El adiós de un pintor eterno

Adriana Malvido

Rodeado de pinturas, pinceles, tijeras y recortes confesó: “Siempre tengo la sensación de que estoy empezando, de que el niño que fui todavía no ha crecido”

Sucedió el 27 de julio de 1981. Vicente Rojo estaba a dos días de inaugurar una exposición en el Museo de Arte Moderno y llegué a su estudio para entrevistarlo. Cuando vio la lista de preguntas en mi libreta del unomásuno alzó las cejas y me propuso con absoluta seriedad: “Tu escribe las respuestas que quieras y di que son mías.”

Siempre cálido y gentil, se negaba a dar entrevistas, por temor, decía, a no saber expresarse con palabras. Pero el hechizo se conjuró mientras trabajaba en la Revista de la Universidad cuando Margarita García Flores le pedía todos los días entrevistarlo, hasta que él le preguntó por qué tanto interés. Para su sorpresa ella le respondió que porque le pagarían los 600 pesos que realmente necesitaba. Entonces sí accedió.

Aquella mañana accedió al ver mi cara de susto y dijo: “Todo lo que he hecho son pasos para alcanzar una imagen inalcanzable”. Expondría sus series: Señales, Negaciones, Recuerdos y México bajo la lluvia. Rodeado de pinturas, pinceles, tijeras y recortes confesó: “Siempre tengo la sensación de que estoy empezando, de que el niño que fui todavía no ha crecido”.

Vicente Rojo nace en Barcelona en 1932 pero vuelve a nacer a los 17 años cuando llega a México, donde la libertad y la luz lo deslumbran para siempre. Y lo hacen pintor, diseñador gráfico, escultor… En su libro Puntos Suspensivos. Escenas de un autorretrato (Ediciones Era/ El Colegio Nacional, 2010) revela los motivos de su asombro: El hombre en llamas de Orozco y una iglesia en Tonantzintla; el arte prehispánico y los dulces de Celaya; Lázaro Cárdenas, Consuelito Velázquez y Diego Rivera en la SEP; la música de Revueltas y el carnaval de moros y cristianos en Huejotzingo; el color en Tamayo, el imaginario de Posada, los judas de la familia Linares, la prosa de Martín Luis Guzmán… Y en Bellas Artes, donde trabajó, la música de Chávez, el teatro de Novo, las exposiciones de Gamboa, la creatividad de Covarrubias, el Zapata de Guillermo Arriaga o María Callas ensayando Aída. Tan inolvidable escuchar por la radio la ópera dominical, como a Los Panchos cantando “Sin un amor, la vida no se llama vida”.

Rojo honra a sus maestros: Miguel Prieto, quien le enseñó el valor de la discreción, la sobriedad y la calidez, Arturo Souto, Juan Soriano o Fernando Benítez que le atribuyó “la aurora, la inconformidad y la esperanza”. A su generación, denominada “Ruptura”, prefiere llamarle “Apertura”. La integran en los años 50, como escribió Paz, jóvenes decididos a “restablecer la circulación universal de las ideas y las formas”, los que se atrevieron a abrir las ventanas por las que el aire del mundo penetró en México. Para Luis Cardoza y Aragón, Rojo es, en este sentido, “la figura destacada más radical”.

En el mismo libro el artista tiene un gesto insólito de generosidad con el periodismo cultural y consiste en retomar, de las entrevistas que le han hecho a lo largo de su trayectoria, aquellas respuestas y titulares donde se reconoce, utilizarlos para armar sus notas autobiográficas y concluir, con la humildad de los grandes, que “todas las ideas nos corresponden a todos”.

Por su autorretrato en tinta pasan los escritores, músicos, creadores de cine y poetas que tanto lo enriquecieron con su obra y su amistad. Y describe una escena entrañable con Juan García Ponce quien, desde su lecho de enfermedad, le dice con una sonrisa: “No te preocupes, somos eternos”. Tenía toda la razón.

 

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