Ángela

En las redes sociales los usuarios la denominaron “la bebita de Neza”. Hasta el momento en que escribo este artículo permanece en calidad de desconocida. O sea que nadie ha comparecido a reclamar el cuerpo, lo que resulta altamente sospechoso y verdaderamente inverosímil.

Hace unos días me enteré de una terrible noticia. En una colonia de Valle de Aragón, en Netzahualcóyotl, encontraron el cuerpo de una niña, que estaba dentro de una mochila. El examen médico forense reveló que la bebé de no más de dos años de edad presentaba lesiones, contusiones, edema cerebral, trauma craneoencefálico y huellas de violencia sexual.

En las redes sociales los usuarios la denominaron “la bebita de Neza”. Hasta el momento en que escribo este artículo permanece en calidad de desconocida. O sea que nadie ha comparecido a reclamar el cuerpo, lo que resulta altamente sospechoso y verdaderamente inverosímil.

Aparte de sentir horror, tristeza, asco e indignación por este execrable crimen, es de llamar la atención a las autoridades investigadoras que este hecho delictuoso tiene semejanza con otro sucedido en año 2015. En ese entonces apareció el cuerpo una bebé de no más de 1.8 años de edad, en una mochila abandonada en las calles de Berlín, en esta ciudad capital.

El examen forense dio cuenta de lesiones como las de la niña encontrada hace unos días. Las dos fueron violadas y, lo más sorprendente son las repugnantes coincidencias del traumatismo craneoencefálico y la violencia sexual. Igualmente nadie se presentó a reclamar su cuerpo.

De acuerdo con la ley de la materia, el cadáver debía quedarse bajo resguardo del Instituto de Ciencia Forense que depende del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México. Los días, semanas y meses transcurrieron hasta que después de un año, sin que persona alguna se presentara a reclamar el cuerpo, entonces, por mandato legal, su cuerpo debía ser inhumado en la fosa común. En aquel año el que esto escribe fungía como Presidente del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México y, de plano, me opuse a que esto fuera llevado a cabo. Impulsado por un sentimiento de profunda tristeza, dolor y compasión me atreví a llamarla “Ángela”, un ángel sin nombre, un ángel sin ser identificado y así se le bautizó coloquialmente con el nombre de “Ángela”, las redes sociales de ese momento la llamaron la joven de la maleta, negándonos nosotros a llamarla así.

El pleno del Tribunal apoyó mi intención y la inhumamos en un cementerio particular. Esto que debiera considerarse una bofetada a toda la sociedad me obliga a reflexionar varias situaciones ¿por qué nadie reclamó su cuerpo o la desaparición de ella; acaso no era la hija, la nieta o la sobrina de alguien? Como padre que soy, me duele, horroriza e indigna, y me niego a pensar que a nadie le importara o que nadie la echara de menos. Estoy cierto que debe haber un lugar donde viven sus parientes y que, al igual que la niña de Balbuena, por alguna terrible razón, no han denunciado ni se han presentado a reclamar sus cuerpos. ¿Qué horror se esconde en esto?, ¿quién será la siguiente víctima?, ¿qué se ha hecho para evitar una tercera bebé violada, torturada y ejecutada traumáticamente? La autoridad debe indagar más a fondo en estos crímenes porque son muy parecidos entre sí; no solo por las lesiones, sino por el extraordinario parecido que existe entre los dibujos hechos por los peritos forenses de ambas bebés. Hoy solo me queda el alivio, por llamarlo de alguna manera, que los magistrados de aquel tiempo nos negamos a enviar el cuerpo de la niña asesinada a la fosa común, con un número de identificación. Hoy descansa en paz nuestra “Ángela”, pero realmente estará descansando en paz o estará exigiendo su derecho de que su asesino sea identificado, que sepamos quién es, diluir el repugnante enigma de saber cómo cayó en las manos de este asesino.

Hoy debemos todos, hacer todo porque no aparezca una tercera víctima.

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