Brutalidad policiaca, un problema sistémico en EU

A un año de la muerte de George Floyd a manos de un oficial, que las corporaciones de seguridad estén del lado de las comunidades que sirven es un pendiente en EU

Brutalidad policiaca, un problema sistémico en EU
Foto: AFP
Mundo 25/05/2021 02:53 Antonio Rosas-Landa Actualizada 05:44
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Chicago, Illinois. – Hoy hace un año que George Floyd, afroamericano de 46 años, fue asesinado por el policía de Minneapolis Derek Chauvin. Floyd fue acusado de usar un billete falso de 20 dólares para pagar una cajetilla de cigarros. Un empleado llamó a la policía y desde ahí todo fue un ejemplo de las malas prácticas policiacas.

George estaba dentro de un auto cuando arribó el primer oficial, Thomas Lane, quien sacó su arma mientras instruía a Floyd salir del vehículo. ¿Por qué fue necesario sacar una pistola ante un reporte de un billete falso? Una vez esposado, Floyd se resistió a subir a una patrulla argumentando ser claustrofóbico. En el jaloneo, cayó al suelo y fue sometido por el oficial Chauvin, quien puso su rodilla en el cuello del detenido por más de nueve minutos. Floyd imploró que no podía respirar más de veinte veces, pero nada cambió el comportamiento del policía. Luego de seis minutos de asfixia, cayó inconsciente y, ante la demanda de una multitud que documentaba los hechos con sus celulares, otro oficial le tomó el pulso a George y descubrió que estaba muerto.

La historia de este afroamericano estaría perdida en un mar de eventos similares si no fuera por los ciudadanos que documentaron el crimen. Luego vinieron los registros policiacos, el material de las cámaras corporales de los oficiales, los testimonios y la declaratoria del forense que dictaminó la muerte de Floyd como homicidio. Los hechos dieron lugar a las protestas por los derechos civiles más importantes en las últimas décadas.

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Según un reporte de la cadena NBC, a pesar de que los afroamericanos representan sólo 13% de la población, resultan ser el 33%de las muertes en tiroteos perpetrados por policías. Esta cifra desproporcionada es contradictoria con el hecho de que más del 60% de estas víctimas no portaban armas.

Las corporaciones policiacas repudian la rendición de cuentas, pues no existe un mecanismo nacional que les obligue llevar un registro de las personas abatidas por sus oficiales que incluya la raza de las víctimas. Sólo hay un conteo aproximado del diario The Washington Post, y otro del portal en contra de la brutalidad policiaca Mapping Police Violence. En un país de abundantes recursos, los uniformadosoperan con opacidad y virtual impunidad cuando su desempeño cuesta vidas. Según las fuentes citadas, de las mil muertes de personas en incidentes violentos con policías que ocurren anualmente en este país, sólo 1% de los oficiales involucrados enfrentan cargos criminales.

Génesis y cenit de Black Lives Matter

Las comunidades minoritarias conocen bien el abuso policiaco. La gente quizá ignore las estadísticas, pero sí sabe las historias recurrentes de abuso y violencia de parte de quienes se supone deben protegerlos. Esta semilla de encono y las imágenes de un George Floyd torturado y asesinado impulsaronel movimiento Black Lives Matter (BLM).

Cientos de miles de personas salieron a las calles para exigir un alto a la brutalidad policiaca. La novedad fue que entre las multitudes había una gran diversidad racial. Un problema que afecta desproporcionadamente a los afroamericanos se convirtió en una causa adoptada por el público general. Una encuesta del diario USA Today encontró que, en junio de 2020, lo más alto de las protestas, 60% de los consultados apoyaban a BLM, mientras que sólo 56% daba su confianza a la policía.

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Pero luego vinieron los disturbios, los saqueos en las zonas comerciales, las imágenes de gente prendiendo fuego a negocios pequeños, de por sí moribundos por los cierres que forzó la pandemia, ahora rematados por la destrucción de manifestantes radicales. Las clases medias empáticas con el asesinato de Floyd reaccionaron atemorizadas. A los ricos les gustó menos. Los robos y la violencia ocurrieron debajo de sus departamentos de lujo en Nueva York, Chicago, o cerca de sus mansiones en California. La opinión pública daría un vuelco. Para marzo de 2021, sólo el 50% de los estadounidenses confiaba en BLM, mientras que el apoyo a los uniformados subió al 69%.

