Del viejito al joven político

Agustín Basave

Ruiz Cortines fue un presidente atípico en el México posrevolucionario: no se enriqueció en el ejercicio del poder

Recibí la distinción de Juan José Rodríguez Prats, uno de los pocos políticos estudiosos mexicanos, de participar el jueves pasado en la presentación de dos de sus libros. Se trata de la cuarta edición de El poder presidencial, su biografía de Adolfo Ruiz Cortines, y de un nuevo opúsculo, Cartas a un joven político, ambos publicados por Miguel Ángel Porrúa. Si bien son obras disímbolas y aparentemente inconexas, veo entre ellas un vaso comunicante: la ética en el servicio público. Me explico.

Ruiz Cortines fue un presidente atípico en el México posrevolucionario: no se enriqueció en el ejercicio del poder. Autodidacta, respetuoso de las formas, pulcro en el vestir, el decir y el hacer, “el viejito”, como le apodaban subrepticiamente, dio origen a un anecdotario proverbial. En un sentido encarnó el híper presidencialismo de su época y en otro abrió un paréntesis en aquella línea cuasi imperial de jefes del Ejecutivo: fue un gobernante autoritario que despreció la democracia pero también un estadista conciliador y prudente, un republicano austero y responsable que practicó la autocontención. Quizá su mayor cualidad fue la del descifrador del alma humana. Manejó hábilmente los resabios caciquiles de la Revolución porque fue un gran conocedor de las debilidades de los hombres fuertes.

Rodríguez Prats nos invita en El poder presidencial a un recorrido agitado, nunca lineal, de la vida de don Adolfo. Y es que leer o escuchar a Juan José es como arrojarse al río Grijalva para ser arrastrado de un lado a otro, en un trayecto impredecible. En su papel de biógrafo y movido por una ostensible admiración por su biografiado, es benévolo con sus sombras pero implacablemente perspicaz ante sus luces. Nos muestra al contador privado y al hombre público, a una persona alternativamente omnipotente y desamparada. Nos descubre la transformación de un burócrata -casi diría un pionero de la tecnocracia- en un astuto y sagaz ajedrecista del poder. En pinceladas de tonalidades poéticas, nos ofrece un retrato conmovedor del presidente que se negó a ser como los demás. La austeridad del funcionario y la solitaria precariedad del anciano frete a la muerte invocan un inevitable contraste de ese pasado con este presente. No puedo eludir una conclusión: pobre PRI, tan lejos de Ruiz Cortines y tan cerca de Peña Nieto.

He aquí la conexión con el otro libro de Rodríguez Prats: en sus Cartas ofrece consejos con ecos ruizcortinistas. Pide al joven político preparación, sensibilidad y, sobre todo, rectitud. Hay, desde luego, un toque personal: como historiador nato y tribuno de fuste que es, Juan José destaca la importancia de la historia y la oratoria, el conocimiento y la habilidad que lo han hecho brillar en su carrera. Por lo demás, leo entre las líneas de este manual propedéutico una lección fundamental: la interpretación correcta de Maquiavelo, quien jamás aconsejó al príncipe el pragmatismo egoísta. Porque el florentino, contra lo que quisieran los corruptos contemporáneos, postuló la razón de Estado en razón del Estado, no como justificación de pillerías y saqueos en beneficio propio y en perjuicio de la cosa pública.

Un presentador de libros que se precie de serlo tiene que sugerir adiciones para la siguiente edición. A los textos de escritores mexicanos que recomienda esta cartilla moral epistolar yo agregaría la Historia de la Revolución de Nueva España y el “discurso de las profecías” de Fray Servando Teresa de Mier, así como Los grandes problemas nacionales de Andrés Molina Enríquez. Acaso también dedicaría algunas páginas a discutir la compatibilización de la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad weberianas. Pero no más. Así como está, breve y buena, Cartas a un joven político constituye una espléndida brújula para los muchachos que acometan la osadía de pasar del enojo y la crítica a la acción depuradora en la política.

Escribir con autoridad moral es privilegio de unos cuantos. Juan José Rodríguez Prats es parte de esa pequeña minoría porque es un hombre honesto, porque ha sido un parlamentario talentoso y un funcionario probo que ha luchado por el bien de México más allá de filiaciones partidarias. La suya es una personalidad apasionada y controversial, la de esas aves de tempestades que hoy nos hacen falta para sacudirnos el marasmo conformista que nos sofoca. Bienvenida sea su vehemencia, y bienvenidas sean sus dos obras, que enriquecen la bibliografía en torno a la historia y al servicio público mexicano.

Político de salida y académico a punto del retorno. @abasave

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