Octavo día
Al despertar, una luz nueva colorea la vida.

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Rosa

25/08/2017
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(A Samarí, otra flor hermosa que el Señor se llevó muy joven)

 

Su nombre era Isabel. Sorprendida su madre, sin embargo, por la belleza que irradiaba en la cuna, brillo que testimoniaron otras mujeres a su lado, sentenció que la llamaría siempre Rosa. Fue confirmada así por la talla pastoral de Toribio de Mogrovejo –en uno de esos cruces de santos que la historia primero ignora y luego mitifica–. Dicen que la misma interpelada rechazaba en un tiempo tal apelación, por referirse a su encanto y chocar con su melancólica fascinación mística, pero que terminó por admitirla al reconocer que así la llamaba también Jesús. Jesusito (Iesulus), porque fue ante todo su compañero de juegos. Juegos que ciertamente hoy no entendemos, porque nos resulta más fácil diluir lo extraordinario en psicología y leyenda. Rosa, al fin, fue canonizada. Como la de Viterbo, que le sirvió de consuelo al ver que sí había una santa con su nombre. Bajo el ideal de Catalina, la prudente que supo reprender pontífices. Coronando el bautismo de las Américas, dándole identidad a sus pueblos y ocasión a los dominicos de mostrar su altura.

Se acaban de cumplir cuatrocientos años de su muerte. Ha sido un símbolo, sin duda, y se ha buscado con no menor ahínco reconstruir su fisionomía. Paradójicamente, las desmitificaciones que se ciñen a la verdad terminan por confirmarnos el misterio. Es nuestra la peruana –más allá de las discusiones sobre la prioridad en los elementos identitarios– porque siempre la hemos querido, y porque somos hermanos suyos, de historia, de cultura y de sangre. Porque antes de la globalización, los hispanoamericanos ya conocíamos la trascendencia de los mares y ya sabíamos burlar fronteras. Porque en su sencilla pero desconcertante historia –sólo comparable, tal vez, en lo inasible del parto americano con María de Jesús de Ágreda– la cruz se hizo carne y habitó entre nosotros.

Su retablo en la Catedral de México conserva, a pesar de profanaciones artísticas y religiosas, la huella también joven del pincel de Villalpando. Como en Azcapotzalco, la cercanía de los pueblos y la algarabía de la santidad desde sus primeras etapas de representación se palpa con intensos contrastes. Hoy, queriendo más bien celebrar la vida, prescindiré de la más grande imagen del demonio en nuestra sede episcopal, de la visión de la hoguera o de las dramáticas penitencias de la santa. Incluso de los solemnes desposorios místicos. Porque don Cristóbal me ha hecho reír, y mucho. Primero, con el rostro de la niña recién nacida, que sin querer adelantó el impresionismo con un gesto a la vez torpe y gracioso, como si la sorprendieran en el instante de la fotografía. Después, con el juego de dados a la mesa con Jesús resucitado. La narración de este episodio nos resulta hoy particularmente incomprensible. El juego servía como entretenimiento a la jovencita en una enfermedad de la garganta. Cuando ella ganaba, los dolores amainaban. Cuando ganaba Jesús, volvían. Extraña percepción de las espinas de la rosa. Del misterio del dolor que acompaña la condición humana, y que puede abordarse desde tantas perspectivas. En la espiritual, no está exenta de sonrisas.

El nombre de la rosa acompaña también el milagro mexicano. La aridez del Tepeyac y la imposibilidad de un ayate delinean la sonrisa más delicada captada por lente alguno. Dicen que en Perú también coincide el lugar en el que floreció por primera vez un botón de Castilla con el lugar donde habría de morar la santa.

Rosa de María, de hecho, sería su nombre religioso completo. Coincidencias de la Providencia, que aun jugando dados nos sabe despertar sonrisas.

 
Soy ciudadano mexicano, discípulo de Jesucristo, sacerdote católico de la Arquidiócesis de México.

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