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Carta de batalla por el corrido

Paul Mil Hernández

El coronel se paró ante el grupo de cadetes, justo en el patio central del colegio, donde se erguía una pila de libros. Los rostros abúlicos o desconcertados delataban que ninguno de los jóvenes conocía la obra. Pero la voz iracunda del oficial sugirió que se trataba de una literatura despreciable. Era una afrenta a la dignidad del colegio y del Perú, les dijo.

Como si el prestigio pudiera renacer en la incandescencia de una hoguera; como si cada hoja incinerada fuese deshaciendo también la memoria colectiva, aquel día, entre los muros del colegio “Leoncio Prado”, las llamas consumieron varios ejemplares de La ciudad y los perros, la primera novela de Mario Vargas Llosa, en uno de los actos de repudio más nefastos que se recuerden. 

 Nefasto, sí, pues sólo existe algo más afrentoso que la historia negra que esconde Latinoamérica: la imposición de padecerla en silencio.
Las sociedades no siempre encuentran el valor para combatir a sus opresores. A veces deben conformarse con desahogar las afrentas, y cambian el fusil por la pluma. “Di la verdad. Di, al menos, tu verdad. Y después deja que cualquier cosa ocurra: que te rompan la página querida, que te tumben a pedradas la puerta”, escribió el poeta cubano Heberto Padilla.

Pero existe un género que creó una complicidad fundamental entre el fusil y la pluma; primero era la sangre, después la elegía. 

Por un lado, los rebeldes del pueblo de Quimichis, agraviados por el uso arbitrario de la Ley de desamortización, irrumpen con fuego y sangre en la historia de Nayarit. Por su parte, un escribano anónimo da cuenta de los hechos, con un tono entre sádico y festivo: “Catarino les gritaba, cuando iba de cuesta arriba: los balazos que me peguen yo me los curo con saliva”.  

Se trata del corrido, un instrumento de testimonio y de catarsis. Vicente Mendoza lo define como “un género épico-lírico-narrativo (…) que relata aquellos sucesos que hieren poderosamente la sensibilidad de las multitudes”.

Catherine Heau le asigna un perfil estrictamente regional, pero parece que ese molde hoy resulta anacrónico. El fanático de los corridos atraviesa, junto a Lamberto Quintero, el puente que va a Tierra Blanca; es testigo –y a veces cómplice- del crimen pasional contra Martina, tal vez el feminicidio más famoso de México; vive la nostalgia de Juanito, el migrante: “Se murió mi madre, y dice mi padre que ya está muy viejo y no quiere venir. Y yo sin poder ir”.  

En cambio, no abandonó su fidelidad a los sucesos que conmueven la conciencia colectiva. En las primeras décadas del siglo XX, en pleno fervor revolucionario, les cantó a los abusos del porfirismo y al arrojo de las tropas rebeldes.

La historia narra que el 23 de junio de 1914 cayó el último bastión del gobierno huertista en manos de la División del Norte. En la Toma de Zacatecas, como es conocido el episodio, murieron más de siete mil personas, entre federales, revolucionarios y civiles -“Las calles de Zacatecas / de muertos entapizadas”, recuerda el corrido. Fue demasiado dolor para una ciudad en un solo día. Pero la letra desenfoca la tragedia, convirtiendo incluso el trauma en retorcido humor: “Ahora sí, borracho Huerta / harás las patas más chuecas / al saber que Pancho Villa / ha tomado Zacatecas”.

También es cierto que nunca traiciona la idiosincrasia del pueblo que lo inspira. Mientras el talante norteño produce un corrido bravucón, festivo, echado pa´lante, la Bola sureña desplega un cariz melancólico (“Es el cantar de los pobres / que en el campo trabajamos”), paternalista (“En tiempos del porfirismo surgió Zapata en Morelos / quien luchó por los anhelos del pueblo y del agrarismo”), matizado por un dejo populista (“Mataron a don Panchito / se subió Huerta al poder. / Pero el pueblo verdadero / no dio su brazo a torcer”).

