El que entendió, entendió

Paola Félix Díaz

A las y los mexicanos:
El mensaje matutino que el presidente Andrés Manuel López Obrador dio al pueblo de México con motivo del Segundo Informe de Gobierno, presentó diversos elementos que ameritan una profunda reflexión no sólo como un ejercicio político, sino como un acto de responsabilidad ciudadana que debe tener lugar al de rendición de cuentas de un gobernante. De ahí que tenemos que precisar que el mensaje no es el Informe, este fue entregado por la secretaria de Gobernación al Congreso de la Unión como lo ordena la Constitución para su análisis, a partir del cual se llevarán a cabo la Glosa, las comparecencias y las preguntas parlamentarias para que las y los legisladores evalúen las acciones del Ejecutivo Federal en las diferentes áreas, así como el ejercicio del gasto, atendiendo a la división de Poderes como el trípode sobre el cual se sostiene el Estado de derecho.
El mensaje presidencial fue una acción comunicativa dirigida a las y los mexicanos que sintetiza el estado que guarda la administración pública, en un discurso preciso que conservó de principio a fin el estilo que caracteriza a Andrés Manuel y, el cual reafirma los ejes estratégicos sobre los que ha fincado sus acciones de gobierno y lo seguirá haciendo. Por lo que, a estas alturas del periodo presidencial, lo que a mi juicio debemos discutir y analizar no es su estilo personal, sino la eficacia de la política económica, social, interior y exterior, a la luz de la realidad actual y su contexto, no de una ideología.
En primer lugar, dejó en claro que su gobierno no será recordado por corrupto y que no emprendió persecuciones facciosas ni venganzas políticas, pero que tampoco encubrirá a nadie ni permitirá la impunidad, en otras palabras, el presidente sabe que es mucho lo que aún tiene por hacer este gobierno para devolverle al pueblo la confianza porque son muchas también sus expectativas; no podemos olvidar ni permitir que se nos olvide que fue precisamente el repudio hacia los abusos del erario público y el hartazgo de la sociedad lo que hizo posible el cambio de régimen. El mensaje fue contundente para quienes tienen la cola larga y está decidido a no dar marcha atrás.
La austeridad republicana es una realidad, le guste a quien le guste, fue la consigna que lanzó a los actuales funcionarios públicos, ya no hay lujos y todo lo que se ahorró es para el bienestar del pueblo, que de acuerdo a los cálculos oficiales fueron alrededor de 560 mil millones de pesos, que no son poca cosa.
Para que no haya desilusionados que no haya ilusos, se pudo leer entre líneas, en una frase lapidaria en la que enfatizó que no cambiará su manera de gobernar y que los ajustes derivados de la pandemia de COVID-19 no se apartarán de lo esencial porque la política económica del gobierno seguirá su curso, lo que anuncia desde ahora un Presupuesto de Egresos muy anémico para el gasto corriente y robusto para los programas sociales. Una fórmula que, aunque ha sido criticada por algunos, fue anunciada desde la campaña como la transformación sustancial de la política económica, así que nadie se debe decir sorprendido, así lo planteó y así ejecuta un modelo económico completamente nuevo para México, debido a que existe evidencia sobrada de que el anterior no funcionó, el crecimiento de la macroeconomía fue siempre inversamente proporcional a la economía de la mayoría de las familias, de ahí que combatir la pobreza es un imperativo insoslayable.
Sí, es verdad con todas sus letras, presumió que en el peor momento México cuenta con el mejor gobierno, y es que la crisis sanitaria y económica que enfrentamos no puede ser calificada de otra manera y, aunque para los menos este es el peor gobierno, para muchos es el mejor. La inevitable comparación con otras naciones, y particularmente, con las desarrolladas que son símbolo del imperio y del exacerbado neoliberalismo, deja ver que ni con la brutal caída del PIB de nuestro país, ni con el descalabro económico de los sectores productivos, atravesamos por los avatares y problemas por las que, desafortunadamente, dichas naciones atravesaron, al igual que otras en vías de desarrollo; aquí las calles no se convirtieron en morgues, ni los cadáveres se apilaron en los pasillos de los hospitales, tampoco se abandonaron en los asilos a los ancianos enfermos de Covid, no se dejó a ningún pobre a merced de la caridad de otro ciudadano y el ejército nunca fue utilizado para reprimir protestas u obligar a nadie al confinamiento.

