Cuando las “lanchas” fueron “peseros”

Mochilazo en el tiempo

A finales de los años 60, surgió en las calles de la ciudad una peculiar forma de transporte colectivo: las famosas “lanchas” también conocidos como “peseros” ya que su tarifa solía ser de un peso de aquellos años. Autos grandes de cuatro puertas hacían de taxis colectivos sobre Reforma.

Texto: Carlos Villasana y Ruth Gómez

Fotografía actual: Iván Stephens

Diseño web: Miguel Ángel Garnica

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Antes de la inauguración del Sistema de Transporte Colectivo Metro y ya con los Juegos Olímpicos de 1968 en puerta, en la capital surgió la llamada “Unión de Taxistas Reforma y Ramales, A.C.”, una organización que tenía la “exclusividad” sobre el servicio de los taxis colectivos denominados “peseros” de la ruta Diana-La Villa, que circulaba sobre el Paseo de la Reforma.

Este medio de transporte era completamente diferente a lo que ahora conocemos como “pesero” o “peseras”, en ese entonces eran vehículos amplios de cuatro puertas de los llamados “lanchas” eran amplios por dentro, de marca Ford o Dodge y con motores V8, es decir, de ocho cilindros. Dentro cabían de siete a 10 personas, y en algunos casos más. Cobraban un peso por viaje, de ahí el mote.

Se originaron por dos motivos relacionados entre sí: los habitantes de la capital empezaron a adquirir automóviles particulares ya fuera por gusto o por necesidad, ya que el transporte público era insuficiente para la ciudad. Por ello, algunos dueños de autos empezaron a brindar el servicio de transporte colectivo alterno al que ya existía, y el gobierno al saberse rebasado por la cantidad de demanda de transporte que había, les otorgó el permiso de hacerlo.

Una vez efectuado el pago de una cuota, los choferes recibían una cartulina con el nombre de la ruta que debía colocarse en el parabrisas y automáticamente ya no era molestado en su recorrido. En aquellos días, la mayoría de los “peseros” daban servicio de terminal a terminal, pero también existían algunos que iban haciendo paradas donde fuese solicitado.

“¡Claro que los recuerdo!, pero poco tiempo después aparecieron las combis. Ahora que lo pienso subirte a los “peseros” originales era como si estuvieras intentando ganar la promoción del auto-sardina; porque ya sabes que en nuestro transporte a pesar de que se diga que máximo caben 7 pues nosotros hacemos que quepan más. Recuerdo que las puertas eran algo pesadas y uno se iba acomodando según donde te ibas a bajar, porque la gente se iba recorriendo para no estorbar”, nos comentó un señor en el paradero del metro Villa de Cortés, de la línea 2 del Metro.

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Una imagen de inicios de los años setenta en la que se aprecia al chófer de un pesero indicando con la mano cuántos asientos disponibles había al bordo de la "lancha". Estos vehículos “colectivos” eran de cuatro puertas con espacio suficiente para siete personas: el chofer con dos acompañantes al frente y cuatro atrás. Colección Villasana - Torres.

De acuerdo con la página oficial de la Secretaría de Movilidad de la Ciudad de México (SEMOVI), los “peseros” empezaron operaciones en 1968 sin un itinerario fijo y al ser un “éxito”, sus servicios “se extendieron hasta conformar 103 rutas y 14 mil 377 unidades”. Por muchos años, las “lanchas” operaron como rutas ajenas al gobierno capitalino, por eso fue tan fácil que aparecieran diferentes organizaciones y que las rutas se multiplicaran a esa magnitud.

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Enormes filas ocupan las aceras del Paseo de la Reforma, a la altura de las oficinas del Seguro Social, en espera de algún medio de transporte que los llevara de regreso a sus hogares, en 1968. Crédito: Col. Villasana - Torres.

Siguiendo la línea cronológica de la historia del transporte público de la cuidad, destacaremos ciertos hechos que influyeron directamente en la desaparición de las “lanchas”. A partir de los años setenta, las autoridades quisieron implementar orden en las rutas de transporte público, por lo que sostuvieron pláticas con todo tipo de organizaciones a las que había autorizado para que fungieran como medio de transporte (oficiales y particulares con permiso) para pedirles que se diera el mantenimiento adecuado a sus unidades.

Como suele pasar, algunas organizaciones acataron las indicaciones del gobierno y otros hicieron caso omiso. Por ello, Octavio Sentíes Gómez, puso en marcha en 1975 las primeras unidades de los camiones conocidos como “delfines”, con capacidad para 70 pasajeros y que serviría como medida para contrarrestar la popularidad de transportes como las “lanchas” y que el ingreso fuese en su mayoría para la capital.