Un problema, dos visiones enfrentadas

Las condiciones de vida, la ideología y la preferencia política conllevan un sesgo en la opinión de los estadounidenses sobre la brutalidad policiaca. Según el Pew Research Center, 75% de los blancos creen que los oficiales usan la fuerza necesaria, mientras que sólo 33% de los negros piensa lo mismo.

En un ambiente de ultrapolarización política, los republicanos defienden el discurso de “ley y orden” y, por tanto, defienden a los cuerpos policiacos y a su movimiento Blue Lives Matter (las Vidas de los Policías Importan). Sus feligreses, usan como estandarte una bandera estadounidense modificada con franjas blancas, negras y una azul. La línea azul representa a los oficiales del orden como elemento que separa a una sociedad civilizada de la anarquía y el caos.

Aquí podemos reconocer cómo un movimiento social con causas justas se autoinfligió un daño con los saqueos y disturbios del verano pasado, al tiempo que movilizó a sus enemigos.

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Un estudio de la Universidad de Maryland concluyó que la criminalidad en los vecindarios minoritarios es menor cuando la diversidad en su policía y gobierno corresponde a la demografía que sirven. Es decir, un oficial que luce como los residentes que sirve, entiende sus problemáticas y propicia una mejor relación y confianza mutua.

Sin embargo, según el diario The Washington Post, a pesar de que los departamentos de policía han hecho esfuerzos por reclutar minorías, el avance nacional es casi nulo. En 1990, 78.5% de los oficiales eran blancos y 26 años después, en 2016, la cifra sólo bajó al 71.5%. Quizá eso contrasta con algunas policías municipales que sí reflejan mejor la demografía que sirven, pero en todo el país sigue siendo una tarea pendiente.

La percepción social es relevante porque es el combustible para los cambios políticos e institucionales que legisladores estatales y federales deben instrumentar. A mayor respaldo político, es más viable transformar la cultura policiaca, terminar con los pactos de secrecía y hermandad entre sus miembros, prohibir tácticas de sometimiento extremos, como el que mató a Floyd, terminar con las redadas donde los oficiales ingresan a un domicilio sin tocar la puerta, entre otras malas prácticas.

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El proyecto legislativo conocido como “Ley George Floyd”, aprobado en la Cámara de Representantes, incluye algunos de los cambios mencionados. El reto es que el Senado corrobore su aprobación para que se convierta en ley. Por su parte, algunos estados de la Unión han realizado amplias reformas que exigen mayor transparencia a las agencias del orden e imponen prácticas que eviten más abusos. Algunos ejemplos son las leyes aprobadas en Minnesota e Illinois.

El Departamento de Justicia de la administración de Joe Biden también está contribuyendo a terminar con las protecciones que conllevan impunidad para los malos uniformados. Recientemente, lanzaron investigaciones sobre organizaciones del orden acusadas de violaciones constitucionales sistemáticas en Minneapolis, Louisville y Kentucky.

Nadie por encima de la ley

Con frecuencia se acusa a los oficiales de ser racistas. En algunos casos puede ser cierto, pero la falla estructural en estas organizaciones es la excesiva discrecionalidad y falta de transparencia con la que actúan, pecados que derivan en un sentimiento de privilegio e impunidad. Si se logra un sistema que castigue el abuso de autoridad, las motivaciones de la brutalidad policiaca pasan a segundo plano pues nadie, ni los guardianes del orden, estarán por encima de la ley.

El oficial que mató a George Floyd, Derek Chauvin, fue declarado culpable en los tres cargos referentes al asesinato del afroamericano. Se especula que la sentencia será dura y ejemplar.

No obstante, hay que recordar que más que un caso emblemático, la brutalidad policiaca es un problema sistémico. La justicia y los oficiales del orden deben estar del lado de las comunidades que sirven, contar con su confianza y aprecio, no inspirar temor e intimidación. Los cambios van en la ruta correcta, pero aún hay mucho camino por recorrer.

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