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21/01/2020
00:17
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Una ambulancia salió ayer rumbo a Tampico, a la medianoche, desde el Hospital 20 de Noviembre de la Ciudad de México.

En su interior viajaba, sedado, el maestro Federico Tinajero, de 33 años de edad. De acuerdo con el padre del maestro, a quien llamaré don Federico, la jefa de Oncología del hospital le dijo a la familia que era mejor que se lo llevaran, “que el hospital ya no tenía nada que ofrecerle”.

Don Federico me escribió ayer luego de leer el caso de la pequeña Ana Lucía, enferma de leucemia y abandonada a su suerte por el sistema de salud. “¿Quieres conocer el caso de mi hijo?”, preguntó. “Llegó caminando al 20 de Noviembre y siete meses después lo regresan sin movilidad ni sensaciones del ombligo para abajo”.

“‘Mejor vete a Tamaulipas con tu familia para que tengas allá una  mejor calidad de vida’, le dijeron. Lo que en realidad le estaban diciendo es: ‘Vete a morir a tu tierra’”, refiere don Federico con la voz quebrada.

El maestro tuvo un día un intenso dolor en el vientre y en la parte baja de la espalda. Procedía de un cáncer de testículo que, como siempre, se había desarrollado en silencio, y terminó por hacer metástasis en una vértebra. Lo trasladaron en junio al Hospital 20 de Noviembre. El diagnóstico en neurocirugía fue: “Tumor maligno del tejido conjuntivo y tejido blando del abdomen”. Estaban por venir los peores meses de su vida.

Relata don Federico: “Le hicieron una operación, y todo indicaba que había salido bien. Le hicieron un implante de vértebra, pero rechazó el injerto a los tres días, cuando el médico que lo operó ya no estaba: no sé si había ido o lo habían despedido. La atención de mi hijo corrió a cargo de médicos residentes que tenían que atender cientos de pacientes”.

En un lapso de dos meses, el maestro Federico Tinajero fue sometido a once cirugías de columna. De alguna de esas intervenciones salió con la mala noticia de que, en el quirófano, había contraído una bacteria.

“Combatieron esa bacteria —cuenta su padre—, pero la siguiente vez que fue al quirófano contrajo otra, que era peor. Urgía iniciar el tratamiento oncológico, pero este no podía llevarse a cabo hasta que esa bacteria fuera eliminada. El problema es que la medicina que hacía falta no existía en el hospital, ni en el país, y había que importarla de América del Sur”.

En agosto había estallado en la Ciudad México una ola de protestas encabezadas por familiares de pacientes con cáncer internados en el Hospital 20 de Noviembre y el Hospital General. Los familiares de los enfermos (niños, sobre todo) bloquearon algunas avenidas y las inmediaciones del aeropuerto. Los padres del 20 de Noviembre denunciaron la carencia de medicamentos y aseguraron que el director de la institución “no se digna darnos una explicación de por qué no hay medicinas”.

Fueron los días en los que el presidente de México, “aceptando sin conceder” que hubiera desabasto, dijo que los médicos y las enfermeras podrían tomar la decisión de comprar ellos mismos los medicamentos, y señaló que lo que había en el fondo era la inconformidad “de los que vendían los medicamentos, porque se pasaban de voraces”.

Tampoco los padres del maestro Tinajero fueron recibidos en la dirección del hospital. Sabían que estaban inmersos en una carrera contra el tiempo: el cáncer seguiría avanzando si no iniciaban cuanto antes la quimioterapia.

Escribieron cartas, tocaron todas las puertas que pudieron. Nadie los escuchó. En una “mañanera” oyeron decir que el problema “ya se está atendiendo”, pero no hubo medicamento ese día, ni esa semana, ni ese mes. Cuando el medicamento llegó, la bacteria le había provocado al maestro una escara en el coxis. Explica don Federico con voz enronquecida por el dolor: “Para entonces mi hijo ya no tenía movimiento de ningún tipo de la cintura para abajo. No mueve las piernas, no mueve los dedos, no siente cuando hace del baño”.

Les dijeron finalmente: “Aquí ya no hay nada qué ofrecerles”.

Habían pasado siete meses. La metástasis había llegado al pulmón. El maestro Tinajero vive ahora atado a un tubo de oxígeno y completamente saturado de morfina.

—¿Qué significa eso de que aquí no hay nada qué ofrecerles? —le pregunto a don Federico.

—Significa exactamente lo que estás entendiendo tú —responde.

Y agrega: Salimos a Tampico a la medianoche para que mi hijo se vaya a morir a su casa. Y para que todos los demás, para que todos ellos puedan seguir felices en su burbuja.

@hdemauleon
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