La morada infinita

La muerte es parte de la vida, inevitablemente, pero hay momentos en que intensifica su presencia. Ya se dolía México con las pérdidas humanas de cada día por la violencia desatada desde hace más de una década. Ahora, todas las tardes escucha el reporte de muertes por Covid-19 que en este país ya son casi 45 mil, según datos oficiales, y según otros cálculos, rebasan los 100 mil. La pregunta no es sólo ¿cuántos murieron? Sino ¿cómo murieron?

La muerte es parte de la vida, inevitablemente, pero hay momentos en que intensifica su presencia. Ya se dolía México con las pérdidas humanas de cada día por la violencia desatada desde hace más de una década. Ahora, todas las tardes escucha el reporte de muertes por Covid-19 que en este país ya son casi 45 mil, según datos oficiales, y según otros cálculos, rebasan los 100 mil. La pregunta no es sólo ¿cuántos murieron? Sino ¿cómo murieron?

¿Pudieron despedirse de sus seres queridos?, ¿alguien los acompañó, les habló, tomó su mano o murieron en soledad?, ¿cómo viven la experiencia la doctora o el enfermero en turno?, ¿cuántos seres humanos sufren la pérdida?, ¿quién los consuela?, ¿cómo explicarnos tanto?, ¿en dónde acomodar tanta muerte?

En el suplemento Confabulario de esta semana, dedicado a la pandemia desde la reflexión filosófica, Daniel Innerarity advierte una carencia lingüística: “Nuestro modo de pensar no está a la altura de la complejidad del mundo en que vivimos (…) Nos hace falta incluso un nuevo vocabulario para nombrar esta situación”. En las mismas páginas, Fernando Savater toca otra dimensión de la muerte, desde el amor, cuando habla de su esposa Sara: “Estoy vivo para recordarla. Ella hizo más bello al mundo y el último guardián de esa belleza soy yo”.

En el arte, la filosofía, la historia, la arqueología, la literatura, el cine o el teatro, la muerte es un asunto esencial, como la vida. Todos moriremos un día ¿cómo? Quizá no lo sabemos hoy, pero podemos acercarnos al tema con elementos para pensarlo y para prepararnos, elegir qué queremos y qué no en los últimos momentos, intervenir libremente, con decisiones a tiempo, el instante definitivo. Por nosotros y por los demás.

En ese sentido, hay lecturas necesarias. Y Arnoldo Kraus nos ofrece su más reciente libro: La morada infinita. Entender la vida, pensar la muerte (Debate). Entre sus páginas está el conocimiento de un médico que reflexiona desde la bioética, pero también el de un escritor que dialoga con poetas, filósofos, novelistas, colegas suyos. Como escribe el arqueólogo Eduardo Matos en el prólogo, este libro “es una mirada a la muerte a través de la vida”. En sus líneas, dignidad, autonomía y libertad son valores tan abrazables cuando habitamos el presente, como cuando pensamos nuestro final. Dice Petrarca: “Una muerte bella honra toda una vida”.

Leer La morada infinita nos ayuda a pensar la pandemia y a darle forma humana a la fría estadística de cada día, al mapa de colores y a las gráficas de camas disponibles. Nos pone dentro de la bata del médico y la enfermera, en la camilla del paciente, en la piel de quien está intubado, en los zapatos del familiar que espera noticias o llora su pérdida en las puertas de un hospital. Nos conecta con el dolor, la incertidumbre y el miedo, pero también con el valor del afecto, la palabra, la voz, el tacto, la mirada, la calidez y el privilegio de quien acompaña. Evoca a John Donne “ningún hombre es una isla” para traducirlo: “un ser humano sin otro ser humano a su lado no es tal”.

Para Kraus, la bioética y la ética médica son y serán la filosofía del siglo XXI. Y aborda: el derecho a una buena muerte, los cuidados paliativos, la eutanasia, el suicidio asistido, el derecho a la autonomía y la Voluntad Anticipada. Mira el rostro de la muerte en todos sus ángulos, desde la despedida de un cuerpo, el poder otorgarle a un cadáver lugar y tiempo, tocarlo y decirle adiós, hasta el cementerio y el epitafio. Escribe sobre el duelo que “duele y sana” y cita a Quevedo: “Vivo en conversación con los difuntos/ y escucho con mis ojos a los muertos”.

Quienes han vivido de cerca la pandemia tienen mucho que decirnos. Kraus suele citar a Lévinas: “Desde el momento en que el otro me mira, yo soy responsable de él (...) mi responsabilidad es intransferible”. Y recuerda a Dostoyevski en Los hermanos Karamasov: “Todos somos responsables de todo y de todos ante todos, y yo más que todos los otros”. Es un compromiso ético. Asumirlo engrandece la vida.

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