Así somos

Sara Sefchovich

En mi artículo de la semana pasada, afirmé, entre otras cosas, que con la delincuencia no se puede y no se va a poder hacer nada. Por mejores planes que se tengan y acciones que se tomen, no sólo va a seguir sino que va a crecer.

Algunos lectores se enojaron por lo que consideran mi falta de confianza en las promesas y los esfuerzos del gobierno.

Pero debo aclararles que no soy yo la que así piensa. Que eso lo cree y lo ha dicho nada menos que el presidente de la República.

En efecto, en su propuesta para elaborar una Constitución moral, Andrés Manuel López Obrador da como razón para mandarla a hacer, que hace falta un documento “para enseñarnos a los mexicanos a ser honestos, a no ser corruptos, a convivir pacífica y hasta amorosamente”.

Es decir, que según él, los mexicanos no sabemos esas cosas y hay que enseñárnoslas.

Y tiene razón.

Lo vemos todos los días: los delincuentes no están solos ni actúan en el vacío sino que son apoyados por los habitantes de los lugares donde viven. Comunidades enteras, familias con todo y la abuelita y los niños, apedrean al ejército, linchan a los policías, impiden la entrada de las fuerzas de seguridad, esconden a los criminales y les ayudan a escapar.

En una de sus conferencias matutinas, el Primer Mandatario lo dijo: “Existen personas que protegen a grupos de delincuentes”. Luego aclaró: “No todos los pueblos, no toda la gente, pero hay comunidades que sí”. Comunidades dijo el presidente. No habló de individuos aislados sino de comunidades enteras.

Tlahuelilpan es un ejemplo de ello: apenas hubo posibilidad de robar un poco de gasolina, todo mundo corrió para allá. Luego el presidente municipal quiso negarlo y dijo que quienes lo habían hecho no eran gente de allí, sino personas venidas de fuera. Pero los muertos, con excepción de uno, eran todos habitantes del lugar y sus familias siguen allí. Lo mismo sucede donde atracan trenes, donde secuestran y extorsionan.

Según López Obrador, la delincuencia consigue ese apoyo porque “reparte despensas y dinero”. Pero todos sabemos que se trata de beneficios mucho más grandes: son televisores, ropa, autos, casas y, en efecto, billetes, pero muchos para un mejor nivel de vida. Los tiempos de conformarse con la torta y el refresco, con el crédito de unos cuántos pesos en una tarjeta, ya quedaron atrás. Por eso, aunque el presidente les dice (y ellos lo saben bien) que eso “no es correcto, no es adecuado, no es legal, no es digno”, de todos modos lo hacen.

Y no son los únicos. Hay otros grupos que sin ser delincuentes están haciendo lo que no es correcto ni adecuado. Por ejemplo dueños de predios forestales que han comenzado a talar árboles y abandonar los cultivos porque les resulta más beneficioso integrarse a los programas de bienestar, personas que solicitan los apoyos en efectivo que da el gobierno aunque tengan empleo o no sean madres solteras, habitantes de lugares que deciden no pagar servicios como predial, agua y luz y hasta legisladores que pretenden cambiar la ley para hacerse de propiedades o no pagar el alquiler de sus casas.

Andrés Manuel afirma que el pueblo es bueno. No se cómo se mide esto. Pero sí sé que ser bueno no puede significar preferir la pobreza que el dinero y los objetos que hacen mejor la vida, así sean obtenidos a través de la delincuencia. Y esto lo sabe bien el presidente, pero de todos modos quiere convencerlos de cambiar, de conformarse con menos en aras de ciertos valores. Pero no va a ser así, porque este no es un problema a solucionar sino una condición humana, ya que todos queremos vivir mejor.

¿Y por qué no?

Solo que para eso se necesita dinero, así que hay que obtenerlo a toda costa y como se pueda.

Que me perdonen mis lectores por decir esto y no un discurso optimista como me han pedido algunos, porque no encuentro cómo sustentarlo en la realidad.


Escritora e investigadora en la UNAM

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