Odiar a las piedras

Jean Meyer

El Califato, que algunos prefieren llamar ISIS —una ofensa a esa antigua divinidad— ocupa ya un territorio del tamaño de Francia. Si bien es desértico en gran parte, es rico en tesoros arqueológicos y arquitectónicos que van del tercer milenio antes de Cristo hasta nuestros días. En el norte de Irak, después del museo y de la biblioteca de Mosul (26 de febrero de 2015), destruyeron con bulldozer los vestigios de Nimrud, la antigua capital asiria, situada a 34 kilómetros de Mosul y presumieron de su hazaña videograbada (5 de marzo). Así repetían en grande lo que habían hecho los talibanes afganos al destruir los Budhas gigantes: borrar toda prueba de civilización, cultura, religión anterior al Islam. Irina Bokova, directora general de la UNESCO presentó en seguida una denuncia al Consejo de Seguridad de la ONU: “No podemos callar. La destrucción deliberada del patrimonio cultural es un crimen de guerra”.

A los del Califato eso les hace lo que el viento a Juárez y combinan el vandalismo con el fructuoso negocio del tráfico de antigüedades: en Mari, antiquísima ciudad de Mesopotamia, al lado del Éufrates en Siria, organizaron el saqueo en grande y se quedaron con el quinto del botín. Si el petróleo representa la primera entrada financiera del Califato, el tráfico de antigüedades es la segunda: 10 mil millones de dólares en 2014. Sus hermanos hacen lo mismo en Libia. Luego de Mosul y Nimrud, empezaron el 7 de marzo a destruir la ciudad parta de Hatra, primer sitio iraquí registrado en 1985 en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Irina Bokova ve en “la destrucción de Hatra un viraje en la espantosa estrategia de limpieza cultural en curso en Irak y en Siria”.

Seis mil años de historia corren un peligro mortal. La antigua Mesopotamia, una de las cunas de la civilización, había sufrido las consecuencias de la guerra de Irak en 2003, con el caos y el saqueo del museo de Bagdad, pero eso no fue nada comparado a las destrucciones de los sitios antiguos más prestigiosos y al saqueo sistemático. Ahora la fabulosa ciudad de Palmira está amenazada. Imaginen la destrucción hoy en día de Teotihuacan, Palenque, Chichen Itza y tendrán una idea de la tragedia. A río revuelto, ganancia de pescadores. Los barbudos no son los únicos culpables y los saqueadores entran con sus excavaciones salvajes en el circuito internacional de la venta ilegal de obras de arte.

Tampoco son los primeros en practicar la “limpieza cultural”. No se trata de minimizar el crimen, sino de recordar que los hombres han sido siempre temibles destructores. Cada “revolución cultural” ha querido “del pasado hacer tábula rasa”, como bien lo dice el canto “La Internacional”. Sin remontar muy lejos, tenemos al conquistador español destructor de “ídolos” y de “templos del demonio”; en la misma época los protestantes en Europa se lanzaban a destruir estatuas y pinturas en todas las iglesias, en nombre de Dios y del segundo mandamiento. Se estima que en Inglaterra, cuando terminó en 1553 esa furia iconoclasta, 90% del arte cristiano había desaparecido. Un siglo más tarde, los puritanos ingleses fueron autorizados por el Parlamento a destruir “todos los monumentos de la superstición y de la idolatría”, a saber las esculturas y los iconos de las iglesias, colegios y demás edificios.

La revolución francesa arrasó todo lo que pudo y el famoso Saint Just, cuando llegó a Estrasburgo, decretó que “todas las estatuas del Templo de la Razón (la maravillosa catedral gótica de piedra rosa) deberán ser destruidas”. Felizmente no tuvo tiempo para hacerlo, pero Nuestra Señora de París perdió sus estatuas. La revolución bolchevique siguió este ejemplo y ¿qué decir de la “revolución cultural” desencadenada por Mao? De cultural no tuvo nada. Fue una operación de “limpieza cultural”, como la que realiza hoy el Califato.

 

Investigador del CIDE
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