De viva voz y en vísperas de su viaje a Cartagena de Indias, Enrique Peña Nieto reanimó la confusión entre corrección política y el lenguaje carpero, para delicias de quienes reclaman la renuncia inmediata del Presidente de la República y al mismo tiempo buscan fortalecer a la figura presidencial cuyo mítico poder omnímodo condujo al vuelco finisecular y el arribo inesperado del sufragio efectivo. En reunión con los distinguidos representantes de la oligarquía, en charla opuesta a la retórica ciceroniana, diría que ningún presidente se levanta con el ánimo de “joder a México”.

Se equivocó. Desde luego que tropezó con el ánimo defensivo que invadió a la Presidencia a partir del desencuentro en la Iberoamericana, los descuidos y dislates en las respuestas a destiempo a las acusaciones desatadas por la inexplicable adquisición de la casa blanca, con letras minúsculas y a la vez con mayúsculas consecuencias. Desde luego, en el pantano de la lerda reacción del poder central ante el crimen de Ayotzinapa y las condenas al Estado y al Presidente que habría de confesar el desasosiego al escuchar que lo reciben en el mundo entero con voces de “asesino”. Lo del verbo no es cuestión semiótica. En política las palabras tienen el significado que les da el pueblo, los mexicanos del común, “la gente”, dicen hoy los herederos de los herederos.

Ahí quedó el eco infinito de las redes sociales, de las cañerías por las que corren las aguas negras de la política en voces anónimas que se declaran portadoras de la verdad. Para quienes pesa la memoria de la palabra escrita, tanto o más que las pronunciadas con prisa, aunque sean elegantes expresiones literarias en busca de la realidad política. Imposible olvidar que el gran escritor Mario Vargas Llosa calificó al México del priato como la “dictadura perfecta”. Con motivos del Día de Muertos ayer hubo gran desfile a lo largo del Paseo de la Reforma. Las catrinas se han impuesto al recuerdo de Posada y las velas de las noches de Pátzcuaro no iluminarán Conversaciones en la Catedral. Tiempo en el que podríamos rendir homenaje a Vargas Llosa y emular la pregunta de su inolvidable personaje: “¿Cuándo se jodió el Perú?”.

Queda poco tiempo. El mandato de Enrique Peña Nieto es por seis años, sin posibilidad alguna de reelección. Ni un minuto más. Hace un cuarto de siglo que “la dictadura perfecta” concluyó con la transición pacífica del poder, elecciones en las que los votos se contaron y contaron. Ernesto Zedillo tomó sana distancia y se fue del país. Los tecnócratas que habían tomado por asalto al PRI y echado a los nostálgicos del nacionalismo revolucionario toparon con el desconcierto de la política en moderna torre de Babel; y políticos en la orfandad, quienes según Diódoro Carrasco, en lugar de buscar la unidad “convierte(n) al partido en una diáspora”. Ex gobernador de Oaxaca, Carrasco Altamirano es secretario de Gobierno de Rafael Moreno Valle en Puebla. No milita en el PAN, pero fue al Congreso “con el PAN como diputado externo”.

Y ahora está ante nueva diáspora en el sistema plural de partidos, con el PAN en pleno combate intestino por el control que ponga al alcance del vencedor el poder constituido al que sus fundadores se comprometieron alcanzar exclusivamente por la vía legal. Dos mandatos sexenales no bastan para satisfacer las ambiciones personales y el apetito por el dinero. El horizonte panista está al alcance de la mano, de la ambición del encumbrado a la antigüita por decisión del líder en turno, y dispone del generoso financiamiento del erario, dinero abundante del Estado laico que se proponen desaparecer. Ricardo Anaya, el joven maravilla, dicen los sicofantes, combate en las pantallas del ágora electrónica. No es el joven Macabeo y su partido gobierna once entidades de la República: cada una con un jefe político con recursos económicos y mediáticos a su disposición.

Once apóstoles que podrían dar testimonio de la labor de zapa de gobernadores del PRI unidos para asegurar la derrota de Roberto Madrazo; y vieron la otra cara de la moneda en la coalición de gobernadores del PRI que hicieron candidato a Peña Nieto en las elecciones de 2012. Francisco Domínguez, de Querétaro, proclama el poder de decisión ante las pretensiones de quienes piden la renuncia de Ricardo Anaya y anticipan la candidatura de Margarita Zavala: “Lo que no se han dado cuenta es que hoy somos 11 gobernadores y los 11 creo que vamos a dar el giro para ver quién será el candidato o candidata”.

Valga el giro foxiano. Pero también los externos, los que fueron candidatos del PAN sin ser militantes, tienen asiento en la mesa de los once apóstoles. Con aires de viejo priísmo, Carlos Joaquín González, gobernador de Quintana Roo, afirma: “la unidad es fundamental, cualquier división va a afectar de manera directa al partido”. Y Miguel Ángel Yunes, gobernador electo de Veracruz, por un año once meses, recuerda el valor del unto de la expectativa: “esto hace que se generen comentarios, nombres, y eso es parte del juego democrático”. Unidad y optimistas expectativas de ganar las elecciones presidenciales. Tanto que Miguel Márquez, de Guanajuato, dice que no son tiempos de “hablar de campañas o precampañas”.

La izquierda se desmoronó. Y no fue el pacto con el gobierno priísta, sino el control de quienes hacen política para hacer dinero. El PRD quedó en manos de quien dispone del poder y dinero necesarios. Miguel Ángel Mancera tomó posesión del partido y ya es candidato, tope donde tope con la realidad. Terca realidad que no tolera despropósitos como la aparición de Marcelo Ebrard en el papel de activista voluntario de Hillary Clinton, al otro lado del muro de Andrés Manuel López Obrador, quien no tolera contradicción alguna. Morena no participará en las elecciones municipales de Zacatecas, sentenció; y quien se registre, que vaya buscando acomodo, pero no seguirá participando en Morena porque “no queremos traidores ni corruptos en el partido”.

Alguien debiera analizar los motivos de la ira, el disgusto, la furia de los seguidores de Donald Trump. Racismo, intolerancia y odio a la otredad aparte, la desconfianza en el poder establecido, en la política y los políticos, es algo más que rechazo antisistémico. La concentración de la riqueza y la multiplicación de la pobreza; el desempleo endémico y la economía empantanada, siempre estable al borde de la recesión, son motivos más que suficientes para combatir a los de arriba. En la revolución tecnológica de la era, cada avance es a costa del empleo digno y el salario. Sume a la incongruencia que en cada elección democrática la derecha se alza con la victoria.

Se agota el plazo y no únicamente el del cambio en Educación y en Pemex. Peña Nieto participa activamente en la política exterior y ya inaugura obras de infraestructura de su sexenio. Por baja que sea su aceptación, hace bien en no esperar que aquí maduren las viñas de la ira. En el lodazal poco sirven los baños de pureza en un desalentado PRI.

“Ahora o nunca, señor presidente”, diría Guillermo Prieto. Si no queremos llegar a decir que ahora es cuando se jodió México.

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