, “Chino” Carias habla abiertamente de matar a los enemigos de la comunidad y del chavismo, al tiempo que se jacta de ser buen padre, buen vecino, y mejor funcionario público.

Y es que, con el arribo de Chávez al poder, este líder guerrillero, con órdenes de aprehensión en varias partes del mundo y asesino de policías (o como a él le gusta llamarlos, “de las fuerzas opresoras del pueblo”) se convirtió justamente en Secretario de Seguridad Urbana. El hombre que ayer asesinaba policías, hoy es el jefe de la policía.

El ejercicio de la función pública era un fenómeno interesante con Alberto “Chino” Carias. El hombre tenía un horario de nueve a cinco de la tarde, pero le gustaba llegar casi de madrugada “para dar el ejemplo y trabajar más”. Su trabajo incluía recorridos por el barrio, donde recaba las peticiones del “pueblo”. Si alguien necesitaba una silla de ruedas, o que le aceleraran un trámite, “Chino” solucionaba, entregando los apoyos directos, sin intermediarios. “Es parte de la chamba de servidor público”.

Y la chamba también implicaba golpear, disparar, matar. Si a Nicolás Maduro empezaban a criticarlo en la única cadena independiente de televisión, el presidente no podía mandar al ejército, mejor enviaba a los Tupamaros para hacer un respetuoso pero enérgico exhorto a no dejarse corromper por el  “imperialismo” y tratar mejor al comandante Maduro.

Breve, crudo y conciso (apenas 53 minutos de duración), Tupamaro: Guerillas Urbanas, es un fascinante retrato de un hombre que públicamente aceptaba se iría al infierno por haber optado por la violencia, que que según él “es el único camino del pueblo”.

El documental es también una radiografía del poder en América Latina, un cuadro que delata -no sin provocar algo de terror- cómo es que los movimientos “de izquierda” comparten las mismas taras: destrozan economías, aniquilan instituciones, reprimen opositores, habilitan asesinos como funcionarios públicos, y hacen de Robin Hood al ideólogo que rige las políticas públicas de una nación, todo siempre en nombre de esa abstracción llamada “pueblo”.

Al final, uno no puede sino agradecer que no estemos ni cerca de ser Venezuela. ¿Verdad?

 

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