Décadas universitarias

06/06/2020
00:47
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Por: Ignacio Carrillo Prieto

 

Mis horas universitarias, ya incontables, acuden hoy a mi memoria gracias a la iniciativa de Fundación UNAM, benemérita y fecunda. La Fundación es vaso trasparente, comunicante de la sociedad y las tareas universitarias; es necesario coadyuvante en el esforzado empeño por señalar, con precisión, puntos estratégicos en el horizonte del compromiso social del Alma mater de los mexicanos.

Testigo y, a veces, modesto actor de la historia reciente de la Universidad de la Nación tuve el honor, con rango de privilegio, de pertenecerle antes siquiera de mi ingreso a ella para cursar estudios jurídicos y filosóficos: bisabuelos y abuelos y mi padre y mis tíos fueron hijos también de la Casa de la Sapiencia, lo que supuso naturalmente ir cobrando desde la adolescencia una vívida conciencia de una valiosa herencia intangible que aproveché sin petulancia y sin embozo desde el comienzo de mi largo idilio con Ella, en la década del 60.

Salí de sus aulas para acudir a las de Lovaina, la universidad de Erasmo y Luis Vives, en la fría planicie de Flandes. La fama y nombradía de algunos profesores de la Universidad Mexicana habían ya llegado hasta ese remoto y selecto rincón del mundo de entonces: el prestigio de Mario de la Cueva era reconocido por los catedráticos lovanienses, lo que colmaba de orgullo al discípulo del gran tutor mayor, rector que había fincado muchos años antes un baluarte ejemplarmente sólido en los terrenos del conocimiento jurídico. Compañeros y profesores por igual subrayaban ante mí los aciertos de De la Cueva entre las nobles columnas clásicas del Colegium Falconis, del que yo salía gozoso, al caer la tarde, para llegar, recorriendo la calzada de Tervuren, hasta el pequeño studio que compartía con Gina en Heverlee y su horizonte interminable: la bélica pradera de Waterloo.

De regreso al país me incorporé al entonces minúsculo Instituto de Investigaciones Jurídicas y al enorme magisterio de Héctor Fix-Zamudio, director excepcional y hombre que era y es no sólo fuente de sabiduría, sino también manantial inagotable de bondades y finezas.

Jorge Carpizo ejercía una importante influencia y, en su calidad de Abogado General, supo acercarnos, jóvenes investigadores, a las tareas legales de la Universidad, poniéndonos en contacto con uno de sus mayores retos, el sindicalismo emergente de los trabajadores de la UNAM. A tan complejo asunto de la década del 70 hubo de enfrentar el talento enorme de un rector magnífico, Guillermo Soberón, que habría de ascender desde la Universidad que tanto honra, a las altas cimas del Estado en las que brilló por mérito propio. Transcurridos ocho fructíferos años, la venera rectoral pasó a los hombros de Octavio Rivero, quien me confirió el honor de ser investido Abogado General, en la década de los 80. El rector Rivero, a quien profeso gratitud y afecto muy grandes, terminó por ajustar el novedoso mecanismo de las relaciones laborales sindicalizadas y logró que la paz estallara en aquellos venerables campos del saber. Para alcanzar dicho estado de cosas fue preciso gestionar y resolver dos largas huelgas que impactaron al Abogado General, llevándome en consecuencia a descubrir otro horizonte profesional. Al recapitular lo ocurrido he confirmado lo que desde entonces fue mi convicción: la insana distancia entre Universidad y gobierno, causada ante todo por la tentación intervencionista de la política oficial en la orientación y conducción del conocimiento y la creatividad, aberración deplorable y estéril.

Al inicio de la década del 90, dirigiendo el Instituto Nacional de Ciencias Penales, llegó hasta mis oídos la especie de que mi nombre sería propuesto al Consejo Universitario a fin de ocupar uno de los 15 sitiales de la Junta de Gobierno, cuando apenas contaba yo con cuarenta y pocos años, lo cual venía a modificar una inveterata consuetudo sobre la edad ideal de los gobernadores. Recibí el honor y la grave responsabilidad de ocupar el sillón que dejaba vacante Fix-Zamudio.

Era aquel un reto enorme pues nadie ha podido nunca sustituirle. El maestro me impulsó a dar lo mejor de mí mismo durante los muy largos años en que serví como secretario permanente del honorable Colegio. Sin su ejemplo y sabiduría aquello hubiera sido imposible. La grata y ardua tarea me ofreció oportunidad de dialogar con grandes rectores: Sarukhán, Barnés de Castro y De la Fuente y así comprendí el valor de sus experiencias en la singular tarea de jefaturar el bien público más valioso y más trascendente con que cuenta México. Hoy, el dignísimo rector Enrique Graue continúa la áurea cadena que ha hecho el esplendor y el crédito universal de que goza nuestra Casa en el mundo entero, preciado legado que debemos transmitir enriquecido a nuestros hijos y a los hijos de ellos.

 

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Profesor de la Facultad de Derecho