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Refugiados, vivir en tierra prestada

Más de 68 millones han huido de sus hogares; Kutupalong, en Bangladesh, el campamento más grande
Refugiados, vivir en tierra prestada
Familias de refugiados saharauis en el campamento donde viven desde hace más de 40 años en el desierto de Argelia. Ellos no pierden la esperanza de regresar a su país, que disputan con Marruecos. Foto: CORTESÍA DIEGO SIMÓN SÁNCHEZ
01/07/2018
03:29
Ernesto Tiburcio
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La entrada principal recuerda más bien a un mercado. Fiel a la tradición del subcontinente indio, en un pequeño paso caben motocicletas de pasajeros, animales, tiendas en ambos lados. Carretadas de polvo y sonidos llenan el espacio restante. Poco después emerge la colección de símbolos familiares, el azul celeste y las banderas: el mundo nos recibe en Kutupalong, Bangladesh, el campo de refugiados más grande del planeta.

La guerra y la indiferencia decidieron que los rohingya quedarían al este de la frontera y que pertenecerían al Estado birmano; desafortunado accidente histórico. En minoría religiosa y étnica, los rohingya se han enfrentado a la mayoría budista desde el nacimiento de Myanmar. La brutal dictadura militar (1962-2012) los despojó de su ciudadanía y la joven democracia, encabezada por la Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, los ha perseguido y hostigado como lo haría el peor de los déspotas. La respuesta del Estado a un puñado de ataques perpetrados por el insurgente Ejército de Salvación Rohingya de Arakan (ARSA) contra fuerzas del orden birmanas desde mediados 2016 ha sido desproporcional: casas quemadas, mujeres violadas, familias confinadas y desplazadas. Aquí también la receta contra el terror ha sido más terror.

El escape queda 70 kilómetros al noroeste, en un país más pobre pero que adora al mismo Dios y viste la misma piel. Por décadas, el distrito de Cox’s Bazar, en el extremo sur de Bangladesh —paradójicamente un destino turístico de largas playas y bosques tropicales—, ha recibido a generaciones de sus parientes rohingya.

Este antiguo paso de elefantes de apenas una docena de kilómetros cuadrados, conocido como Kutupalong, ha mutado para acomodar a más de 600 mil hombres y mujeres que huyeron de Myanmar, reivindicando su derecho a existir.

El otrora paisaje verde está ahora poblado por montañas calvas. Donde había árboles, hay chozas hechas de aluminio, madera y costales.

Hasta agosto pasado, este asentamiento albergaba a alrededor de 200 mil rohingya, la mayoría llegada en los picos de violencia de 1991 y 2012. Hoy, el viejo campo es sólo una de 20 secciones. La gran Kutupalong es una urbe de casi un millón de habitantes, erigida con urgencia entre caminos de barro y pequeñas colinas.

Son las 11 de la mañana. Los 30 grados centígrados no disimulan la marcha amenazante de las nubes. Si la furia del cañón marcó la velocidad a la que creció esta ciudad, la furia de la Tierra marca la velocidad a la que cambia. El monzón atracó hace algunos días y desde entonces vapulea a miles de hogares situados en las laderas. Para ellos no hay tregua, cada lluvia es un aviso. Hombres vestidos con esa prenda ligera llamada longyi y mujeres protegidas por mangas largas y velos absolutos transportan bambú y materiales de construcción a las nuevas colonias, menos vulnerables que las actuales. A su lado, tractores bangladesíes doman a la naturaleza, borrando el bosque y aplanando el terreno. Se vive con prisa porque este sol ardiente descansará en cualquier momento. Son las 12 y el megáfono dice que es hora de rezar.

En la era del cuestionamiento a las organizaciones internacionales, una de sus mejores defensas está aquí. Los rohingya se han encontrado con un incansable apoyo global. Es la cara más noble del internacionalismo. Hay rastros de la solidaridad mundial prácticamente por donde se mire: centros médicos auspiciados por Médicos sin Fronteras, escuelas de Unicef, tiendas del Programa Mundial de Alimentos (WFP, por sus siglas en inglés), personal del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), mantas de distintas organizaciones y banderas cubriendo las paredes de las viviendas. Pero el tamaño del reto minimiza todo esfuerzo. Además, un planeta que gasta 1.7 billones de dólares anuales en artículos de guerra (SIPRI, 2018) y que concentra la mitad de su riqueza en menos de 50 hombres (OXFAM, 2018) siempre puede hacer mucho más.

Es difícil imaginar la vida en Kutupalong sin la asistencia mundial y, para ser justo, también es difícil imaginarla sin el esfuerzo del gobierno bangladesí, que, a pesar de no recibir a sus primos de manera incondicional, contribuye para que este lugar sea vivible y seguro.

Mi sensación es dual. Las moscas, esas embajadoras universales de la insalubridad y el descuido, gobiernan sin piedad, ocupando igual las piernas desnudas de los niños y la frente de las ancianas. Hay una letrina sucia para 20 familias, un precario drenaje y lodo en cada esquina. La estructura habitacional sólo sigue la lógica de la supervivencia: hogar tras hogar, tras mezquita improvisada, tras cerro apaleado, tras letrina comunitaria. Incluso ignorando la insultante privación y el hacinamiento, este sitio es desolador simplemente porque es una gran y cerrada terminal. Para algunos es una terminal vitalicia, un minúsculo país de ciudadanos sin pasaporte y de jóvenes que, por más acuerdos, presiones y compromisos internacionales, probablemente envejecerán en alguno de estos andenes, al oeste o al este de la frontera.

Pero entre el caos y el cruel sinsentido, Kutupalong confirma que los seres humanos son capaces de progresar aun en los ambientes más hostiles. Esta tragedia no ha quebrado la determinación humana de vivir mejor que ayer.

Aquellos que hace algunos meses repelían balas han creado una economía local que contiene peluquerías, cafés rudimentarios, pequeños mercados y esquemas de trueque de alimentos. A la tenacidad de este grupo de refugiados se suman tanto los insumos provistos por la ayuda internacional como una población local abierta al intercambio. La ecuación está completa. Poco importan los límites y las restricciones oficiales cuando hay necesidades que cubrir y estómagos que llenar.

Decenas de auto-rickshaws (moto taxis) recorren los caminos de tierra como si existieran desde hace siglos. Las tiendas venden cigarros y los clientes los fuman sentados en bancas de madera. Toman té dulce y mascan su agobio con paan (hojas de betel). Al costado de la vía principal, la gente se reúne en un mercado que visto de cerca evoca a una realidad menos atroz. No se necesita pasaporte para comprar, vender e innovar. La creatividad que nacionalismos de toda clase se adjudican pertenece en todo caso a la condición humana. Aislados, hacinados, empobrecidos; parece que no hay dictador capaz de frenar las interacciones entre individuos. Es un recordatorio alentador.

Son las cinco de la tarde. Media centena de fieles escucha los versos sagrados. Durante las últimas semanas, el campo ha seguido con solemnidad los rituales de alabanza y hoy que las nubes han pasado de largo no hay motivo para incumplir. Quizá con la colaboración celestial este año será mejor.

Analista de Investigación del International Food Policy Research Institute.

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