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Reflexiones desde la ingeniería civil sobre Covid-19, sismos y resiliencia

Colegio de Ingenieros Civiles de México

Por: Norberto Domínguez Ramírez 
 
¿Cómo citará la historia al año 2020? es posible que en la memoria de aquellos a quienes nos está tocando vivirlo, sobreviva simplemente como el lamentable año del Covid-19, pero en la gran rueda de la fortuna humana, es probable que quede asentado como el año de la primera gran pandemia del mundo globalizado, aquella donde los límites geográficos de la enfermedad se volvieron simplemente inexistentes, y la dilatación del tiempo se volvió insoportable para una sociedad acostumbrada al consumismo acelerado, a la comunicación inmediata y a una seguridad ampliamente garantizada. De la incredulidad al rebrote, combinándose con otros eventos potencialmente catastróficos como son los sismos y los huracanes, la pandemia ha transitado por varias etapas sin haber terminado todavía: la ilusión de la vacuna (ilusión hasta que no sea palpable en el brazo de cada persona) ha generado la expectativa de un oportuno regreso a la antigua normalidad, algo a lo que algunos pensadores han llamado: “la añoranza de lo ordinario, el rescate de la cotidianidad”. En las postrimerías de este 2020, creemos que vale la pena hacer una reflexión sobre la capacidad que como sociedad -lo que implica comunidad, instituciones y especialistas- teníamos o tenemos que desarrollar para enfrentar esta situación inusual e inesperada de alcance mundial. 

Covid-19 es eminentemente un tema de salud pública, y lo primero que se evoca son los sistemas hospitalarios para atender la problemática, y a la investigación para resolverla.  Sin embargo, el reciente apagón que afectó a varios Estados de la República Mexicana nos muestra que estos sistemas no pueden funcionar correctamente en ausencia de una buena infraestructura. Si a esto agregamos que, a pesar de los avances tecnológicos de los últimos tiempos, la humanidad aún debe recurrir al viejo recurso del confinamiento para protegerse de un virus contra el que no puede luchar a mediano plazo, salta a la vista el papel que la ingeniería civil juega en la gestión de un riesgo de esta naturaleza. Tan sólo enfocándonos al confinamiento -del cual nos quejamos a veces sin mucha reflexión-, éste sería mucho más difícil sin la infraestructura que -invisible- sigue prestando servicio a nuestra sociedad, sobre todo en los conglomerados urbanos, en donde su falla no solo representaría incalculables pérdidas económicas y una lenta recuperación de la normalidad, sino que a largo plazo haría inevitable el caos social. 

Es en este contexto que las obras de ingeniería se vuelven esenciales para que la resiliencia en su conjunto (entendida hasta ahora como la capacidad de recuperación de una comunidad ante un evento potencialmente catastrófico) funcione de manera eficaz. En una visión más amplia de la resiliencia, estos eventos se clasifican en impactos agudos (como es un sismo o un huracán) o tensiones crónicas (como es la falta de agua a largo plazo). La pandemia es un evento que, si bien puede ser corto en la historia de la humanidad, representa un largo periodo en términos de una vida humana, y por ello transita entre la definición de un impacto agudo y una tensión crónica. Esto ha llevado a ampliar el concepto de resiliencia no sólo en sobrevivir y recuperarse, sino también en resistir, adaptarse y aprender para así prolongar la funcionalidad y la seguridad de las grandes obras de ingeniería, aún ante carencias y limitaciones que el mismo confinamiento impone. Y peor aún si durante la pandemia ocurren otros eventos imponderables como es un sismo o un huracán. Esto significa utilizar y desarrollar técnicas robustas de planeación y mantenimiento, además de echar a andar cierta improvisación pragmática basada en el conocimiento de la mecánica, la hidráulica, la geotecnia, que difícilmente se puede hacer sin ingenieros o con personal que carezca de esa formación. Los ingenieros civiles, desde tiempos inmemoriales hemos lidiado con la seguridad y el buen funcionamiento de lo que construimos haciéndonos responsables de ello (baste con recordar que en la época de los romanos, para hacer responsable al genio constructor de un puente, se le obligaba a quedarse debajo de él mientras pasaban las tropas), y esto nos ha llevado a prever no solo un escenario ordinario de servicio para estas grandes obras de infraestructura, sino también escenarios indeseables e inesperados como son una explosión, una inundación o un sismo. 

En el caso de los comités de Seguridad Estructural y Resiliencia de la Infraestructura del Colegio de Ingenieros Civiles de México, esta conciencia de planear, aprender y adaptarse nos ha llevado a reflexionar sobre cómo mejorar nuestras acciones resilientes ante la amenaza de un sismo futuro, ya sea durante la pandemia o cuando todo esto haya pasado. Si bien es cierto que actualizar, ampliar y aplicar los reglamentos de construcción es la mejor manera de fortalecer la resiliencia, esto no es suficiente. Nuestra realidad económica y social, sumada a la imposibilidad de prever todas las amenazas que podrían ocurrir, nos conduce a replantear la estrategia de acción inmediata ante una emergencia sísmica. Las experiencias previas nos han mostrado que si bien México tiene una capacidad ingenieril que le permite responder a la sociedad en situaciones drásticas, se requiere prever una mayor organización, y una mayor sensibilidad hacia las personas afectadas. En colaboración con las Secretarías de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil y de Obras de la Ciudad de México, así como con el Instituto para la Seguridad de las Construcciones y otras instituciones, estamos reconfigurando la estrategia sísmica de modo que la participación de los ingenieros, arquitectos, especialistas y voluntarios diversos, sea eficaz y efectiva, en beneficio de la población de la cual nosotros mismos somos parte. Esta reconfiguración incluye la preorganización de brigadas, el uso de herramientas informáticas que nos permitan recopilar información fidedigna, el evaluar con menor ambigüedad el estado de las edificaciones, la constitución de un centro de mando y consulta, entre otros puntos de igual relevancia. 

Partiendo del principio de que la resiliencia en estado puro se activa cuando todo es incierto e inesperado, estar mejor preparado es aumentar esta capacidad resiliente, y los ingenieros civiles recordamos esto a cada momento que diseñamos y construimos inmuebles e infraestructura, renovando simplemente nuestro viejo compromiso: unir nuestro conocimiento, experiencia e instinto, para proveer de obras que garanticen el bienestar y progreso de nuestro país y del mundo, aún en tiempos adversos, construyendo un brillante futuro para todos. 

Jefe de la Sección de Estudios de Posgrado e Investigación de la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura del Instituto Politécnico Nacional 
Coordinador Adjunto del Comité de Seguridad Estructural del CICM 
Coordinador General del Comité Institucional de Seguridad y Resiliencia del IPN 

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