A las mexicanas y mexicanos:

Desolación fue lo que sentí al ver la escalofriante noticia sobre el hallazgo de restos de niños indígenas en Canadá. Entre mayo y julio de este año, se encontraron alrededor de mil tumbas anónimas en donde yacían los cuerpos de las víctimas del genocidio cultural perpetrado por los colonos canadienses desde 1831 hasta 1996, mediante la separación premeditada de infantes pertenecientes a las Primeras Naciones, los métis e inuits de sus senos familiares, con el fin de, según rezaba el infame lema de la época, “matar al indio dentro del niño”.

Pero no sólo se trataba de erradicar la cultura nativa del proyecto de Nación canadiense, sino que muchos niños y niñas también fueron sujetos a experimentos médicos y, en algunos casos, a golpes y abusos sexuales; todo lo anterior con la participación activa de los gobiernos de esos años y de la mano de la Iglesia a través de las Escuelas Residenciales Indígenas.

Las tumbas, las fosas comunes, los cadáveres y la escalofriante cifra de más de seis mil personas menores de edad muertas en los siniestros internados, salen del pasado para sumarse a la realidad mundial actual; una realidad que desafortunadamente no es muy diferente a la de aquellos tiempos.

Estos hechos "son un recordatorio vergonzoso del racismo sistémico, la discriminación y la injusticia que los pueblos indígenas han enfrentado, y siguen enfrentando en este país. Y juntos debemos reconocer esta verdad, aprender de nuestro pasado y recorrer el camino compartido de la reconciliación, para poder construir un futuro mejor", expresó el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, a propósito de estos hallazgos. No obstante y a pesar de la disculpa ofrecida en nombre del Estado, lo sucedido en el Canadá del siglo XVIII y XIX no quedó soterrado en el pasado. Desgraciadamente, estas prácticas en contra de las facciones más vulnerables y desamparadas, como la niñez perteneciente a las minorías étnicas, siguen tan vigentes como en aquel entonces. Tal es el caso de muchos niños mexicanos que son seducidos a través de las redes sociales para emigrar a ese país bajo la promesa de alcanzar el sueño americano y un estatus legal permanente, tan sólo para terminar como esclavos modernos tras ser extorsionados y explotados por sus traficantes para trabajar en labores extenuantes por sumas menores a 50 dólares mensuales, o, en su defecto, para acabar en el denigrante mercado sexual.

Otro ejemplo, similar al de los niños nativos asesinados por la Iglesia y el Estado canadiense, dadas las políticas racistas y criminales que yacen detrás de los hechos, es la separación de los niños centroamericanos migrantes de sus padres aludiendo a las leyes norteamericanas, en donde fueron recluidos en campos de concentración que remiten a la Alemania nazi. Si bien el final de estas niñas y niños no culminó de una manera tan drástica, el sufrimiento ocasionado por estas acciones criminales es inconmensurable e irreparable.

Lamentablemente, hay ejemplos mucho más crudos de las atrocidades cometidas en contra de la niñez alrededor del mundo, como por ejemplo, el de las niñas raptadas por el grupo terrorista Boko Harám en Nigeria, quienes fueron violadas y esclavizadas por sus secuestradores; o el de las niñas y niños yazidíes perseguidos por el autodenominado Estado Islámico; lo mismo que el reclutamiento a las filas de las milicias en Costa de Marfil por los mismos verdugos de sus padres; o el de los huérfanos de las guerras de Siria y Yemen. En fin, la lista de ejemplos es interminable.

En un mundo humano, la infancia sería resguardada a toda costa. Pero en el nuestro, por desgracia, sigue siendo gobernado por la injusticia y la crueldad. Las niñas y los niños son vulnerables por omisión. Representan a la fracción más desamparada e indefensa dentro de grupos ya de por sí vulnerables. Es hora de tratar el problema desde una perspectiva global, porque “todas las niñas y niños, son nuestros” y en nosotros recae la responsabilidad de procurar y garantizar sus derechos, felicidad y seguridad.

A lo largo y ancho del orbe no son pocos los niños y las niñas indígenas que mueren a causa de la guerra, la desnutrición, la violencia, el abuso sexual, los trabajos forzados, el abandono y la indiferencia social. Sus cuerpos y sus tumbas no son muy diferentes a las de Canadá ya que de fondo la falsa idea de la supremacía de unos seres humanos sobre otros ha cavado sus tumbas e invisibilizado sus funerales.

La violencia es generadora de violencia, y aunque no es deseable, a nadie deben sorprender las expresiones de repudio y reclamo que han tenido lugar en Canadá. Es urgente propiciar la reconciliación entre los integrantes de la sociedad en tanto seres humanos con iguales derechos y libertades, pero también entre la sociedad y las instituciones nacionales y supranacionales en el mundo, porque la lista de agravios es enorme.

El más reciente y estremecedor descubrimiento en Canadá nos debe servir de recordatorio para subir la guardia, para mantenernos alertas, para denunciar y combatir cualquier abuso en contra de la infancia, ya que ésta es la única reminiscencia humana de lo sagrado.

Que nunca más en nombre de la ley, la ciencia, la religión y el desarrollo a ninguna niña o niño se le imponga como destino el sufrimiento, la pobreza, la exclusión y la violencia. Que nunca más su edad, origen, etnia, lengua y color de piel sean motivo para echar a sus hombros la pesada losa de la desigualdad.

Que nunca más la rabia nos carcoma el alma y se erija como imperio asesino ni defensoría de oficio. Que sea la conciencia la que guíe nuestras acciones y que el amor acompañe a toda la niñez del mundo.

Paola Félix Díaz
Titular del Fondo Mixto de Promoción Turística de la CDMX;
activista social y exdiputada federal.

 

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