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La muerte de Felipe Ángeles, un asesinato político (II)

15/12/2019
01:50
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Guadalupe Villa G.

Lo que previó el general Villa se cumplió puntualmente en el mes de agosto. Tras la muerte de Martín López, uno de sus más queridos generales, y la derrota sufrida al intentar tomar la ciudad de Durango, las deserciones se sucedieron una tras otra. De los 200 hombres que formaban la brigada de López, sólo 20 se presentaron en el punto fijado para la siguiente concentración del grueso de la guerrilla. Se dijo que la causa de la desbandada había sido el nombramiento del coronel Baltazar Piñones como su sucesor. Uno de los desertores, Félix Salas, jefe de la escolta de Martín, fue el causante de la captura y fusilamiento de Ángeles. En el ataque a Durango no participó Salas porque se le comisionó para acompañar al ex artillero de la División del Norte pero, al enterarse de la muerte de su jefe, abandonó su misión para amnistiarse y entregar a Ángeles. Con él fueron aprehendidos Néstor Enciso de Arce y Antonio Trillo.

El 22 de noviembre de 1919 arribó a la ciudad de Chihuahua el ferrocarril que transportaba a los prisioneros. Cuando Ángeles descendió del tren, todas las miradas de la ruidosa multitud apuntaron hacia aquel hombre enjuto, de rostro cansado y moreno de sol, vestido con un desgastado uniforme caqui, transferido con celeridad al cuartel del 21º regimiento, donde habría de ocupar la celda número ocho.

Un día después. el aspecto físico de Ángeles lucía un tanto mejor, quizá por los efectos de un vivificante baño helado y la cara rasurada. El uniforme había sido reemplazado por un traje de mezclilla a rayas y zapatos de lona blanca. En su celda se le informó que dos reporteros de El Heraldo de Chihuahua solicitaban entrevistarlo. A lo largo de una hora respondió a sus preguntas. Al término de la conversación, los periodistas solicitaron retratarse con él, a lo que el general rehusó con cortesía por encontrarse mal vestido. Los periodistas juraron, bajo palabra de honor, que los retratos jamás se publicarían, argumento aceptado por Ángeles que posó esbozando una triste sonrisa. Sin duda, lucir impecable había sido unos de sus mayores orgullos. Cuidaba su higiene con escrupulosidad, tomaba diariamente un baño con agua fría, se rasuraba y cuidaba su bigote con esmero. Aun estando en campaña seguía el mismo ritual, llevando consigo su inseparable bañera. Su ropa parecía recién planchada y sus botas relucían como acabadas de pulir. Su estatura y su cuerpo delgado lo hacían verse gallardo y distinguido.

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Fotografía: Felipe Ángeles, ca. 1917, Archivo Casasola, Inv. 374054, Fototeca Nacional, INAH.

Desde su llegada a Chihuahua, el jefe de operaciones militares Manuel M. Diéguez comenzó a recibir numerosos telegramas que solicitaban el perdón y respeto a la vida del prisionero. La gente abrigaba la esperanza de que no lo fusilarían. Sin embargo, pronto corrieron noticias alarmantes que apuntaban a la formación de un consejo de guerra para juzgar a los reos. El ex artillero Felipe Ángeles, el ex mayor Eduardo Enciso y el soldado Antonio Trillo llegaron custodiados al Teatro de los Héroes, donde el general Gabriel Gavira, como presidente, declaró formalmente instalado el consejo de guerra que los juzgaría.

La defensa sostuvo la inocencia de sus defendidos y la incompetencia del consejo de guerra. Se insistió en que, en ningún caso los tribunales militares podrían extender su jurisdicción sobre personas no pertenecientes al ejército, ya que el carácter militar se tendría que demostrar con documentos expedidos por las autoridades competentes y, estos, no existían.

En un último intento por salvar a los reos, Alberto López Hermosa y Alfonso Gómez Luna, defensores de oficio, interpusieron un recurso de amparo ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación contra actos del consejo de guerra extraordinario que los juzgaba Los inculpados, por su parte, enviaron un telegrama urgente a la Cámara de Diputados en el que expresaban el temor a perder sus vidas pues el consejo de guerra les imputaba el delito de rebelión militar, sin ser militares. El telegrama fue atraído por el diputado Alfonso del Toro, quien propuso que, dada la urgencia del caso, el documento fuera transmitido de inmediato al presidente Carranza. En Chihuahua, un grupo de mujeres se dio a la tarea de formar una comisión para gestionar el indulto. Numerosas peticiones de clemencia y perdón llegaron a Diéguez, Gavira y Carranza, pero todas fueron ignoradas.

Finalmente, el juez instructor dio lectura a la sentencia: “Por el delito de rebelión se condena al general Felipe Ángeles a sufrir la pena capital”. A Trillo se le impuso la pena de seis años ocho meses de prisión y, en el último momento, se le conmutó a Néstor la pena capital por veinte años de cárcel. Ángeles oyó la sentencia con absoluta serenidad. De regreso en su celda, se ocupó de escribirles a su esposa y a su hijo Alberto:

Mi adorada Clarita: estoy apurando los últimos minutos de mi vida. Desde que me alejé de ti, no he dejado de extrañarte. No me reproches nada, hice lo que consideré que debía hacer, servir a mi patria y luchar por un México nuevo. Es la mejor herencia que puedo dejarles. Conoces mi amor infinito por la humanidad y por todos los seres del mundo. Desde este momento mis pensamientos todos, mi ternura, mi amor y mi recuerdo serán para ti y nuestros cuatro hijos.

Ángeles rechazó la cena que le ofrecieron y pidió a la gente que lo acompañaba que le permitiera estar solo y dormir un poco. A las seis de la mañana del miércoles 26 de noviembre comenzó a reunirse el pelotón encargado de la ejecución. A una señal del mayor Campos, Ángeles se levantó y caminó hacia el lugar de su muerte. Apenas se había colocado frente al pelotón cuando a la voz de “¡fuego!” llovió sobre él una descarga de fusilería. Las noticias que siguieron al suceso y los comentarios vertidos por la población coincidieron en que el consejo de guerra había recibido la orden de condenarlo y su fusilamiento había sido un asesinato político. Poco antes de morir, Ángeles expresó: “mi muerte hará más bien a la causa democrática que todas las gestiones de mi vida. La sangre de los mártires fecundiza las buenas causas.” Así como el crimen de Madero influyó de manera determinante en la caída de Huerta, el asesinato de Ángeles fue el principio del fin de Venustiano Carranza.

Guadalupe Villa G., es doctora en Historia por la UNAM. A lo largo de su carrera profesional ha intervenido en un sinfín de actividades culturales que han contribuido a la difusión del conocimiento histórico. Es Investigadora en el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora y Coordinadora Académica de su Licenciatura en Historia. Cuenta con numerosas publicaciones sobre historia del norte de México y sobre revolución mexicana. Uno de sus últimos libros es: 1914 miradas fragmentadas de la revolución en Zacatecas. 

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