High Life, o la reconciliación con el infinito

Alonso Díaz de la Vega

Uno pensaría que tener a Robert Pattinson en una película independiente —en términos comerciales pero sobre todo estéticos— sería una decisión exitosa. Después de su incómoda residencia en el vampirismo pop, Pattinson ha demostrado ser un actor formidable que trae consigo el amor y la desesperada esperanza de su incontable culto. Sin embargo sus fanáticos exigen fantasías idiotas de amor juvenil, no transgresoras impresiones del sexo y la mortalidad. Probablemente eso explique la calificación de 5.9 que dan los votantes de IMDB a High Life (2018), la más reciente cinta de Claire Denis, que protagoniza Pattinson. En la cultura contemporánea —muy lejos ya de Ursula K. Le Guin o los hermanos Strugatski—, por ciencia ficción se entiende Star Wars. Así, sin necesidad de traducir el título. High Life, que se cuenta como un diario hojeado sin mucho respeto a la cronología, y que aspira a la poesía de la trascendencia, es una contradicción con la idea popular del término.

Ya con eso en mente, me gustaría decir que el filme de Denis es una de las grandes excursiones fílmicas de su directora y del cine contemporáneo. A diferencia del sentimental Christopher Nolan o del espectacular Ridley Scott, Denis crea un viaje al espacio emparentado con la mística travesía de Stanley Kubrick, que resulta autónoma en lo visual con su inesperado minimalismo. La nave donde se desarrolla la trama es un enorme cubo, y su interior no es muy distinto de un hospital pequeño: blanco, no muy aséptico, y con largos pasillos que llevan a habitaciones sin botones o luces, salvo por algunos destellos en neón. Las puertas no se abren solas y no hay robots, sólo un grupo de condenados a muerte o a cadena perpetua que forman parte de lo que un científico en la Tierra considera inmoral: un experimento del que no volverá nadie. No queda claro si el experimento es concebir un bebé en el espacio, como lo aspira la erótica doctora Dibs (Juliette Binoche), o si se trata de recopilar los datos de una sociedad a escala que se sabe a la deriva y se imagina condenada. Denis no es bressoniana como Angela Schanelec, que deja al espectador solo en el bosque de su trama, pero sí plantea ambigüedades que nos obligan a recordar su película y discutirla.

En una breve imagen al principio de High Life—casi una ráfaga— vemos una mano ensangrentada tirar a un pozo lo que parece un corazón. No es claro a quién pertenece qué, pero la imagen sugiere, poéticamente, un desastre: pudiendo describir, vislumbra. En High Life nos encontramos a menudo con imágenes que no sabemos quién mira ni cuándo, pero que nos sugieren la emoción de la escena que las rodea. Normalmente esa emoción es intensa: en la nave los personajes se violentan o son violentados todos por Dibs. Monte (Pattinson) resalta como una versión futura del virtuoso marinero Billy Budd de Herman Melville, que Denis abarcó antes en Beau travail (1999). Aunque en un principio había cedido a sus impulsos sexuales en un oscuro masturbatorio, Monte decide convertirse en un monje espacial que encuentra en la abstinencia la fuerza. Dibs es su opuesto: controla a los demás con drogas y se convulsiona en el orgasmo como una figura demoniaca. En un punto ella abusa sexualmente de él.

Podría pensarse que Denis es una conservadora celebrando la castidad para mantener el orden social, pero hay que fijarse en los temas de su obra —el colonialismo en White Material (2009); la opresión capitalista en Los bastardos (Les salauds, 2013); la independencia del deseo femenino en Una bella luz interior (Un beau soleil intérieur, 2017)— para darse cuenta de que High Life no es política sino espiritual. Lo que nos presenta es un sistema social tan temeroso a la muerte que se termina aferrando con desesperación brutal a la vida. Quizá por ello las imágenes más enigmáticas nos muestran la reconciliación con el infinito. La oscuridad del masturbatorio se deshace en la vivacidad de las plantas y el resplandor de un hoyo negro. Morir, parecen decirnos, está bien.

Twitter:@diazdelavega1
 

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