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Renunciar

Arnoldo Kraus

Renunciar no es parte del léxico de los que usufructúan el Poder. No puede serlo: dimitir milita contra el corpus de quienes abusan de él

No se requiere ser muy sagaz ni muy listo para entender por qué casi nadie renuncia cuando hay suficientes motivos para hacerlo. Poder, compadrazgos, nula o mínima autocrítica, compromisos con pares y ambiciones desmesuradas son razones que encumbran y borran del lenguaje la palabra renunciar. Una vez que se ha conseguido el puesto, para las personas arropadas por las características previas, dejar el Poder es complejo. ¿Cada cuánto renuncia el Presidente de un país o de una gran compañía?, ¿cada cuánto un político, a pesar de ser señalado por corrupción e impunidad, abandona su puesto?

Renunciar no es parte del léxico de quienes usufructúan el Poder. No puede serlo: dimitir milita contra el corpus de quienes abusan de él. Y no lo es por razones obvias: Renunciar implica dignidad, cordura, escucha, estar en desacuerdo con “sus mismos”, leer la vida, comprometerse con quienes lo requieren. Renunciar no incluye autocrítica y ética, palabras bellas y profundas, distantes del Poder, ajenas a tener conciencia social.

El sainete protagonizado por la FIFA, salpicado de corruptelas, bandidajes y distribución de dinero mal habido, culminó como no debería culminar: Joseph Blatter se reeligió para un quinto mandato. Ni él, ni sus votantes consideraron suficiente razón para dimitir el chiquero revelado dos días antes de la votación en contra de miembros muy cercanos a la organización, acusados de tráfico de influencias y de corrupción. Ni él ni sus pelmazos reaccionaron con una mínima dosis de dignidad: ¿Por qué renunciar si no hay razones para hacerlo?, ¿por qué dejar el Poder si quien sigue robará más?

Sin embargo, como se sabe, cuatro días después de ser reelegido, don Blatter dimitió. No lo hizo por voluntad: The New York Times informó que el (ex) zar del futbol estaba siendo investigado por corrupción —más bien, por ladrón—.

El affaire Blatter me lleva a la situación por la que atraviesa nuestro país. Un sinnúmero de políticos mexicanos, a pesar de las tragedias, sonríen, venden, se venden. ¿Por qué nadie en el gabinete renuncia?, o si me equivoco, ¿cuántos lo han hecho en las últimas décadas?, ¿uno, dos, tres? Me asombro porque nadie, tras suponer que trabajan para servir a “su gente” y que cuentan con estudios universitarios, se ciñe a códigos éticos, y renuncia con tal de no seguir siendo parte de la insanidad moral de sus compañeros de banca y de tanta palabrería vacua.

Matanzas diarias, pobreza abominable, centros de salud insuficientes y con servicios mediocres, vacunas que matan a bebés en condiciones de miseria y ejecuciones disfrazadas de actos legales deberían ser razones suficientes para renunciar e investir su vida de una dosis ética.

Renunciar no significa retirarse ni ceder ni abjurar ni abdicar. Significa mirar y juzgar desde adentro a partir de lo que sucede afuera. Implica honrar y honrarse, señalar lo indeseable y desmarcarse de corruptelas e impunidad. Pocos abjuran de sus puestos, no sólo porque desde el Poder son adoctrinados para no escuchar, no ver y no saber; no dimiten porque el Poder los viste y les da nombre. Sin él, desnudos, sin tener quién avale su nombre y apellido, serían víctimas de sus mentiras, abusos y complicidades.

Aunque renunciar no es un tema que competa a la ética, hay suficientes razones, desde esa disciplina, para repasar la geografía de las personas que no dimiten cuando deberían hacerlo. Así como Blatter nada sabe de sus colegas y súbditos latinoamericanos que se enriquecieron ante sus ojos, ni sospecha sobre la deshonestidad que aupó a Qatar para convertirse en sede del Mundial, en México, nuestros dirigentes siguen, a pesar de la realidad, inamovibles, ciegos, sordos. Nadie es responsable de los niños que murieron en Chiapas tras ser vacunados, de los asesinatos de los jóvenes normalistas de Ayotzinapa, de la reciente nueva reforma sobre la casi virgen pseudo reforma educativa, de la matanza de Tlatlaya o del linchamiento en Tanhuato, ni de un larguísimo y tristísimo etcétera.

Renunciar cuando la podredumbre azoga es un acto ético. No hacerlo responsabiliza: la podredumbre no nace por generación espontánea, nace del ser humano.

 

Notas insomnes. Se vale soñar. Blatter, sofocado, quizás en el umbral de la cárcel (sería maravilloso), “renunció”. Alguno de nuestros dirigentes, acusados o no de corrupción, ¿renunciará?

 

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