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La fábrica de nada, o la subversión emotiva

 José Smith Vargas y Daniel Incalcaterra en La fábrica de la nada
10/09/2019
14:31
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Ante una película tan vasta como La fábrica de nada (A Fábrica de Nada, 2017), recuerdo esos tráilers de los años 40 que prometían todas las emociones imaginables. En aquel entonces, la materia esencial del cine era la experiencia de lo extraordinario: ¡Pasión! ¡Venganza! ¡Amor prohibido! Hoy las lecciones del neorrealismo y el cinema vérité han hecho del realismo y la verosimilitud una suerte de norma. De los thrillers comerciales de Paul Greengrass a la tierna intimidad de Tizza Covi y Rainer Frimmel, el cine actual aspira a simular la realidad en espacio, tiempo y desgracias. Cuando los personajes de La fábrica de nada empiezan a bailar y a cantar hacia el final de la película, nos damos cuenta de que lo que parecía una ficción con aspiraciones de documental es, en realidad, un constructo cinematográfico que ha intentado abarcarlo todo a lo largo de tres horas que aún no acaban. Su ambición, sin embargo, no es desmedida sino inteligentemente crítica.

La variedad de la película se manifiesta en sus primeras escenas: pasamos de un tierno encuentro erótico entre una pareja casada al alboroto en una fábrica que lo interrumpe. Después entra un ensayo poético —visual y literario— cuando una voz femenina explica: “Un espectro asuela Europa: el espectro de su fin”. Esta reformulación del Manifiesto Comunista de Marx y Engels nos ubica en la postura política del filme pero la diversidad del estilo es más elocuente todavía en cuanto a la radicalidad de sus ideas. Constantemente vemos rupturas en el estilo, como ya lo muestran las primeras secuencias, que más tarde se presentan como entrevistas con los obreros que ocupan una fábrica para retener sus empleos; escenas de reuniones que evocan las largas discusiones cívicas en los documentales de Frederick Wiseman, e incluso reflexiones intelectuales que demuestran al mismo tiempo lo apasionante que es matar al capitalismo con palabras y lo estéril que es sentarse a pensar con otros en voz alta.

Para entender la importancia de La fábrica de nada, vale la pena comparar el trabajo del portugués Pedro Pinho con el estilo de los franceses Laurent Cantet, Robin Campillo y Stéphane Brizé, realistas didácticos de izquierda que emplean la cámara en mano para crear la ilusión de un documental, pero que la traicionan con diálogos donde se explican los temas como si se tratara de películas educativas. Sería menos costoso y más rápido que los personajes nos dijeran: “Y recuerden, amigos, ¡oprimir está mal!”. Pinho, en contraste, regresa a las subversiones genuinamente marxistas de Godard y Farocki —que abogaban por un cine tan desafiante en los temas como en la forma— y crea una película que lo ataca todo, incluso a sí misma cuando descubrimos al final de la escena musical que todo era obra de un manipulador intelectual interpretado por el documentalista italiano Daniele Incalcaterra. Pinho hace lo mismo desde la silla del director y nos expresa con melancolía que los oprimidos son sólo carne que decora macabramente los campos de batalla donde triunfan los pensadores.

Sin embargo esta derrota constante del estilo y los protagonistas no le dan a Pinho un permiso para la ociosidad sino un coraje y una responsabilidad absurdas, en el sentido más loable. Su retrato de los obreros peleando por mantenerse juntos ante las ofertas individuales de la gerencia es tremendamente humano. Pinho podría fácilmente idealizar pero prefiere entender a sus personajes como humanos falibles —que de hecho fallan— y celebrar el sueño de la cooperación, aun ante la aparente invulnerabilidad del sistema. Esto hace de su cine uno tan ambicioso como el de su radical colega portugués Miguel Gomes, pero menos abstracto. Pinho parece entender lo que muchos predecesores y contemporáneos no: el estilo marxista no sólo es la sublevación contra la burguesía y sus valores estéticos: es también la representación de un dolor que se siente en la espalda y en las manos callosas que ya no cierran de tanto trabajar. Si no siempre es un cine al que puedan acceder los obreros, como quería Jean-Marie Straub, sí es uno que puede conmovernos a todos con sus anhelos.
 

Twitter:@diazdelavega1
Alonso Díaz de la Vega
Alonso Díaz de la Vega, primer crítico cinematográfico mexicano seleccionado por Berlinale Talents, finalista del Primer Concurso de Crítica Cinematográfica de la Cineteca Nacional. Cofundador de...