La Ciudad de México nació por y con el agua. Triste paradoja que sus habitantes vivamos hoy su escasez recurrrente, que el problema se profundice cada década: de acuerdo al Banco Mundial, los acuíferos de nuestra ciudad terminarán por agotarse si no encontramos una solución a más tardar en 40 años

Porque estamos abocados a construir esa solución hídrica seria que urge, un grupo de compañeros de Movimiento Ciudadano en la Ciudad de México fuimos a visitar el Sistema Cutzamala, que abastece a 12 alcaldías y representa 29 por ciento del agua que consumimos. Creado en 1976, este sistema de presas –el más grande de nuestro país y uno de los más grandes del mundo– libra una pendiente de más de mil 100 metros de altura para traer agua desde su origen en Michoacán a una ciudad que está a más de 2 mil 200.

Visitamos Aporo y Ciudad Hidalgo, donde se ubican las presas fuente. Ahí se vive un momento muy complejo: el nivel de agua es el menor en los últimos 30 años dado que, a causa del cambio climático, llueve poco; los incendios forestales no controlados han incrementado y, aunados a la deforestación, dañan los montes boscosos, la hojarasca, las capas de humedad, la circulación. Todo esto hace que potabilizar y bombear el agua requiera de mucha energía y, por tanto, de mucho dinero.

La infraestructura del Cutzamala es vieja –cuenta más de tres décadas– y no ha recibido la inversión que requiere. Cada año por estas fechas se anuncian obras de mantenimiento, pero éstas no son sino cosméticas, suficientes para que los trabajos no paren, pero no para garantizar el futuro hídrico. El problema incluye atender la infraestructura, pero no se agota en ello: supone también crear un sistema de pagos por servicios ambientales a todas las comunidades que cuidan los bosques de Michoacán y el Estado de México.

Estamos acabándonos el acuífero: si antes extraíamos el agua a 100 o 150 metros, ahora nos vemos obligados a excavar hasta mil 200. Nada estamos haciendo para resarcir esta explotación a través de la lluvia o con tecnología, para infiltrar al subsuelo el agua que le estamos sacando. Esto genera un gravísimo problema de estabilidad en una zona ya de por sí sísmica.

Es también fundamental que hagamos un programa de cero fugas. Tanto trabajo, energía y dinero que cuesta traer el agua del Cutzamala, tanta explotación de nuestros mantos acuíferos, tanto sacrificio para cuidar nuestros bosques… para que termine perdiéndose casi el 40 por ciento del agua que recorre esos más de 13 mil kilómetros de tubería. Cómo iba a ser de otro modo cuando esa infraestructura tiene en promedio 55 años de vida, cuando hay zonas de nuestra ciudad en que la conducción del agua se da en un hoyo que alguna vez fue tubo.

Cierto es que la Ciudad de México es la urbe latinoamericana con mayor estrés hídrico y mayor consumo per cápita, y que sus habitantes necesitamos hacernos corresponsables del problema: entender que el agua potable es un derecho, pero para cocinar y para nuestra higiene, no para regar las banquetas o lavar los autos. Soy el primero en admitirlo: necesitamos una cultura del agua basada en su uso racional.

También es verdad que, más allá, necesitamos invertir entre 8 y 10 mil millones de pesos en los próximos ocho años para no perder un solo litro del agua que entra al sistema. Necesitamos volver a inyectar lo necesario al subsuelo para recuperar los mantos acuíferos. Necesitamos ocuparnos de la zona sur –ese 60 por ciento de la ciudad que es rural– y procurar que sea de conservación. Necesitamos más plantas de tratamiento de aguas residuales: hoy tenemos 25, con lo que sólo estamos tratando el 14 por ciento; hacen falta cuando menos 18 más. Necesitamos, pues, un programa serio: con inversión, compromiso y continuidad.

El problema del agua en la Ciudad de México no se resuelve en un sexenio. Precisa una inversión mínima de 250 mil millones de pesos en los próximos 25 años. Antes aún, supone el compromiso de un gobierno que crea en las políticas públicas basadas en la evidencia, tenga metas más allá del lucimiento electorero y vea la ciudad como causa y no como trampolín.

Hoy, por desgracia, no lo tenemos. Al tiempo.

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