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Combate a la corrupción #AsiNo

18/10/2019
01:00
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El presente gobierno tiene la bandera del combate a la corrupción como uno de sus principales ejes discursivos y de gobierno. Un discurso que ha sido manejado por Andrés Manuel López Obrador desde su larga campaña de 18 años que redituó más de 30 millones de votos en las urnas del 1º de julio de 2018.

Muchas acciones y revuelo han provocado sus acciones en este ámbito. Su administración ha usado ampliamente las instancias investigadoras, como la Unidad de Inteligencia Financiera, para acumular evidencia que permita asegurar el castigo a quien haya abusado, de acuerdo con sus declaraciones.

De igual forma, pese a lo que sostiene, el gobierno federal mexicano ha realizado algunas acciones que rayan en lo espectacular, al buscar eliminar corruptelas y abusos en la compraventa de medicamentos para los hospitales públicos, suspender directivos de Pemex bajo sospecha y cortar de tajo programas asistenciales por sospechas de actividades fraudulentas, como las estancias infantiles.

En este tenor, se ha señalado a personajes de anteriores administraciones y la búsqueda de pruebas, siempre de acuerdo con la información gubernamental, para fincar responsabilidades a antiguos funcionarios sin distinción de rango o partido, aunque solo Rosario Robles enfrenta un proceso formal de momento.

Se ha especulado que la renuncia de Medina Mora como ministro de la SCJN tiene como consecuencia investigaciones sobre algunas transferencias no del todo claras y, según lo dicho por el presidente “para defenderse de ellas”. Incluso los indicadores de percepción de la corrupción señalan una caída en este primer año del sexenio. Visto así, pareciera un panorama promisorio.

No obstante, como dijo el secretario Durazo, en realidad no “no hay nada que presumir”.

Seamos claros, es cierto que se están ejerciendo acciones visibles para combatir la corrupción de anteriores sexenios, sin embargo no se ve una estrategia claramente construida para reducir los diferentes actos de corrupción que se cometen en nuestro país. Hay acciones espectaculares y controversiales, pero no se tiene un plan a largo plazo.

Por ejemplo, a pesar de que la corrupción y la intención de erradicarla están presentes casi cada mañana en las conferencias presidenciales, es la fecha en que no existe certeza acerca del Sistema Nacional Anticorrupción, el cual fue mutilado y asfixiado por Peña Nieto pero sigue existiendo y podría ser de gran utilidad. Lo único ha sido una mención en la que se aseguró que se le iba renovar completo y refundar. Algo parecido ha afirmado el presidente sobre un sin número de otras instancias, órganos autónomos y programas.

Quizá, este gobierno debería dejar atrás el afán fundacional que lo mueve y, en vez de destruir para construir desde cero su visión, sería mejor que usara lo ya construido, lo adaptara y ampliara para lograr los objetivos que busca alcanzar la 4T.

De igual forma, por el abuso del discurso de la culpa retroactiva se ha olvidado que ninguna acción anticorrupción debe abrir siquiera la posibilidad de ser cuestionada por opacidad, aparentes sesgos ideológicos, dobles estándares al momento de castigar e investigar o descalificaciones de la ciudadanía y los medios que señalan los hechos y piden castigo. No importa si decimos que ellos son buenos y nosotros malos, si no hay datos y transparencia no hay forma de corroborarlo y quedamos a merced de las ocurrencias.

En resumen, el combate gubernamental y de toda la sociedad, contra la impunidad y corrupción debe basarse en la ética.

Éticos deben ser los señalamientos y acusaciones que se hagan desde el gobierno, absteniéndose de usar los organismos investigadores como armas de golpeteo político. Éticos deben ser los empresarios para erradicar cualquier tipo de actitud corrupta como lo son el amiguismo y compadrazgo, sólo así podrán concentrar en ser competitivos. Éticos debemos ser los ciudadanos y no dar mordidas, ni faltar a nuestras obligaciones, incluyendo la de denunciar. Éticos debe ser la actuación de los partidos políticos, solo así podrán recuperar alguna vez nuestra confianza.

La ética como arma anticorrupción funciona de una forma parecida a un equipo de remo. Si no tenemos una idea clara de cómo debemos actuar todos y tenemos una dirección clara y bien planificada, nunca avanzaremos hacia la meta y, muy probablemente, solamente contribuyamos a que nuestro bote encalle o se voltee.

Por eso es que el combate emprendido por el gobierno federal no es correcto, aunque sea bien intencionado. Dejar sin aclarar renuncias de ministros de la Suprema Corte, defender personajes cuando menos sospechosos desde hace más de treinta años, permitir que los medios públicos se vuelvan aparatos de propaganda burda, ocultar información de sus proyectos de infraestructura y olvidar que la política es el arte de convencer y negociar, no de confrontar y descalificar solo vuelven menos éticas las acciones contra la corrupción y por tanto, menos efectivas.

No son acciones asiladas lo que reducirán la corrupción, tampoco la convicción patriótica de un líder.

Todas las acciones se deben coordinar y tener la misma línea de apego a derecho y de total transparencia. De lo contrario sólo se construye una versión nueva de la discrecionalidad, resurgirá con mayor fuerza el influyentísimo intocable y la impunidad que motivaron el voto de castigo que les dio el poder en 2018 y se generará una nueva mafia, sin haber acabado con la anterior.
De seguir así, tal y como ocurrió con la transición del 2000, el gobierno de la 4t habrá perdido su gran oportunidad, generando una crisis aún mayor en el corto plazo. Estoy convencido que eso no es lo que Andrés Manuel y su equipo buscan.

Aún hay tiempo de corregir el rumbo y dejar huella en la historia. Apliquemos la ética en nuestro combate a la corrupción, porque seguir igual no nos llevará a superar la crisis.
#AsiNo

@Higuera

Académico, analista y consultor en comunicación política

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