La UNAM me hizo ciudadana del mundo

Beatriz Paredes

A mí, la Universidad me descubrió el mundo, me volvió ciudadana universal. Llegué a la UNAM en 1973. Había estudiado la Preparatoria en Huamantla, Tlaxcala, y aunque viví en la Ciudad de México algunos años de niña y mi madre siempre vivió en la capital, yo estudié la secundaria y la preparatoria en Huamantla, en el estado de Tlaxcala. Había recorrido el mundo a través de la literatura, siendo lectora voraz desde la infancia. Conocí de los océanos y las selvas por Julio Verne y por Salgari. Los suburbios de Londres acompañando a Sherlock Holmes en sus investigaciones, y llegué hasta Tahití gracias a la Luna y seis Peniques. Sin embargo, mi horizonte real se constreñía al Distrito Federal, a Puebla, Morelos y Veracruz, y desde luego a Tlaxcala. Había admirado de lejos la Escuela Superior de Agricultura, en Chapingo, ubicada en Texcoco, municipio que atravesaba siempre que venía a la Ciudad de México con mi padre, y me parecía maravilloso el camino de acceso a la puerta principal del centro educativo, bordeado de grandes árboles. Tuve el privilegio de conocer el hermoso campus universitario de la Universidad Veracruzana, en Xalapa, ya que fue en esa institución donde cursé el tercer año de preparatoria, pues concluí los estudios de la media superior cuando cambió el plan y se volvió de tres años y, al no existir esa opción en Huamantla, me fui a Xalapa a cursar el tercero, denominado propedéutico. Para entonces creía que estudiaría música, en el Conservatorio Veracruzano.

Pronto las cosas se redefinieron. Mi interés en la política estudiantil y lo que le sucedía a la gente —había estado ligada a los movimientos campesinos desde la preparatoria en Huamantla— me llevaron a decidir que tendría que estudiar alguna carrera vinculada con la política y con lo que enfrentaba la sociedad. Fue así que, venturosamente, descubrí que existía una profesión llamada Sociología y que se cursaba en la Facultad de Ciencias Políticas, en la Ciudad de México. De ahí que presenté mi examen de admisión para ingresar a la UNAM y me trasladé a vivir a la gran ciudad.

La Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México estaba situada después de la Facultad de Economía. Disponía de un edificio pequeño, en relación a los grandes edificios universitarios, que albergaban a otras carreras: Derecho, Filosofía, Ingeniería, Medicina. Tenía una cafetería celebérrima, donde convergían maestros, intelectuales, dirigentes estudiantiles y alumnos de todo tipo de corrientes. La UNAM pasaba por un momento de efervescencia política y democrática, después del movimiento del 68, y con la presencia en sus aulas de decenas de exiliados latinoamericanos.

El campus de la Universidad Nacional es impresionante, sobre todo para quien nunca había conocido una universidad de esa magnitud. Desde el maravilloso edificio de Rectoría, hasta sus vastas bibliotecas, y los múltiples espacios donde aprender o para disfrutar del aire libre. La oferta cultural para los estudiantes se multiplicaba y, desde luego, me inscribí inmediatamente al Cine- Club.

Estaba instalada en un departamento de la Avenida Universidad, que rentaba con otras cuatro compañeras. Una de ellas peruana, lo que a la postre fue muy aleccionador para mí. Con frecuencia (las más de las veces) me iba caminando hacia la Facultad. Decidí tomar clases o asistir de oyente con los mejores profesores, independientemente que correspondieran al grado que yo cursara. Lo que me importaba era aprender, más que cumplir los requisitos académicos.

Por eso tuve oportunidad de conocer, escuchar y estudiar con varios maestros que habían llegado desde diversos países de América del Sur, obligados a emigrar por las dictaduras militares que asolaban a sus países. Tomé clases con brasileños, con uruguayos, con peruanos, con bolivianos, con dominicanos. Cada vez que seleccionaba un maestro y una materia, revisaba la biografía del profesor, trataba de entender por qué tuvo que salir de su país, cuál era la situación política que imperaba en su entorno. Así fui comprendiendo el mundo y mi aproximación a la dolorosa realidad latinoamericana de abusos genocidas y golpes de Estado; fui perfilando mi posición política y, además de aprender académicamente, fui alcanzando las definiciones que labraron mi personalidad.

Desde luego también tuve excelentes profesores mexicanos, como Arnaldo Córdova y Enrique Semo, entre muchos de los que recuerdo.

Con algunos de mis maestros, además del privilegio de ser alumna cercana, pude desarrollar amistad. Recuerdo especialmente a Gerard Pierre Charles, luchador haitiano que encabezó con enorme valor justas reivindicaciones en su país, y gracias a quien profundicé en la devastadora realidad de esa isla, y me empecé a interesar por el Caribe, que se convertiría en una de mis grandes pasiones.

¡En fin! Gracias a la UNAM pasé de ser una niña tlaxcalteca, egresada de una preparatoria por cooperación, a una ciudadana del mundo, con vocación latinoamericanista, con definiciones esenciales sobre mi quehacer social, y con instrumentos cognoscitivos sobre cómo llevarlo a cabo. Escribí en algún texto hace tiempo: “… Hizo que el musgo que tenía bajo las axilas se convirtiera en alas, y me eché a volar”.

 

Senadora del Congreso de la Unión

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