Por Ana De Luca y José Luis Lezama

La COP26, lo mismo que el resto de las cumbres climáticas, no son más que un opio con efectos sedativos, anestesiantes, que pretende reducir nuestras angustias y darnos falsas esperanzas, una especie de bebida analgésica en la que diluimos la exigencia de los cambios necesarios y urgentes que necesitamos para tener un mundo más habitable. Precisamente aquello que Marx ilustró con la metáfora de la religión es que este aletargamiento, esta falsa calma que produce el efecto de los opioides, nos aleja de una posible revolución.

...y pienso pienso pienso
se fue otro mes
y no hicimos la revolución todavía

-Juan Gelman
 

Cada vez que concluye una cumbre del clima, que se firma un acuerdo, o que sale una propuesta, llega la calma, se nos va la angustia. Esta cumbre no ha sido la excepción; los grandes “líderes” del mundo, por cierto, que casi todos hombres, han adquirido una nueva habilidad para cooptar, jugar, tomar provecho, comerciar con nuestras angustias, con nuestro dolor, no quieren que estemos preocupados, es como si nos dijeran ‘pare de sufrir’, nosotros sufriremos por ustedes. No solo eso, nosotros les diremos de qué hay que preocuparse, cuáles son los problemas de los que deben preocuparse, cuáles son las soluciones para esos problemas. Es como decirnos también paren de pensar, ustedes no tienen, sino que actuar esta gran obra teatral que hemos escrito.

Son adictivas estas cumbres porque han fungido como una necesaria dosis de sedantes, el bálsamo ideológico que nos brindan los que creen que esto se soluciona con más tecnologías, con más crecimiento, con más de lo mismo que nos trajo hasta aquí. El efecto anestesiante del discurso, de la ideología del poder, se muestra poderoso. De Kioto a París y de París a Glasgow las emisiones más que disminuir a consecuencia de los acuerdos, han aumentado. Lo único que mejora es la capacidad anestesiante de los discursos, el enverdecimiento de las palabras, de las promesas. En los hechos, la realidad empeora.

La dosis de anestesia aumenta cuando el sistema se agota, cuando sus remedios caseros, el desarrollo sostenible, la obsoleta e insensata idea de no poner en duda el business as usual hacen agua, y sobre todo cuando las niñeces, la juventud, los pueblos indígenas y las mujeres, alzan la voz, se convierten en la luz que se abre en el camino, son el despertar, el reclamo más auténtico, más honesto, las más profundas ganas del cambio. Los reflectores de la cumbre deberían de estar puestos sobre quienes ejercen el verdadero liderazgo, quienes hacen temblar al mundo con sus ansias de una vida mejor, para mostrar el poder de la gente, esa gran fuerza para hacer posible las utopías. En un acto de desesperación y cinismo, los “líderes” empiezan a apropiarse del lenguaje, de los símbolos, de las formas expresivas y comunicativas de la protesta, de la rebelión, del gran potencial de cambio de los marginados, para neutralizarlos, anestesiarnos con drogas cada vez más poderosas.

Las cumbres son el opio, porque han cooptado todas las representaciones de lo que es una crisis mucho más honda, más abarcadora y generalizada que la climática, y a ésta la han convertido en números y gráficas, en objetos, cosas, abstracciones, en la fetichización del CO2 , y no en las vidas concretas de quienes sufren, de quienes padecen enfermedad, muerte, miseria. Este fármaco nos hace centrarnos en lo aparencial, aísla el síntoma, hace del síntoma un problema desconectado de todo, del problema que lo causa, del territorio, de la historia y de los que son víctimas y victimarios. El síntoma no debe ser sino la ruta de acceso a algo más profundo, más comprensivo, más explicativo.

La propuesta más importante de esta cumbre son las “cero emisiones netas”, lo cual significa que lo que se busca no es un vuelco de este orden de dominación, a sus valores regidos por el mercado, el consumo, el individualismo, la muerte del alma, la destrucción de las vidas humanas y no humanas. No hay pues siquiera una insinuación de socavar sus estructuras, de reventar estos sistemas que se nutren de vida y expanden la muerte en todo lo que toca. En cambio, la propuesta es encontrar esquemas para que los ricos sigan contaminando y pongan a los pobres del Sur Global y a la naturaleza a compensar sus excesos, sus patrones de consumo a precios bajísimos y aumentando las condiciones de explotación.

Hoy es tiempo de rehabilitarnos de estos fármacos, de resistir el efecto adormecedor de lo que las COPs son tan solo un ejemplo. Es tiempo de inundarnos de la fuerza de las luchas de quienes resisten, de quienes nunca se han dejado anestesiar, para despertar conscientes del poder que hay en nuestros cuerpos individuales y colectivos y avizorar rutas alternativas de escape, decidir sobre nuestras vidas y nuestros destinos. Es ahí en donde se gesta la revolución que proponemos, una que construya mundos más sensibles, justos e igualitarios.


Centro de Estudios Críticos Ambientales, Tulish Balam

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