Un año después, se desarrollaron los planes maestros del Metro y el de “Vialidad y el Sistema de Transporte de Superficie” que contemplaba ciertas modificaciones a la traza vial -valga la redundancia- de la ciudad y con ello un cambio en las rutas que seguirían camiones, taxis o carros particulares cuando se diera por terminada la construcción de los Ejes Viales.

La ciudad creció tanto que para 1981 el gobierno del entonces Distrito Federal decidió retirar toda concesión a particulares y creó la Ruta 100. A pesar de que esa iniciativa sigue siendo considerada como la mejor red de transporte público que ha tenido la capital, la corrupción provocó su caída y su desaparición. Sin embargo, las “lanchas” siguieron prestando el servicio de forma paralela a las iniciativas del gobierno hasta que en 1986 las reconocieron e integraron oficialmente como parte de su transporte público.

José Luis Luege, en su artículo “Combis y Ruta 100” explica que el origen de esta modalidad de transporte fue “de forma espontánea, algunos taxis que no estaban autorizados para un transporte colectivo, empezaron a ofrecerlo en determinadas rutas por el costo de un peso (...) En unos cuantos meses y ante la absoluta nulidad de la autoridad, los taxistas se organizaron por rutas de permisionarios y fueron gradualmente cambiando los taxis por vehículos de mayor capacidad que eran las “tipo van”, que en ese entonces en México solo se podía importar legalmente la “combi. En muy pocos años, las combis invadieron el sistema de transporte de superficie en paralelo a la caída en picada de Ruta 100, sin que nadie dijera nada, ni la presidencia de República, ni los Regentes, ni los secretarios responsables del tema. Fue patético ver cómo se perdió un activo importantísimo de la ciudad y en paralelo el surgimiento de un verdadero caos”.

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Imagen publicitaria de 1982 que nos muestra lo sencillo que era acomodar a un grupo de porristas en el amplio espacio interior de una "Combi". Nadie hubiera pensado que este vehículo se transformaría en un hito en el transporte de la ciudad. Colección Villasana – Torres.

Así, las combis se convirtieron en uno de los principales medios de transporte no sólo en la Ciudad de México, sino también en el área conurbada. La distribución de los pasajeros en la parte trasera lo hacía - hasta nuestros días- un transporte incómodo, contaminante y sumamente peligroso, ya que el automóvil no estaba pensando con ese fin. Luege, también explicó que “las rutas de ‘peseros’ se convirtieron en organizaciones de permisionarios que operaban el servicio como verdaderas mafias (...) que manejaban enormes cantidades de dinero en efectivo. A partir de esos años, la corrupción en torno a la SETRAVI, no ha tenido solución.”

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La fila para abordar una "combi-pesera” con dirección a La Villa en el paradero del Metro Chapultepec. A la derecha se ve la gasolinería que está en la esquina de Chapultepec y Veracruz. Colección Villasana - Torres.

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En esta fotografía de 1987 se puede constatar el modo en que cada vez adquiría más presencia el servicio de las “peseras” en lugares donde antes no existían bases establecidas. En la imagen se aprecia una fila en plena calle frente a una tienda Salinas y Rocha. Archivo Fotográfico EL UNIVERSAL.

En los años noventa Manuel Camacho Solís, se propuso eliminar las combis para disminuir el número de vehículos en la ciudad y con ello la contaminación que producían. La solución que decidió tomar fue quitar a las combis y poner camiones con mayor capacidad: las actuales “peseras” o microbuses.

Esta acción no benefició a la ciudad como se esperaba, porque los microbuses tampoco eran automóviles que estaban hechos para fungir como medio de transporte, sino que eran camiones de carga adaptados para el transporte de pasajeros. Por sus dimensiones, los “micros” no pudieron sustituir a todas las combis y ambas unidades terminaron circulando por las calles de la ciudad como transporte público, contaminando y poniendo en riesgo la vida de sus pasajeros de la misma forma que lo hacían desde años atrás.

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Una escena cotidiana que se ha vuelto todo un clásico capitalino. Los ríos de gente que salen del Metro buscando la fila de los microbuses que los llevarán a su destino. En este caso se trata del Paseo de la Reforma a la altura del Metro Hidalgo. Al fondo destaca la torre Prisma en la esquina de la avenida Juárez. Archivo Fotográfico EL UNIVERSAL.

