La vocación social, solidaria y democrática de la Fundación UNAM

19/10/2019
01:45
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Por: César Astudillo Reyes

Quienes estudian el fenómeno social han insistido en que la lotería biológica condiciona fuertemente la vida de las personas, porque a ninguno de nosotros nos ha tocado elegir a qué familia queremos pertenecer, quiénes serán nuestros padres ni mucho menos cuándo o dónde nos gustaría nacer. Sólo cuando alcanzamos cierta madurez podemos darnos cuenta que formamos parte de una familia que tiene resueltas sus necesidades económicas, o bien, que nuestros padres viven al día y realizan un esfuerzo extraordinario por sacarnos adelante.

En una sociedad tan desigual como la mexicana, estas diferencias se advierten con mucha facilidad, lo cual orilla a las instituciones públicas a redoblar esfuerzos en la remoción de los obstáculos que impiden el acceso equitativo al bienestar colectivo, y a promover las acciones necesarias para que todas y todos puedan desenvolverse adecuadamente, progresar y alcanzar los satisfactores que demanda una vida digna, hasta alcanzar una vida feliz y en armonía.

En su concepción primigenia, la UNAM fue pensada como una institución orientada precisamente a educar a las y los mexicanos, dotándoles de las herramientas necesarias para que en su calidad de profesionales pudieran salir a buscarse una vida mejor y utilizaran sus conocimientos en beneficio de nuestra nación. Dicha vocación la convirtió rápidamente en una Universidad orientada a nivelar al estudiantado, por el trato igualitario que le dispensaba a través de una educación semejante e independiente del estatus social del que cada uno era portador, erigiéndola en una vehemente promotora de una movilidad social que por décadas ha contribuido para que sus egresados más modestos puedan convertirse en exitosos profesionales.

Sin embargo, no hay duda que las condiciones en las que su alumnado concurre a las aulas supeditan fuertemente su desempeño escolar, en ocasiones para afianzar sus progresos, pero las más de las veces para desvelar sus carencias. Es ahí donde se erige y se dimensiona la labor que permanentemente realiza la Fundación UNAM, desde cuyo establecimiento ha dirigido sus esfuerzos a ayudar a la comunidad universitaria, dotándola de un conjunto de becas y de diversos apoyos para que sus integrantes se encuentren en mejores condiciones de sortear las vicisitudes de su desarrollo académico, y para que su vida estudiantil no se obstruya ante las asimetrías económicas que acompañan a millones de familias en el país.

Conociendo el trabajo que ha venido realizando la Fundación UNAM en sus más de 25 años de existencia, he podido darme cuenta que los apoyos brindados han buscado atajar la histórica desigualdad existente entre hombres y mujeres, la cual se refleja en todos los aspectos de la vida, y a la que la vida universitaria no es ajena. En su distribución, han tratado que el color de la piel no sea un factor determinante para el acceso a la educación o para el ascenso social, cuidando que las preferencias sexuales, políticas o religiosas no se conviertan en obstáculos para el desarrollo académico de sus beneficiarios, sino que, por el contrario, sean condiciones que procuren que cada uno pueda desarrollarse libremente en el entorno universitario y en su vida futura.

El carácter auténticamente nacional y decididamente incluyente de nuestra UNAM y de su Fundación han llevado a impulsar acciones para que las diferencias lingüísticas, las discapacidades, la proveniencia geográfica, el aspecto físico y las especificidades culturales de los estudiantes se asuman como elementos que patentizan la riqueza de una composición social caracterizada por su diversidad, y nunca como circunstancias de discriminación entre ellos.

En este sentido, la robusta labor de la Fundación UNAM se inscribe hoy, y por más de un cuarto de siglo, dentro de una vocación social, solidaria y democrática, manifestada en la apertura y sensibilidad con la que brinda la mano a quienes necesitan de apoyos para superar las condiciones desfavorables con las que se presentan a estudiar, y patentizada en la perseverancia con la que busca comprometer la acción solidaria de todos quienes tratan de demostrar el amor por su alma máter devolviéndole un poco de lo mucho que les dio, a través de contribuciones o donaciones que se destinan en beneficio de sus estudiantes más desaventajados.

Dicha vocación, en su devenir histórico, ha impactado positivamente en la dimensión sustantiva de la democracia que aspiramos a conformar, por su capacidad de transformar, en ocasiones integralmente, la vida de quienes han tenido el privilegio de pasar por las aulas de la Universidad, consiguiendo que ellos, a su vez, logren irradiar al entorno social al que pertenecen, y mejorar las condiciones de vida de quienes conviven en él, contribuyendo así a conformar una sociedad más igualitaria y un país más justo en el que logremos hacer realidad la aspiración de convivir en armonía y en paz.

 

Investigador Titular del Instituto de Investigaciones Jurídicas