El testamento del “hombre imprescindible”

Qué importa el Art. 84, López Obrador se piensa, como el Cid, ganando batallas después de muerto

ALFONSO ZÁRATE
Nación 27/01/2022 01:44 Actualizada 03:09
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Hubo un López en la historia de México que se creyó El Salvador de la Patria y cuya presencia marcó casi 33 años del siglo XIX. En sus momentos de gloria, “el hombre imprescindible” recibió las aclamaciones del populacho y el apoyo de políticos vividores.

En el extremo del delirio, el 16 de diciembre de 1853 expidió un decreto en el que se establecía: “Que para el caso de fallecimiento o imposibilidad física y moral del mismo actual presidente, podrá escoger sucesor asentando su nombre en pliego cerrado y sellado... y cuyo documento con las debidas precauciones y formalidades se depositará en el Ministerio de Relaciones”. Nació “el tapadismo”. El artículo 3º del mismo decreto disponía: el tratamiento de Alteza Serenísima para el presidente de la República”.

Este bufón —escribió Fernando Benítez en su obra Un indio zapoteco llamado Benito Juárez—, regresó a México después de la muerte de Juárez y seguía creyéndose el hombre irremplazable; “su mujer les pagaba a varios pobres diablos con el único objeto de sentarse en la antesala de su casa y que al salir Santa Anna le hicieran una reverencia o le aplaudieran. Murió creyendo que el pueblo de México lo adoraba”.

El propio Benítez recupera las últimas horas de don Benito Juárez: el 17 de julio de 1872, pasadas las 10 de la noche, Juárez (tenía 66 años), se despidió y se fue a su habitación donde comenzó a leer un libro sobre el emperador Trajano y su largo gobierno. Entre las páginas de ese libro quedaron unas notas escritas por Juárez que decían que cuando la sociedad estaba amenazada por la guerra o la dictadura, la centralización del poder era una necesidad como remedio para salvar las instituciones, la libertad y la paz.

El presidente López Obrador parece convencido de que tiene la dimensión histórica de Hidalgo, de Juárez y de Madero y su egolatría se alimenta del fervor de sus seguidores. Es esa lógica la que se explica su decisión de mudar la residencia del titular del Poder Ejecutivo, de Los Pinos a Palacio Nacional, donde murió Juárez.

No es difícil imaginar que a Andrés Manuel no le gustaría morir en el retiro y en la sencillez de su finca en Palenque, sino en pleno ejercicio del poder y en Palacio Nacional, y así imaginar los honores que recibirían sus restos: las guardias de honor, las filas interminables de la gente humilde desfilando frente a su féretro, mezclada con embajadores, dirigentes de partidos, ministros religiosos y líderes sociales.

En esa convicción de su trascendencia histórica se inscribe su decisión de redactar su testamento político ante la posibilidad de su muerte. “¿Cómo quedaría el país?”, se pregunta —país de un solo hombre— y él mismo responde: “tiene que garantizarse la gobernabilidad”.

Para eso tiene un testamento. Qué importa que el procedimiento ante la falta absoluta del titular del Poder Ejecutivo esté establecido en el Artículo 84 de la Constitución, López Obrador se piensa, como el Cid, ganando batallas después de muerto.

 

Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario.
@alfonsozarate

 

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