El legado de las “lanchas”

En la actualidad hay varios medios de transporte que se asemejan al funcionamiento de las “lanchas”; sin embargo, los más similares siguen siendo las combis, microbuses y los taxis colectivos. Cada uno de ellos suele indicar cuántos pasajeros más “caben” en el transporte, ya sea de voz del conductor, del “súbale, súbale” o a través del celular.

En el caso de las combis, la información la suele dar el encargado del paradero: con gritos al aire anuncia si hacen falta dos, tres, cinco o diez personas para llenar la unidad. El acomodo es al azar, si eres el primero en subir podrás escoger el lugar donde te sentarás, pero si eres el último tendrás que acomodarte donde haya un asiento libre.

De acuerdo a varios usuarios, las combis se dividen en “viejitas” y  nuevas, es decir, las auténticas combis marca Volkswagen y las que son tipo “van”. En las primeras caben alrededor de 14 personas incluyendo al chofer y en las otras entre 18 o 19, dependiendo lo grande del modelo. Un joven nos dijo que sentía que era un transporte sumamente inseguro, ya que los conductores manejan sin respetar las normas de tránsito y que ninguno de los asientos cuenta con un cinturón o alguna medida de protección en caso de accidentes viales.

“Yo las utilizaba cuando iba al CCH y posteriormente para el trabajo. Era muy incómodo si te tocaba el banquillo en el que sólo va una persona, porque cada que arrancaba o frenaba tenías que agarrarte a veinte uñas o molestar a los de a lado… También era incómodo estar frente a frente de gente que no conocías, y que como todo, algunos se bañaban y olían bien y otros muy mal, o si alguien se quedaba dormido tenías que estar sirviendo de recargadera. Cuando empecé a trabajar, tomaba unas que eran color verde pistache y otras blancas con algún logo que hacía referencia a la base a la que pertenecían. Creo que quizás el servicio era más rápido que el de otros transportes”, dijo María G. mientras esperaba abordar un taxi a las afueras de Metro Villa de Cortés.

La comodidad y seguridad tampoco distingue a los microbuses, que suelen sobrepasar su capacidad máxima de pasajeros. Aunque operan bajo rutas diferentes, ambos tipos de unidades infringen repetitivamente las normas de tránsito, estacionándose en lugares que no están contemplados como sitio y también poniendo en riesgo la seguridad de sus usuarios al cambiar a toda velocidad de carril o al dejar subir a gente para que pida algún tipo de ayuda o propina.

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Peseras y microbuses dominan el paisaje urbano de las calles aledañas a la estación del Metro Cuatro Caminos con rutas y ramales que parten hacia todas partes de la capital, incluyendo el Estado de México. Al fondo sobresale el Toreo de Cuatro Caminos que hoy ya no existe.  Archivo Fotográfico EL UNIVERSAL.

Se podría considerar que los taxis colectivos son los “descendientes” directos de las “lanchas”, ya que son automóviles los que prestan el servicio, ya sea que sean taxis registrados ante la Secretaría de Movilidad de la Ciudad de México, taxis “pirata” o automóviles particulares.

Los podemos encontrar por todos los rumbos de la capital bajo diversos nombres, que va desde el simple “taxis colectivos”, “taxis de la muerte” o el mote distintivo de algún servicio compartido de aplicaciones móviles. Los primeros dos tienen una tarifa por persona y un destino fijo, es decir, no importa el kilometraje que recorras, el servicio cuesta un monto determinado. Mientras tanto, el último se maneja calculando distancias, si bien es más económico que un taxi personal, el tiempo de llegada al destino es variable, podrían ser minutos u horas.

Al igual que las otras dos unidades de transporte, algunos de estos taxis (principalmente los llamados “taxis de la muerte”) también son peligrosos para los usuarios, ya que los conductores suelen tomar atajos rebasando sin precaución a otros automóviles. En las inmediaciones del Metro Tacubaya le preguntamos a un joven si alguna vez había hecho uso de ellos: “cuando trabajaba en Santa Fe sí, en ese tiempo era como $20 o $25 pesos por persona. Yo me quedaba dormido porque algunos manejaban tan feo que pensaba que si algo malo iba a pasar, ¡que me pasara durmiendo!”, dijo entre risas.

Fotografía antigua: Colección Villasana-Torres.

Fuentes: Página web oficial de la Secretaría de Movilidad de la Ciudad de México. Artículos “Combis y Ruta 100” (parte I y II) de José Luis Luege, EL UNIVERSAL.

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