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De la tradición oral al meme

Adriana Malvido

El amor a la lectura también se construye y es resultado de planes, proyectos sostenibles y políticas públicas

Entre la pandemia, la crisis económica y la digitalización de contenidos ¿cómo salvaguardar la bibliodiversidad?, ¿quiénes ofrecen opciones?, ¿qué aprendizajes deja el 2020?

De los foros que atendí a fin de año, algunas propuestas: Un replanteamiento de todo el negocio editorial. La creación de estudios serios de medición lectora más de acuerdo con las jóvenes generaciones y sus nuevas prácticas. Un Instituto del Libro u Observatorio Editorial. La recuperación de las bibliotecas de aula y escolares. La aplicación de la Ley del Libro que hasta hoy no ha contado con voluntad política ni con funcionarios aptos para la interlocución. El diseño de ferias del libro de carácter “híbrido”, es decir, presenciales y virtuales, y la creación de redes con editoriales universitarias.

Hay 20 editoriales universitarias, una red de 60 editoriales independientes y 265 afiliadas a la Cámara Nacional de la Industria Editorial, con enormes retos como el de la monetización de contenidos en línea. Según Ernesto Piedras, debido a la digitalización de contenidos creativos la aportación del sector cultural al PIB se redujo de 7.4% a 5% en los últimos años.

Políticas públicas de fomento a la lectura exitosas destacan las de Argentina y Colombia. Hay también asombrosos proyectos autogestivos en México, experiencias diversas de creación de relatos y narrativas, pero también formas de escucharlas y leerlas. Desde bibliotecas comunitarias en la sierra mixe de Oaxaca y talleres comunales de edición de libros en Chiapas, hasta el uso creciente del podcast y de las radios comunitarias que han mostrado su enorme potencial en la pandemia, hasta un proyecto de biblioterapia con migrantes en el sureste de México que leen y bordan sus propias historias para compartirlas. Se visibilizan las abuelas cuenta cuentos en Argentina que en el confinamiento optaron por grabar y distribuir narraciones por WhatsApp o el exitoso proyecto de relatos brevísimos circulando en forma de memes vía telefonía celular, o las bibliotecas de barrio en Medellín abiertas para la conversación, para escuchar y ser escuchado, donde el acto lector se hace colectivo y la suma de colectivos conforma ecosistemas de lectura.

Las propuestas consisten en generar espacios donde la oralidad, el diálogo y el encuentro sean posibles y la dimensión de lo colectivo se construya para aprender juntos a leer el mundo. El amor a la lectura también se construye y es resultado de planes, proyectos sostenibles y políticas públicas. Cuando los gobiernos se desentienden, son los colectivos, las comunidades, las organizaciones de la sociedad civil las que deciden mantener encendida la llama de la lectura.

De la tradición oral al meme, la arqueología de la pandemia revela que la palabra ha sido la herramienta de comunicación por excelencia, la más sofisticada de las tecnologías, la que nos conecta con los otros seres humanos de éste y otros tiempos. Nos dice también que la “cadena” del libro no termina cuando llega a manos del lector sino cuando produce algo significativo en su interior. Y que las prácticas narrativas, así como la lectura, hoy se dan en múltiples formatos y se han diversificado tanto como la edición, la publicación, la distribución y el intercambio de significados. Más que pensar en la “cadena” del libro, ahora se piensa en un rizoma. Y en ese nuevo ecosistema, ¿cuál es la responsabilidad del Estado?
 

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