La sufridera

“¡Faltan menos de tres minutos!”, exclamaba Fernando Marcos. “Ustedes, al ver esta película, ya sabrán lo que ocurrió en estos tres minutos. Compadézcanme a mí, que yo no lo sé, y quisiera estar en el lugar de ustedes, ya sabiéndolo”.

“¡Faltan menos de tres minutos!”, exclamaba Fernando Marcos. “Ustedes, al ver esta película, ya sabrán lo que ocurrió en estos tres minutos. Compadézcanme a mí, que yo no lo sé, y quisiera estar en el lugar de ustedes, ya sabiéndolo”.

Era el domingo 3 de junio de 1962. En el estadio Sauzalito de Viña del Mar se vivían los momentos decisivos del partido entre México y España. No habían caído goles, pero el partido había resultado, hasta ese momento, “extraordinariamente emotivo”.

Por momentos, según Marcos, “hombres que valen millones de pesos” se veían totalmente desarticulados frente a la “recia y limpia defensa mexicana”, que llevaban a su cargo Jesús del Muro, Guillermo El Tigre Sepúlveda e Ignacio El Gallo Jáuregui.

No existía la transmisión en vivo. Un helicóptero iba al estadio por el material fílmico, y lo llevaba al aeropuerto a fin de que el público mexicano pudiera ver los partidos, en blanco y negro, al día siguiente.

El portero de México, Antonio La Tota Carbajal, que participó en cinco copas mundiales, lo que significaba 20 años de recuerdos, sostuvo que aquel partido fue el peor, el más desgarrador de su vida.

Los segundos se consumían. Héctor Hernández voló un balón que solo habría tenido que empujar al marco: “¡Creo que se nos ha ido la victoria!”, bramó Fernando Marcos a punto del infarto.

El entrenador Nacho Trelles había tenido que alinear de emergencia al Gallo Jáuregui porque, según una nota del periódico El Informador, el defensa izquierdo José El Jamaicón Villegas era “víctima, al parecer, de una fuerte nostalgia”.

Los demás estaban dejando el alma en el campo. En el último minuto –cuando México se hallaba a punto de conseguir un empate que le habría valido para pasar por primera vez en la historia a cuartos de final–, un ataque mexicano se estrelló en el área española y el balón cayó a los pies de Paco Gento, el imparable huracán del Real Madrid, al que apodaban La Galerna del Cantábrico.

La Galerna del Cantábrico se desbordó por la banda izquierda. No apareció Del Muro. Recordó La Tota Carbajal:

“Trelles nos había dicho: ‘Si el resultado es favorable y se acerca el final, hagan un faul y dejen que se agote el tiempo’. Se vino Gento con el balón desde el área española, y nadie pudo faulearlo: se le fue a Raúl Cárdenas, se le fue al Tigre Sepúlveda, y luego mandó un centro. Yo le grité al Gallo Jáuregui que dejara pasar el balón, pero Jáuregui, con el deseo de alejar el peligro, lo puso de un mal cabezazo en los pies de (Joaquín) Peiró, y este me acribilló. Faltaban 30 segundos para el final”.

“¡Duele el alma que esto haya ocurrido!”, volvió a exclamar Fernando Marcos.

La prensa informó al día siguiente que el vestidor de México tenía un aspecto desolador, al que acentuaba una imagen de la Virgen de Guadalupe con dos velas encendidas.

Jasso, Carbajal y Del Muro lloraban. La Tota declaró: “El gol no fue de Peiró, fue un autogol de Jáuregui”.

“Durante mucho tiempo seguí revolcándome de rabia al recordar ese partido”.

En 32 años de mundiales, México contaba solo un con empate. Todo lo demás eran derrotas. En Chile 62 obtuvo su primera victoria (3-1 sobre Checoslovaquia) y estuvo a punto de pasar a cuartos de final.

Una jugada genial de Gento, atravesando el campo de punta a punta, lo impidió.

La Ráfaga del Cantábrico murió hace unos días, a los 88 años, convertido en uno de los grandes mitos del futbol. Entre la lista colosal de logros del mejor extremo izquierdo del mundo, ningún diario lo mencionó, se encuentra haber inaugurado entre nosotros un momento que se repite cada cuatro años, y se conoce como “la sufridera”.

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