Yo no sabía… que Diana Bracho es poeta

Adriana Malvido

Toda la ciudad, pensando la poesía, las narrativas del futuro, las razones para escribir, o a las escritoras que vuelan

Para Godofredo Olivares

El joven se levantó en el auditorio de la Biblioteca Juan José Arreola y emocionado confesó: “Yo no sabía que iba a venir, pero ahora la cabeza me vuela…” Y lo cito porque refleja lo que le sucede a mucha gente estos días en Guadalajara alrededor de los libros y la lectura.

Le robo su frase a Carlo Betts, quien pidió el micrófono luego de escuchar una plática con estudiantes de prepa acerca de libros escritos y leídos, de los que nos han acompañado toda la vida, aquellos que nos sacuden o perturban, los que nos cambian y nos enriquecen… como periodistas, escritores y habitantes de un mundo que, a pesar de todo, piensa en cultura de paz y distingue, a través de la UNESCO, a una ciudad como Guadalajara con el título de Capital Mundial del Libro 2022. 

Yo no sabía, por ejemplo, que al salir del panel al que me invitaron a participar el jueves pasado, en el marco del Festival Literario organizado por la Universidad de Guadalajara, me encontraría con una jovencita leyendo en voz alta en el vestíbulo de la biblioteca. O que unos días antes, el Sombrerero Loco y muchos otros personajes imaginarios tomaron por asalto las calles de la ciudad en el Desfile Literario de Letras para Volar y que la semana pasada cientos de jóvenes que participaron en la lectura en voz alta de Ensayo sobre la ceguera se volcarían, con la cabeza volando y llena de frases (“dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos”) a buscar los demás libros de Saramago. Y así, toda la ciudad, pensando la poesía, las narrativas del futuro, las razones para escribir, o a las escritoras que vuelan sin escoba.

No sabía tampoco de tantos proyectos como los que compartió en una conferencia Anel Pérez, directora de Literatura y Fomento a la Lectura de la UNAM. Uno es aquel que capacita personas mayores para leer cuentos a las infancias y viceversa. O que nos conmovería hondo con un texto del médico poeta Orlando Mondragón cuyas manos leen los cuerpos de sus pacientes hospitalizados por Covid 19 (publicado en el libro de autoría colectiva Primera Línea). No iba preparada para contener un nudo en la garganta durante la mesa redonda “Literatura infantil para la cohesión social y las conexiones intergeneracionales” porque recordé que en El túnel de Anthony Browne hay algo de mi vida y que el autor me reveló un día que él es Willy el tímido.

Una sorpresa mayor se la debo a Pronóstico Reservado, el poemario de Diana Bracho recién editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Lo presentó junto con Carmen Villoro en la bellísima Biblioteca Octavio Paz. Y en voz de la autora, enemiga del lugar común, amante de la música, el zen y el haikú japonés: “Este no es un libro autobiográfico, es la biografía de mi alma. Como actriz interpreto a muchos personajes, aquí soy yo y no estoy actuando. Implica una desnudez”. Cuenta: “La poesía ha estado en mi vida casi desde que nací. Escribí mi primer poema a los siete años. Mi padre fue un gran lector que me introdujo a la literatura. Recuerdo que una vez encontré a mi padre llorando y me impactó mucho. Le pregunté por qué lloraba, me dijo que lloraba porque se había muerto Xavier Villaurrutia y luego me explicó qué era la muerte, de manera que corrí a mi cuarto y escribí mi primer poema sobre la muerte”.

Leyó algunos, tan breves como asombrosos: “Mujer hoy”: Para poder ser yo/ debo destruir/ a la que soy/ desde hace siglos. Su “Epitafio”: Amó. / Supo vivir. / Aprendió a morir. / El silencio es su destino feliz… Y nos voló la cabeza.

TEMAS RELACIONADOS
Guardando favorito...

Comentarios