Lozoya y el naufragio

Una historia expoliada por las ansias presidenciales que, sin embargo, logró que se dejara de hablar por unas horas de la gestión de la pandemia en nuestro país, que pasa a la historia entre las peores del mundo, en la afrentosa compañía de las de Trump y Bolsonaro. Logró también se le pusiera sordina a la gestión económica dirigida en persona por el presidente y enjuiciada por los especialistas como causante de buena parte de la destrucción de millones de empleos y otras fuentes de ingreso, así

Estigmatización. Lozoya siguió ayer el script acordado con quienes tienen en sus manos su suerte y la de su familia. Ante el juez de control —quien seguro seguirá su propio script en favor del imputado— el ex director de Pemex mantuvo en suspenso, en beneficio del espectáculo, los nombres de aquellos a quienes va a incriminar, como lo han anticipado el presidente y las filtraciones gubernamentales. Lozoya adelantó, eso sí, que fue presionado e intimidado por quienes lo habrían inducido a cometer ilícitos, acaso apelando a la muy discutible figura del “miedo insuperable y la obediencia jerárquica”. En la misma trama, su defensa aseguró que más adelante se darán nombres de quienes lo habrían usado como “instrumento no doloso” de los delitos, lo que le permitirá pasar de “vinculado a proceso” a testigo colaborador. Ya lo había también festinado el presidente hace días, atribuyéndole erróneamente la decisión al fiscal, antes de que el juez lo haga en las próximas horas apelando, como lo hará, a los llamados “criterios de oportunidad”.

Una historia expoliada por las ansias presidenciales que, sin embargo, logró que se dejara de hablar por unas horas de la gestión de la pandemia en nuestro país, que pasa a la historia entre las peores del mundo, en la afrentosa compañía de las de Trump y Bolsonaro. Logró también se le pusiera sordina a la gestión económica dirigida en persona por el presidente y enjuiciada por los especialistas como causante de buena parte de la destrucción de millones de empleos y otras fuentes de ingreso, así como del lanzamiento de millones de nuevos mexicanos a la pobreza. Lozoya hizo posible, también, que se acallara el tema de la violencia criminal que, en 20 meses de este gobierno, sigue rompiendo los de por sí alarmantes records de homicidios del pasado.

En medio de este naufragio, el affaire Lozoya, además de sus propósitos distractores de la indomada triple crisis, puede innovar los estudios críticos de comunicación política e institucional, y de derecho de la información, como caso límite de estigmatización desatada por el poder político contra sus críticos y opositores. Incluso como un caso de criminalización de políticas públicas —como la apertura energética— y de negociación política, como la que condujo al Pacto por México. Y es que la operación Lozoya no va tanto, como lo proclama el mandatario, a marcar y condenar —“estigmatizar”, según él— las prácticas corruptas (por cierto, prevalecientes en este gobierno), sino a deshonrar personajes en la mira del gobernante y en la picota mediática con propósitos ajenos a la búsqueda de la justicia.

Ya no es como antes. En efecto, hasta antier, a través de filtraciones ilegales, y desde ayer, a través de declaraciones trasmitidas online por el exdirector de Pemex al juez de control, se esparcen una serie de acusaciones del acusado contra personas convenientemente seleccionadas y acordadas con el régimen actual, a cambio de la impunidad personal y del cese de la persecución de la madre, la esposa y la hermana del acusado. A diferencia de otros tiempos, en que las motivaciones extra jurídicas de la caída de un pez gordo eran exhibidas sólo después de los procesos catárticos del evento, hoy, las indiscreciones presidenciales y el grotesco manejo de las filtraciones del gobierno configuraron de inmediato en los medios y la conversación pública una lista puntual de propósitos presidenciales al margen del derecho, montados sobre el espectáculo abierto al público ayer.

Ansias. Yen esa lista, en primerísimo lugar, aparece el propósito de borrar del mapa, por el descrédito, a los opositores marcados con rojo en el acuerdo que pondrá en libertad a Lozoya, a la vista de las decisivas contiendas electorales de dentro de 10 meses y 9 días. De allí las ansias del presidente.

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