Winston Churchill, quizá el político más destacado del siglo XX, fue un anticomunista irredento. Sin embargo, tanto la izquierda como el centro han sabido aprovechar su sabiduría política para enriquecer sus propios discursos. Churchill sostenía que, dentro de las fronteras de Inglaterra, todo ciudadano tenía la obligación de denunciar, criticar y oponerse a las políticas que considerara contrarias a los intereses nacionales. Pero también afirmaba que, fuera del país, el deber cívico era otro: defender la dignidad y la unidad de la nación, sin atacar jamás a su propio gobierno en el extranjero.

La relación entre México y Estados Unidos ha sido históricamente compleja. Ha habido momentos de abierta hostilidad —en los que Estados Unidos actuó como enemigo natural, invadiendo el país— y también episodios de solidaridad: Abraham Lincoln, sin reconocer a Maximiliano, apoyó siempre a Juárez; Bill Clinton rescató a Zedillo con un crédito oportuno; soldados mexicanos combatieron en la Segunda Guerra Mundial; y más recientemente, bomberos mexicanos —precariamente equipados— salvaron vidas durante las inundaciones en el Hill Country texano.

La revelación del columnista Salvador García Soto, en el sentido de que un grupo opositor —integrado por expresidentes y exdiplomáticos— acudió ante el gobierno de Donald Trump para denunciar supuestos actos de corrupción del actual régimen mexicano, llevó a la presidenta Claudia Sheinbaum a calificar al dirigente nacional del PRI y senador de la República, Alejandro Moreno, como vendepatrias.

Se trata de un calificativo grave. Vendepatrias es sinónimo de traición a los valores que nutren y sostienen a una nación. En la historia de México, los nombres de Antonio López de Santa Anna y Victoriano Huerta encabezan esa lista ominosa. En el mundo, basta recordar a Philippe Pétain, el mariscal francés que firmó el armisticio con Hitler y colaboró con el invasor en contra de los intereses de La République.

La historia del PRI no merece un final tan penoso como el que hoy enfrenta el otrora invencible tricolor. Se ha dicho mucho —y con razón— sobre sus excesos y errores, pero no debe olvidarse que de ese partido surgió el admirable movimiento revolucionario que posicionó a México como un país moderno, progresista y pacífico. Bajo su régimen florecieron expresiones culturales, sociales y artísticas que asombraron al mundo. Se construyeron instituciones admirables: la UNAM, el Banco de México, el IMSS, el ISSSTE, el Museo Nacional de Antropología. Se instauraron principios fundamentales como la no reelección, la expropiación petrolera y el asilo a los republicanos españoles transterrados, así como la defensa internacional de Cuba.

México, bajo gobiernos priistas, aportó doctrinas internacionales de gran calado: la de Juárez (no intervención), la de Estrada (no juzgar la legitimidad de gobiernos extranjeros), fue impulsor de tratados fundamentales como el de Tlatelolco (desnuclearización de América Latina), así como convenios en materia de asilo y defensa de migrantes.

Flaco favor le hace Alejandro Moreno al ya de por sí debilitado PRI, y más aún a su propio proceso de desafuero. Grave error invitar a una potencia extranjera a intervenir en asuntos internos. No era necesario ir tan lejos para señalar las fisuras de la Cuarta Transformación.

The New York Times, el periódico más influyente del mundo, ya ha documentado inconsistencias graves en la 4T, incluyendo presuntas ligas de altos funcionarios —como los cercanos a Adán Augusto López— con el crimen organizado.

Alito, una vergüenza. Mala señal hablar mal de México en el extranjero. Como dice el refrán popular: la ropa sucia se lava en casa… con detergente nacional.

Profesor de Derecho Constitucional, Facultad de Derecho mmelgar@satx.rr.com

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