Justice católica: el juego electoral estadounidense

Jesús Isaac Flores

“El dogma vive estridente en ti” esa fue la dramática frase con la que la senadora senior de California Dianne Feinstein expresaba su desaprobación a la nominación de Amy Coney Barrett a la corte de apelaciones del séptimo distrito en 2017. Barret siempre fue una de las primeras opciones del presidente Trump para reemplazar a la legendaria Ruth Bader Ginsburg en la Suprema Corte de Estados Unidos. Junto con ella estaba, también una fuerte candidata, la jueza Barbara Lagoa de Florida, descendiente de exiliados cubanos. El común denominador entre ellas es su religión. Ambas son católicas y de una tendencia conservadora en sus opiniones judiciales, no es sorpresa que las dos hayan sido propuestas, para sus cargos actuales, por republicanos.

A diferencia de su contraparte mexicana, la Suprema Corte en Estados Unidos tiene un poder inmenso, aunque limitado a temas federales, y sus miembros lo son de por vida. En primera instancia, sus resoluciones sientan jurisprudencia inmediata y tienen un alcance erga omnes (para todos) que sólo puede modificarse mediante una sentencia distinta de la misma Corte sobre el mismo tema en el futuro o una enmienda constitucional, esta última es en sí misma un proceso complejísimo. Históricamente las nominaciones judiciales energizan más al electorado conservador que al liberal. Pero estos últimos cuatro años han sido todo menos ordinarios y la muerte de Ginsburg, quien pasará a la historia como una de las juezas liberales más poderosas de la Corte, le permite a Trump nombrar a su tercer juez en lo que va de este periodo presidencial, alterando el balance entre liberales y conservadores en la cima del poder judicial estadounidense para las próximas décadas.

Este tipo de nominaciones resultan perfectas desde el punto de vista de estrategia electoral por múltiples razones. Una de ellas es que apelan a un sector de los votantes que, según la experiencia, debería alinearse perfectamente con el partido republicano y su candidato presidencial. La realidad es otra, pues las mujeres suburbanas y católicas no favorecen en proporciones suficientes la reelección del presidente Trump. De hecho, son una de las razones por las que Joe Biden, él mismo un católico practicante, es competitivo en los estados del medio oeste. Ahí es donde la carta del nombramiento de una mujer católica a la Suprema Corte entra en escena. Se asume que, además de congraciar a las mujeres y a los católicos con Trump, también servirá para atraer a votantes hispanos, quienes mayoritariamente profesan la misma religión pero que tienden a votar en porcentajes significativos por los demócratas. No hay que olvidar que muchos líderes demócratas profesan la religión católica pero son de tendencia liberal, algo que no por ningún motivo es mutuamente excluyente, ahí está Nancy Pelosi.

No menos importante resulta la posibilidad de lograr que los mismos demócratas sean incapaces de ejecutar una oposición efectiva a la nominación de una jueza católica sin que, simultáneamente, se contradigan a sí mismos atacando a una mujer hispana con base en sus creencias religiosas y, de paso, alienen a electores moderados quienes podrían votar por ellos en los estados más competidos de esta elección. Irónico que los políticos (visiblemente) más prejuiciosos en el sistema político estadounidense utilicen los prejuicios de sus adversarios (el aparente anticlericalismo demócrata) en su contra. Esto tiene algo de perverso, pero es el tipo de pragmatismo que hace ganar elecciones.

Desde luego, esta estrategia no es una innovación del siglo XXI. En 1956, el presidente Dwight D. Eisenhower nombró a un católico, el demócrata William Brennan, para ocupar un asiento vacante en la Suprema Corte, hecho que disparó su aprobación con los votantes católicos de los estados pivote obteniendo una victoria aplastante. Desde luego, ha habido varios jueces católicos en la Suprema Corte, de hecho su composición actual refleja una realidad interesante.

Antes de la muerte de Ginsburg, el 60% de la Corte estaba compuesta por católicos, aun cuando los datos de la Oficina del Censo muestran que sólo el 20% de la población profesa esa religión. Todo ellos, salvo Sonia Sotomayor quien fue nombrada por Obama, fueron propuestos por presidentes republicanos. No los designan por ser católicos, sino por ser conservadores (hay que advertir que el conservadurismo estadounidense tiene poco que ver con el “conservadurismo” mexicano) y bajo la expectativa de que podrán revertir decisiones como Roe vs. Wade de 1973 que legaliza el aborto; Obergefell vs. Hodges de 2015 que legaliza los matrimonios entre parejas homosexuales y, por supuesto, desmantelar el Obamacare. Además, de ser confirmada por el Senado antes de las elecciones presidenciales de noviembre, la nueva jueza podría tener una función determinante si los resultados son tan cerrados que, al igual que en la elección de 2000 con Bush vs. Gore, la Corte acaba decidiendo el resultado. No es cosa menor.

Ni los hispanos, ni los católicos son grupos monolíticos. Sus corazones no pueden ser conquistados con la misma receta. Por ejemplo, la nominación de una cubana-americana a la Corte podría mejorar las perspectivas electorales de Trump únicamente en Florida y no en Arizona, pero sería más por razones demográficas que por la religión o, incluso, el género. Eso se debe a que los hispanos de origen mexicano no comparten las mismas preocupaciones que los de origen cubano. Igualmente, no pasa desapercibido el activismo de grupos católicos liberales que encuentran inspiración en la doctrina del Papa Francisco y quienes están decepcionados del comportamiento moral de Trump.

También está al tema de las elecciones para el Senado, actualmente controlado por los republicanos pero que podría pasar a control demócrata después de las elecciones de noviembre. Sólo se necesita que los demócratas ganen tres asientos netos (o cuatro, dando por hecho que perderán en Alabama) y que también ganen la Casa Blanca para que la vicepresidenta Kamala Harris ejerza el voto de desempate. El “agandalle” de los republicanos sobre la Corte podría generar una ola de rechazo cuya última consecuencia podría ser una victoria demócrata mucho más holgada en el Senado. El cálculo es que los beneficios del apresurado nombramiento superarán el costo, en realidad, nada es seguro.

Para Trump y para los líderes republicanos en el Senador todo es instrumental, sobre todo si se trata de ganar en noviembre. La religión es una herramienta, la oposición al aborto o a los matrimonios igualitarios también lo son. Y esto es así porque son temas que importan a su base electoral mucho más de lo que les importa la propia moralidad del presidente (el menor de los males) quien lo ha tenido claro desde el principio. En el nombre de Dios ¿dónde se ha visto eso antes?
 

 

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