El corrido responde a las exigencias de su tiempo. El licenciamiento de las tropas revolucionarias y el advenimiento del México institucionalizado impactan en la cultura popular. Los compositores abandonaron la causa revolucionaria como temática central. Pero… ¿institucionalizar el corrido? De ningún modo. Y no por capricho. El país mismo no consiguió transitar cabalmente hacia las instituciones. Siguió viviendo asolado por la violencia, ya fuese producto del bandidaje o del (des)amor. Y el corrido tuvo nuevas historias que contar.

Si asumimos que existe un culto de los héroes revolucionarios, cuyos cánticos sagrados por algún tiempo fueron los corridos, puede decirse que Víctor Cordero Aurrecoechea, El Rey del corrido, reivindicó su desacralización. El corrido bajó hacia el hombre de a pie y sus pasiones cotidianas.

Bandoleros, rancheros viciosos y enamorados, venganzas y traiciones desfilan en sus letras. Así, Villa, Zapata y Ángeles ceden su lugar a Lucio Vázquez, Juan Charrasqueado y Gabino Barrera. Ser protagonista de un corrido no exige luchar por una causa política o social. Pero sí impone dos condiciones: tener valor y aceptar la muerte a balazos como una muerte natural. De este modo comenzó lo que puede llamarse “Edad Democrática” del corrido. 

 Ya en los años treinta, la frontera entre Ciudad Juárez y El Paso servía de corredor para el tráfico de marihuana y opio. Se dice que el negocio era dominado por Pablo González; y justo en su honor, un personaje identificado como José Rosales compuso el que es considerado el primer narcocorrido de la historia: El Pablote.

Más adelante, correspondió a don Paulino Vargas consumar el proceso de desacralización, esta vez ya no de la temática, sino del lenguaje. Así, La banda del carro rojo, popularizada por Los Tigres del Norte, introdujo por primera vez la palabra “cocaína” en el género regional mexicano. La “Edad Caótica” del corrido estaba en marcha.

Pero no erremos: la temática y el lenguaje llegaron desde la sociedad hacia el corrido, y no al revés. Como sucede siempre, el fenómeno nace de los individuos y contamina la literatura. Las “clicas”, predecesoras de los cárteles, aumentaron en número y fortaleza; el gobierno, lejos de atajar el problema, abrió sus puertas al poder corruptor del dinero. Y mientras fingía perseguir el narcotráfico, se lanzó a censurar a quienes colocaron el fenómeno en la dialéctica social. La consigna parecía ser: “narcotráfico y corrupción sí, pero calladitos”.

 Estos tiempos violentos nos invitan a abandonar el lugar común: “Los corridos hacen apología del delito”. ¿Las letras son grotescas, sádicas, inmorales? Algo debimos hacer mal como sociedad para llevar tal degeneración hacia la música. Tal vez nuestra pretensión sea comer la manzana prohibida tras los arbustos, a espaldas de todos, sin que nadie señale nuestra ignominia. Pero hace tiempo que perdimos la inocencia, y condenar a la hoguera al Toro encartado, a El malo de Culiacán o a La última sombra no nos devolverá al paraíso, así como incinerar La ciudad y los perros no devolvió mayor gloria al Perú.  

Voy más allá: los corridos cuya temática es el narcotráfico no únicamente tienen derecho de sonar allí donde quieren ser escuchados; son además un registro de una parte de la historia de México, con tanto derecho de ser expresado como cualquier versión historiográfica.

En última instancia, si nuestra historia nos ofende, entonces cambiemos nuestra historia.

OFFSIDE: Enrique Macaya Márquez fue consultado sobre la degeneración del ambiente en los estadios de fútbol argentino. La respuesta del legendario periodista fue clara: “Si no modificás el comportamiento social, olvídate de que vas a modificar esto en el fútbol. No es que nace en el fútbol y se mete en la sociedad. No. Nace en la sociedad y se mete en el fútbol.” ¿Es lo suficientemente claro?

Twitter: @milherP     
 

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