Sus enunciados y referencias hacia las grandes empresas trasnacionales, organismos internacionales, el aumento de las remesas y las nuevas relaciones internacionales que se han construido, son prueba fehaciente de la acertada conducción de la política exterior, que desdibujó con un solo trazo los resabios de los malos augurios en los que ciertos personajes se regocijaron.
Para quienes en una obsesión perversa querían poner en un ring al sector empresarial y al Ejecutivo, argumentando un imaginario socialismo, por cierto, conceptualizado erróneamente, el mensaje fue impecable: “la relación con los empresarios ha sido buena y respetuosa”, y lo ha sido porque la mayoría de las empresas no despidió a sus trabajadores, porque solo se perdió un millón de empleos y se mantuvieron 19 millones 500 mil, porque “los empresarios mexicanos cumplen con sus contribuciones”, porque aceptaron aumentar el año pasado 16 por ciento al salario mínimo y el 20 por ciento para este, y porque voluntariamente aportarán más para pensionar mejor a los trabajadores. Además, los hospitales privados ayudaron a enfrentar la pandemia y las televisoras privadas apoyaron para transmitir clases por radio y televisión a 30 millones de estudiantes. Cuando el presidente de la República dijo, “no tengo más que decirles: gracias en nombre del gobierno y de nuestro pueblo”, signó lo que de aquí en adelante habrá de ser el nuevo pacto social que permita eliminar las lacerantes desigualdades que tanto han lastimado al pueblo. Un nuevo pacto, que también da cuenta de los resultados exitosos de la política interior y de los esfuerzos para establecer la gobernabilidad democrática.
Con la misma vara podemos medir la política económica y social, que manteniendo finanzas públicas sanas ha puesto en el centro de la atención gubernamental a la población más pobre y vulnerable, aunque es igualmente importante reconocer que se tiene un pendiente con la clase media. Es un hecho irrefutable que hoy, a pesar de la pandemia, el sistema de salud público opera mucho mejor que antes, y que los apoyos sociales se han ampliado significativamente y llegan íntegros a las manos de los beneficiarios.
No todo está hecho, aún se erigen para este gobierno importantes desafíos, entre ellos el establecimiento de la seguridad y la paz, aunque los delitos que más lastiman a la sociedad han disminuido no es en la proporción que quisiéramos y, hay otros que han aumentado; sin embargo, la diferencia radica precisamente en que, “en materia de seguridad ya no manda la delincuencia organizada, como era antes”, lo que significa un paso fundamental para superar la crisis de violencia e inseguridad y tampoco manda ya la delincuencia institucionalizada, es decir, en este gobierno no se conjuran crímenes de estado (torturas, desapariciones ni masacres).
Sin lugar a dudas las situaciones han cambiado, y por ende las señales y los símbolos, “la arrogancia de sentirse libres” es uno de los mejores síntomas de la transformación, desconocidos todavía para quienes nacieron y se educaron en la hegemonía de otrora. La visión de un estadista no requiere de algoritmos complejos, es de tal altura de miras que resulta simple y de fácil comprensión para todas y todos, tal y como expresó el presidente de México: “La principal riqueza de una nación no está en su infraestructura o en sus finanzas y ni siquiera en sus recursos naturales, sino en su población y sus culturas, en la gente que la conforma y le da historia y existencia”; y si la razón de Estado es la gente, el único camino es “seguir gobernando con rectitud” para hacer patria y que las nuevas generaciones honren la dignidad de nuestro pueblo y la grandeza de México. De lo que se trata entonces, no es de transformar las estructuras de poder per se sino de recuperar al pueblo y de que este se recupere a sí mismo para que nunca más sea subyugado a intereses ajenos y mezquinos, ni sumergido en un mundo de dominación, verdades históricas y olvidos.

Paola Félix Díaz
Titular del Fondo Mixto de Promoción Turística de la CDMX; activista social y exdiputada federal.

Guardando favorito...

Comentarios