Todos los días, Roberto habla con sus plantas; le dicen si les falta agua o fertilizante, si están decaídas o si sus hojas no están sanas... le cuentan sus necesidades.

Decir algo así podría ser un lugar común, si no fuera porque este hombre de 55 años se despierta cada mañana para recorrer los 8 mil metros cuadrados de túneles y naves de invernadero que componen el Campamento de las Flores, una cooperativa que se ha convertido en la principal productora de flor de Nochebuena en el estado.

Asentada en las laderas boscosas de Santa María Jaltianguis, una comunidad zapoteca de la Sierra Norte de Oaxaca, en esta cooperativa están convencidos de que el secreto de su éxito radica en entender el lenguaje de las plantas.

“Las plantas son seres vivos con las mismas necesidades que nosotros: tienen frío, hambre, calor, sed y necesitan cariño. Si les das eso, la planta va a ser feliz”. El que habla es Roberto Morales Hernández, representante legal de la cooperativa y quien recorre todas las mañanas el sitio con la devoción de un médico que visita a sus pacientes.

“Una planta te muestra si tiene algo, ya conocemos cuando está sana o cuando está mal. Eso es lo que hacemos todas las mañanas: recorrer las plantas y preguntarles: ‘Tú, ¿qué necesitas?’, y te van diciendo”.

Lo que narra Roberto se resume en dos palabras: ensayo y error, pues así es como durante 19 años la cooperativa pasó de ser un negocio familiar, que comenzó con la venta de las plantas de la casa materna para subsistir, a una empresa especializada en la comercialización y producción de 150 especies de flores ornamentales y algunos árboles forestales, cuyo producto estrella es la Nochebuena.

Aprovechar la tierra

Antes de que Roberto y su familia decidieran dedicar sus vidas a las plantas y las flores, todos subsistían gracias a vacas lecheras, pues Jaltianguis es famoso por su queso de bolita.

Fue por la pasión de su madre, Sofía Sánchez, la socia fundadora, que se involucraron en el negocio; primero, comprando y revendiendo en la ciudad de Oaxaca y en plazas cercanas, como la de Ixtlán, y luego adentrándose en la producción.

Lourdes López Bautista, esposa de Roberto, cuenta que, tras un año dedicados a revender lo que otros viveros compraban en Puebla y Morelos, fueron los malos tratos y precios elevados los que los hicieron decidirse a aprovechar el bosque a su alrededor y sus tierras para sembrar sus propias plantas.

La sierra donde nace la Nochebuena
La sierra donde nace la Nochebuena

Lo que siguió fue un camino de búsqueda, de abrir espacios, de hallar la forma de hacer las cosas, así que cuando lograron establecer el negocio familiar se lanzaron a la caza de más socios entre su familia.

Actualmente, la cooperativa genera 16 empleos entre hijos y nietos e, incluso, con jóvenes de la comunidad, a quienes se les paga un salario justo, así como aguinaldos y utilidades.

Cosechar el agua

El Miércoles Santo de 2008, Roberto Morales y su familia habían decidido que dejarían morir una parte de sus plantas para que otras sobrevivieran. No tenían agua. La única salvación era el agua de lluvia, por lo que con pico y pala cavaron una poza para recolectar el líquido en caso de que lloviera. Aquel día, en la sierra diluvió y Roberto entendió lo que tenían que hacer.

Pasados 12 años, el Campamento de las Flores tiene como meta vivir sólo con agua de lluvia, por lo que cuenta con 17 ollas de captación. La más grande tiene capacidad para almacenar un millón 300 mil litros.

Durante estos años han ido perfeccionando la técnica, por lo que las ollas pueden estar enterradas en el suelo, con plástico o cemento, o estar elevadas, y fabricadas de geomembrana.

“Es una de las prioridades cosechar el agua, con eso vamos a crecer mucho más, pues ya no tenemos limitantes. Ya tenemos una capacidad de 75% de vivir sólo de lluvia. Ahora ninguna planta de aquí es comprada en Puebla o Morelos, nos surten insumos, fertilizantes, material vegetativo, como semillas o plántulas, pero ya todo el proceso lo llevamos nosotros y todo se riega con agua de lluvia”.

Roberto agrega que trabajan con un modelo de producción estacional, por lo que, así como ahora, en invierno comercializan Nochebuena y van rotando la especie a lo largo del año.

Así, en primavera el campamento se viste de geranios multicolores; en verano, son begonias, y en otoño reinan las prímulas; las rosas y las petunias se producen todo el año, pero sus fechas de mayor demanda son el 14 de febrero y el 10 de mayo.

Artículos de primera necesidad

En el campamento se preparaban para comenzar a mover su producción para el Día de las Madres, cuando la pandemia alcanzó al territorio oaxaqueño.

Como consecuencia, Santa María Jaltianguis decidió encerrarse bajo llave, literalmente, como lo hicieron muchas comunidades para evitar la llegada del virus. El portón de acceso se cerró y, desde entonces, sólo se permite la entrada tres días a la semana y siempre con una constancia que respalde que son oriundos de la región.

La estrategia funcionó y, hasta ahora, nueve meses después, no hay registro de un solo caso de Covid-19 en el municipio; sin embargo, los socios del Campamento de las Flores perdieron 50% de su producción.

“Tuvimos que encontrar la forma de comenzar a vender por redes sociales y contactamos a nuestros clientes, porque antes vendíamos directamente en los tianguis. Generamos nuestra página y un catálogo, adquirimos otro vehículo para distribuir y ahora entregamos directo a los viveros”.

Roberto agrega que con la Nochebuena no podían volver a perder la mitad de la cosecha.

De acuerdo con datos de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader), la pandemia desplomó 16% la producción de esta flor, pues en comparación con los 19.1 millones de 2019, este año se produjeron 16.2 millones de plantas. De ese total, 40.3% proviene de Morelos; 16.3%, de Puebla; 10.5%, de Jalisco; 5.3%, del Estado de México; 5.1%, de Michoacán, y 0.1%, de Oaxaca.

Roberto y sus socios están convencidos de que ese porcentaje es su producción, pues no hay otro vivero en el estado con mayor volumen, y porque este 2020 los seis socios lograron colocar 50 mil plantas pese a los estragos de la pandemia.

“Algo que nos llena de orgullo es que no tuvimos que irnos de la comunidad para crecer. Nos gusta lo que hacemos, están cubiertas nuestras necesidades y generamos empleos. Este lugar está bendecido, nos da todo”.

Roberto asegura que ante la violencia y el estrés que ha dejado la pandemia, las plantas se han convertido en un artículo de primera necesidad.

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