Ponte Yolo

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Enfermo de violencia

19/06/2017
14:12
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Es curioso porque cuando cruzo el umbral de la puerta no hay nada más que la cocina, es lo que está iluminado por la luz, ¿no? A mi alrededor, oculta en las habitaciones, hay gente que duerme. Me pongo sobre la barra y encuentro un vaso de refresco. Lo tomo y bebo. Aquí, conmigo, está mi cuerpo. Las piernas con las que nací, la voz grave que me tocó, y el sentimiento en el pecho que tiene mi madre. Feminidad, entre otras cosas. Son rasgos de mi personalidad, se acumulan dentro de mí.
 
No son de hombres.
 
En otro lado de la ciudad, hay alguien diferente a mí, ¿o igual a mí?
 
Tú. Saliste del portal y te encontraste con el mundo. Fuiste uno de los millones de nacimientos que ocurrieron aquí. Los doctores tomaron tu cuerpo y te dieron la etiqueta divina: hombre. O por lo menos, la etiqueta de que obedeces a ese grupo que por delante tiene la ventaja, homo sapiens. Desde ese momento se te entrena para tener los objetivos claros: la superación personal, la caza reproductiva (entre más abundante mejor) y la violencia como un instrumento que perdurará en tu vida. Hace algunas mañanas cumpliste 18 y saliste al mundo con casi todo lo tuyo completo.
 
Avanzas por la vida y te encuentras en el transporte público. Abres las piernas de par a par porque sientes que tus testículos necesitan ese espacio (no los apretarás más porque parecerán pequeños). Otros hombres lo hacen en el transporte, mientras las mujeres que ves alrededor permanecen con las piernas cerradas: así debe ser, así les enseñaron, así tiene que ser. Recuerdas una maestra en la secundaria que gritó “Niña, cierra las piernas, que desde aquí se ve todo”. Te sientes feliz porque tus pantalones muestran un bulto que ellas pueden ver, tienes una erección y sin que nadie te vea rozas con la mano. El tren se llena, parece que todos están distraídos,  sacas el tronco y lo mueves por debajo de tu mochila. Al frente hay una chica que se sumerge en el sonido de sus audífonos, la miras y cuando ella enfoca la vista hacia ti le mandas un beso, que se dé cuenta que el asunto es con ella. Estás apunto de eyacular y ella se horroriza por lo que estás haciendo. Te levantas del metro y antes de armar un despapaye huyes. Ella te grita tras las puertas, pero la ignoras.
 
Es ahí donde yo te conozco, fugazmente. No puedo entrar al metro, pero te veo salir y en una observación rápida detecto que tienes el pene fuera. Te parece gracioso, lo agitas un poco y lo metes, “pinches viejas, no aguantan nada”. Intento darte una sonrisa sarcástica que se transforma en asco. Te das cuenta, me preguntas si me estoy burlando de ti y alzas la barbilla como lo han hecho otros hombres frente a mí. El macho defendiendo su territorio y yo, un pecho con miedo y adrenalina. Yo no quiero pelear, yo no defiendo territorio, yo no te entiendo. Me gritas y te rebaso por la izquierda. Me escupes tu victoria: “Pinche mariconcito puto”. Para mí no es nuevo, es el lenguaje que los hombres tenemos.
 
Esperas otro metro. Yo estoy del otro lado del andén, donde se juntan los “putos”, donde ocurre todo lo secreto. Me miras rápido y te quedas pensando al vacío. Estás en otro tiempo, en otro andén, en otra estación, y recuerdas que más allá del asco, tu sexualidad floreció. Acá, en el presente, hay un hombre que es atractivo; te mira y sonríe.
 
No me quedo a ver la historia porque llega el tren. Subes la escalera y pasas al andén que estaba enfrente de ti, a echarle pleito al puto que te vio y te tiró el perro. Subo al vagón y encuentro el acceso a la ventana de la puerta. Veo cómo le gritas, cómo él intenta mantener la calma y cómo lo tomas del brazo antes de que la velocidad del metro capture la imagen que formas con él y la haga añicos.
 
Queda en mí la fotografía de cómo somos los hombres.  “Es instintivo, lo somos por naturaleza”, me resuena la voz de un amigo en la cabeza. Y con ánimos de instinto, de espíritu y de biología pienso en la revelación de mi vida. Cuando un prisma se activó y las puertas se abrieron para vivir como todos, como cualquiera, como ninguno, como yo, al infinito.
 
Soy libre, amigo.
 


Frida Sánchez. UNAM, Facultad de Estudios Superiores Aragón. @frida_san24 
Miguel Ángel Teposteco. (UNAM, FCPyS). Apóstol friki. Colaborador en Vice México, Confabulario y Viceversa Magazine (Nueva York). @Ciudadelblues
Emprendimiento, amor, trámites útiles. Historias sencillas para situaciones difíciles

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